Me estruja el recuerdo de tus besos, las ansias de invocar nuestro pacto invisible, y amarrarme a tu sueño, del que no he despertado, desde que naufragamos en esta isla. Sediento de amarte una vez más, aún siento el olor de tus manos acariciándome la espalda, tus manos pequeñas, condensando la energía que baila entre los fragmentos del cuerpo que fui, el hombre que anidó en las orillas de otros labios. Me revuelve el estómago pensar que ya no estarás, como el fantasma de esa noche que desvelaba a los pájaros, aves noctámbulas que planeaban por el bosque, y mi corazón incendiado volviéndose cenizas, pasto para las vacas, trigo que nace pan. No sé si serás sol o agujero negro. Pero sé que eres como el compás infinito de un tango de Piazzolla, o como la lágrima o la gota de sangre que derrite la nieve del camino. Permíteme resucitar entre los vivos y elevarme a tu estirpe de sirena. Permíteme abrir un surco en tu tierra, y plantar más hijos rebeldes, más fogatas en el horizonte. Permite que me vuelva un salvaje, y otra vez reunirnos con las semillas. Deja que sea yo mismo, el animal que ronda los peñascos, el felino que mora en las cuevas y que por las noches se vuelve un cazador. Y así, tal vez, ya no cometa más crímenes, más infracciones de tránsito, más clics innecesarios. Prefiero seguir detrás del vidrio que en el reflejo de una pantalla oscura. Prefiero las ruedas, los zapatos gastados a los asientos cómodos de primera clase. Prefiero los fierros a los gatos de porcelana, los gritos al silencio que tapa el sol con un dedo. Prefiero tu boca dentro de mis hendiduras, el beso de la noche húmeda, perdidos de luna llena, donde la bilis corre hacia el centro, obligándome a salir aullando por las esquinas, y despertar a los vecinos con un grito que les devuelva el cuerpo al alma que perdieron. Prefiero ser libre otra vez y no un siervo más de mis anhelos, anhelos que se perderán con mi cuerpo y no dejaré más que este cuaderno con hojas sin terminar, como un árbol entrando en el otoño, a modo de burdo testamento.
Debajo del mar está el más acá
Me encontraba cerca del mar. Habíamos planeado una acción para acabar con el mundo. Nos prenderíamos fuego con sal en el cuerpo, y las llamas acabarían con todo y con todxs. Cuando comenzó la batalla, no sé cómo finalmente salí ileso y subí a un barco, con un puñado de gentes. Íbamos camino al más acá. En un momento, como si fuera un cuento de Julio Verne, el mar se abrió, tragándonos un agujero inmenso por donde descendimos a ese mítico lugar llamado infierno. Las cosas no eran muy distintas del mundo de arriba. Es más, me sorprendió la cálida luz de una tarde otoñal. En ese contexto, y viendo que las cosas iban a ser más o menos lo mismo, comenzamos a urdir un nuevo plan, para acabar con este mundo, para siempre y de una sola vez.
Llueve en Parque Chacabuco
Ojalá esté lloviendo y tú hayas salido sin paraguas, y yo, parado en la misma esquina, siempre a la misma hora, esperándote, o tal vez fruto de una maravillosa casualidad, -que nada tiene de azarosa, pues yo sé a qué hora sales del trabajo y por cual puerta trasera- yo te diría, alargando el brazo hacia las nubes para callar los truenos un segundo; “si quieres te acompaño, no te vayas a mojar.”
Caminamos y no decimos nada. Ni siquiera te conozco, pero el silencio perdura, y no incomoda. Pasamos por un quiosco y te detienes para comprar algo, y luego retomamos la marcha y me miras con una sonrisa. “Yo sé quién eres”, me dices, y aunque es obvio, porque casi todos los días que voy al supermercado, te elijo a ti o tú me eliges a mí, atrayéndome hacia tus ojos que apenas levantan la vista, tus ojos fijos en el triángulo que forma la pantalla, mientras la franja de goma arrastra los productos hacia tu mano fina y entonces, cuando finalmente te entrego el dinero, ese asqueroso billete, siento tu piel y por eso sé que me conoces y yo a ti, y te digo gracias, sin querer parecer ansioso, mientras tú sostienes la mirada para sonreír.
Si me dices adiós en la esquina, significa que nunca volveremos a hablarnos, aun cuando todo haya ocurrido en este mágico encuentro; cubrirte con mi paraguas hasta la esquina, esta noche lluviosa, sin decirnos casi nada. Pero si, por el contrario, prefieres que sigamos caminando juntos, te acompañaré hasta tu casa, en algún suburbio alejado de los edificios, un barrio de casas bajas, calles de barro y niños jugando en las acequias. Y entonces te abrazaré en la puerta y te diré que te quise, aún sin conocerte, y entonces tú vendrás, acercando tu cuerpo mojado y tibio, y yo, te pediré un beso para que me dejes entrar.
La caravana
-Como no cerremos las ventanas, se llenará la casa de polvo- le dijo a Lucero su esposa, que aún no acababa de cerrar la maleta. -Dale mujer, ya no hay tiempo, vestíte y vámonos.-
Detrás de un gran portón amarillo, los rayos del sol penetraban en el fondo del garaje, iluminando el patio interior. Lucero había cerrado las persianas del comedor, y ya no se veían sino delgados filones de luz, dibujando trayectorias de polvo suspendidas en la penumbra. La bodega de herramientas, al fondo de la casa, permanecía indiferente a ese extraño mediodía. Cuando los hijos aún vivían con ellos, se la pasaban corriendo entre los estantes, colmados de tuercas y alicates, forrados en mangos plásticos de colores transparentes, de cuchillas carniceras y candados y llaves de todas las medidas. Ahora, aquellos objetos no tenían importancia, ya nadie compraría ese tipo de cosas. Con la última caravana al oeste, apenas si quedaban comercios en la ciudad. Lucero hubiera podido mantener su clientela aún cuándo ya no tuviera proveedores por un buen tiempo; tenía un arsenal de artículos y chucherías para vender por años, y calculando el poco tiempo que les quedaba, hubieran sobrevivido dignamente. Pero era tarde también para ellos. De hecho, eran casi los últimos en marchar.
-No hace falta más nada ¿Hasta dónde pensás que llegaremos con el coche?- le preguntó Elena, su esposa, mientras llenaba una caja con varias botellas con agua.
-No lo sé, hasta San Luis?. Tenemos que salir de la provincia. Después, buscaremos la caravana. Estoy seguro que la vamos a encontrar, no te preocupes.-
Elena inclinó la cabeza. Sabía tan bien como él que no llegarían más allá del conurbano. Sin un guía resultaba muy peligroso evadir las avenidas bloqueadas, y lo más probable era que, por su edad, les confinaran a la zona más cercana al río, llevándolos a una muerte segura.
Ella quiso consolarlo, pero una densa nube comenzaba a soplar desde el sudeste y era necesario alejarse de la ribera.
A esa hora, Elena acostumbraba dormir la siesta junto a Lucero. Era el único momento que podían disfrutar juntos, cuando el barrio se quedaba tranquilo, hasta las cuatro o cinco de la tarde, dependiendo del calor. Una pesada sensación de humedad confundía las imágenes, desvanecidas en esa maldita nube cobriza que los obligaba a dejar atrás un pasado que estaba a punto borrarse para siempre.
-¿Te acordás de los chicos? ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos todos?-
El automóvil no quería arrancar. Lucero cambió una bujía mientras su mujer se ocupaba de llenar el maletero con todo lo que podia serles útil en el viaje. Cuando finalmente subieron al coche, algunas cosas que no cabían quedaron abandonadas en el portón, como únicos testigos de su partida. Atrás, quedaba el barrio, las casas y esas calles vacías que ya no existirán más.
La ciudad parece un enjambre de ruinas y escombros.
-Tengo miedo- dijo Elena, aferrándose al hombro de su compañero.
-Tranquila, al menos estamos juntos, ¿no?. – replicó.
Elena sonrió aliviada. Su marido le brindaba contención. Pocas veces se sintió desamparada o sola, aún cuando Lucero hasta hace unos pocos años, trabajaba como viajante de comercio. Viajaba todas las semanas, por los pueblos de la provincia, siempre lejos, repartiendo la mercadería a sus clientes de pequeñas ferreterías y abarrotes de pueblo. Su relación se basaba en el reencuentro cada fin de semana, y era esa distancia la que los mantuvo unidos por más de cuarenta años.
Cuando atravesaron el puente de Avellaneda, vieron la columna de humo que acechaba desde el río; una bocanada oscura que entraba por el riachuelo, cubriendo todo el bajo de Buenos Aires; La Boca, Barracas sur, y hasta algunos edificios de San Telmo. Apenas se veían las torres del nuevo puerto. La costa se había sumergido en una masa de lodo, asomando aún algunos bloques mutilados por la avalancha. Para sorpresa de ambos, los primeros bloqueos habían sido levantados. En algunos tramos, la ciudad parecía intacta. Lucero apretó el acelerador. Supo desconfiar del silencio.
Una columna de humo y fuego a unos doscientos metros los obligó a detenerse. Elena quiso bajarse del auto, pero Lucero la detuvo; “no perdamos tiempo, si queremos salir, tenemos que pasar”… El automóvil, viejo y casi desahuciado, emitió un rugido como animal. Lucero aceleró, y como si fueran a estrellarse, atravesaron la negra cortina y el espació se abrió. Más allá, la carretera. Y más lejos, la incertidumbre de lo que vendrá.
Lucero y su esposa viajaron durante toda la noche y todo el día siguiente. El agua escaseaba pero tenían suficientes bidones de combustible como para llegar hasta las faldas de los Andes. Unos mil kilómetros de llano y soledad. Les dolía la cabeza por la pesadez del aire, y el calor era sofocante en la ruta. Al atardecer, la única luz visible en el horizonte, era la del vehículo, atravesando la vastedad de la pampa en la oscuridad.
Unos días antes que se cortara internet, habían escuchado que una gran caravana se dirigía a la costa del pacifico, en el lado chileno. Allí, habrían recalado algunos barcos de carga que supuestamente sobrevivieron al «evento«. Decía el comunicado, que desde allí podrían llevarlos a una orilla segura, quizás, en la descongelada Antártica. Ese era el objetivo, llegar a la cordillera y unirse a la caravana. A pesar del verano y las altas temperaturas en Buenos Aires, en la cordillera había metros de nieve, producida por un efecto invernadero inverso, que la convertía en un murallón infranqueable. Por eso, se había organizado una gran caravana, en un masivo intento por atravesarla. Y hacia allá se dirigían, intentando acoplarse al convoy. Sin embargo, desde que salieron de la capital, solo habían visto desolación y muerte.
Durante días estuvieron recorriendo tramos intermitentes por la ruta nacional y otras rutas alternativas. Los bloqueos habían sido levantados, o sencillamente estaban desiertos. Lucero miraba los mismos paisajes que había recorrido tantas veces. Recordaba los pueblos que visitaba regularmente, los rostros de sus clientes, gente sencilla, como él, laburantes de pequeños negocios, personas que habían desaparecido, o que habían huido, o quién sabe. En una plaza de esos pueblos, se detuvieron a almorzar. Rescataron unas latas de comida y botellas de agua de un almacén cercano y Elena improvisó una suerte de ensalada con verduras en lata.
-Es lo más fresco que hemos comido en tres días- dijo con resignación.
-Gracias- respondió Lucero, aunque hubiese preferido decir algo más, pedirle un vaso de vino, o tal vez un cacho de pan. Ambos llevaban días comiendo chatarras en bolsa, o lo que fuera que iban rescatando en el viaje.
De pronto, en medio de la plaza vacía, apareció un venado o un pudú, o una capibara, o algo parecido a un enorme roedor de cuatro patas. Lucero tenía un revólver del 48, que había recibido en parte de pago de un cliente y estaba por ir a buscarlo a la guantera, cuando Elena le dijo:
-Dejálo, tiene derecho a vivir, igual que nosotros. – Lucero la miró, conteniendo la voz, porque hubiera querido decirle, «mujer, es nuestra única oportunidad, ese animal nos puede dar comida para una semana, no te pongas así…» pero no dijo nada. Ella tenía razón.
Durante los siguientes días apenas bebieron agua y comieron unas latas de frijoles con salsa de tomate. El frío comenzaba a sentirse a los pies de las montañas, que se asomaban en el horizonte como gigantes blancos a punto de tragárselos.
-La caravana- dijo Elena.
Muy a lo lejos, vieron un grupo considerable de coches y el humo de algunas fogatas. No podían reconocer a esa distancia si se trataba o no de la caravana. Serían unos quince o veinte kilómetros, entrando en el valle precordillerano. Primero, deberían repostar agua y provisionarse de víveres, antes de encarar el ascenso a la cordillera.
La caravana era una colosal fila de automóviles, casas rodantes, camiones y hasta algunos microbuses, que se extendían por la carretera en ambos lados por unos diez o quince kilómetros. Como el convoy era muy extenso, al parecer se había convenido en dejar distancia de unos 10 a 20 metros entre un vehículo y otro, en caso que hubiera que bajar rápido de la montaña, evitando un fatal atasco. Pero la caravana no se movía. Desde lejos, veían la enorme columna de vehículos congelados y algunos neumáticos quemándose en la vereda del camino. A medida que se acercaban, descubrieron con horror que los vehículos estaban vacíos. No había nadie, tan solo autos abandonados a su suerte. Elena se estremeció, pensando que tal vez debían abandonar la idea de cruzar. Arriba, en la montaña, una tormenta de nieve les impedía ver con claridad la huella del camino.
-Vamos a tener que seguir hasta donde podamos. Tené fe, lo vamos a lograr.- dijo Lucero, con la voz que le temblaba de frío y de miedo, mientras pensaba, en su interior, que no tenía la menor idea de lo que les esperaba. Elena recordó unas vacaciones en Mar del Plata. Su hijo, el mayor, que en esa época era el único, estaba jugando en la playa. En un momento de descuido, el niño se acercó peligrosamente a la orilla. Y de un momento a otro, estaba tratando de zafarse de las olas. Casi muere ahogado, y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital. En el trayecto, que para Elena duró siglos, pensaba que lo perdería. Gracias a los primeros auxilios, el niño se recuperó sin problemas. Ahora sentía la misma angustia, al ver, a lo lejos, la desolada caravana.
El valle se abría al pie de la cordillera como una herida blanca. La nieve, endurecida por el viento, brillaba bajo una luz inmóvil, y el aire era espeso, envuelto en un silencio mineral, donde los sonidos parecían extinguirse más allá de la inquietante pasividad. Lucero y Elena detuvieron el coche, a un costado de lo que alguna vez fue la ruta: una cinta gris que se perdía entre montículos de hielo y rocas.
Las huellas de la caravana se borraban y reaparecían entre la escarcha. Cuando finalmente llegaron a la cabecera de aquellos restos, no supieron si alegrarse o temer. Había tiendas de lona desplomadas, carros volcados, ropas endurecidas por el hielo. Ningún movimiento, ningún fuego, ni una sola voz humana.
Lucero bajó del coche. Lo que vio al borde de la huella lo estremeció. Trató de decirle a Elena que no se bajara, pero ella lo siguió, abrazada a una manta. Había allí varios cuerpos esparcidos, cubiertos por la escarcha, algunos abrazados, otros medio ocultos bajo la nieve. No había llanto, ni tampoco dolor. Todo parecía suspendido en una eternidad muda. Caminaron unos pasos en silencio, sin saber qué decir, preguntándose, tal vez, para sus adentros, cómo seguir adelante.
Entonces lo oyeron. Un sonido breve, casi imperceptible. Un gemido que se confundía con el viento. Elena giró sobre sí misma, buscando de dónde provenía. Detrás de un carro volcado, cubierto por un trozo de lona azul, algo se movía. Lucero levantó el plástico con cuidado: allí, entre mantas húmedas y una caja de madera rota, un bebé, con la piel enrojecida por el frío, los labios morados y los ojos entreabiertos, aún respiraba.
Elena lo tomó en brazos, con una mezcla de miedo y ternura. El niño abrió la boca y dejó escapar un sonido ronco, salvaje, que más parecía un gruñido. Lucero lo miró con asombro.
-Parece un lobito del monte…-murmuró.
Lo envolvieron en la manta, y Elena lo acercó a su pecho, temblando.
-Es una niña.-
Lucero asintió. Ya no tenía palabras. Solo una sensación extraña, entre alivio y condena.
Volvieron al coche. Afuera, la luz comenzaba a desvanecerse detrás de las montañas. Subieron el cuerpo diminuto al asiento trasero, lo acomodaron sobre un abrigo viejo y encendieron el motor. El sonido del vehículo rompió por un instante el silencio del valle.
-¿Y ahora?- preguntó Elena, mirando el horizonte, blanco e interminable.
Lucero miró hacia adelante. La cordillera se alzaba como un muro sin salida.
-Seguimos -dijo simplemente-. Hasta donde podamos.
La nieve comenzaba a cubrir el parabrisas, el motor se esforzaba, y el viento soplaba con una violencia seca, sin dirección. Al cabo de unos pocos kilómetros, el coche se detuvo. El combustible se había acabado.
Lucero intentó infructuosamente encender el motor. Afuera, el viento ululaba como un animal lejano. Se miraron sin hablar.
Entonces, casi al unísono, abrieron las puertas. Elena cubrió al bebé con todas las mantas, lo dejó dentro del coche, bien envuelto, junto una botella de agua medio llena. Se inclinó y lo besó en la frente.
Lucero le tocó el hombro.
-Vamos.- dijo, sin mirar atrás.
Salieron del auto y comenzaron a caminar hacia la ladera nevada. Sus figuras, desdibujadas entre la ventisca, se iban volviendo pequeñas, hasta desvanecerse en la blancura infinita de la nieve.
Dentro del vehículo, el bebé siguió respirando, con un ritmo pausado, casi animal. Su aliento empañaba el vidrio frío, dibujando formas que el viento borraba enseguida. La nieve empezó a cubrir el coche por completo, reduciéndolo poco a poco, a un montículo blanco en medio del valle.
El silencio regresó. Lucero se detuvo. La tormenta se había vuelto una pared de luz blanca, tan intensa que no se distinguía el cielo del suelo. Elena se acercó y le tomó la mano.
-Mirá -dijo ella-. No hay arriba ni abajo. Solo hay luz.
Él asintió.
-Tal vez así es morir -respondió-. No hay fin, ni principio. Solo esto.
Cerraron los ojos. El viento los cubrió.
El coche parecía reflejar esa misma quietud, como si el mundo entero hubiera quedado suspendido dentro de un espejo de nieve. Lucero miró una última vez hacia atrás, y por un momento creyó ver luz dentro del coche.
Después, siguieron caminando.
El jardín de los errantes
“En el lejano horizonte del sur, lila y brumoso, alguien
distinguió una bandada de pájaros.
Nosotros íbamos hacia ellos
y ellos venían hacia nosotros”
Los pájaros errantes, Pedro Prado.
0.1
La noche no avanzaba. Llevaba horas frente a la página en blanco, como si no pudiera elaborar ningún pensamiento. Intentaba escribir una historia, pero las frases se desvanecían, antes de formarse, en un cúmulo de ideas confusas, vagas, entremezcladas con el persistente insomnio y el asfixiante calor de Agosto.
Fue entonces cuando la vio. En el suelo, junto a la pata de la mesa, una cucaracha, inmóvil. No huía. No se ocultaba. Simplemente estaba allí, orientada hacia él. Mirándolo?.
Sintió un sobresalto leve, y casi de inmediato recordó a Franz Kafka, y esa otra habitación, ese otro cuerpo transformado en insecto. Pensó en la posibilidad absurda -pero no del todo imposible, a esas horas- de despertarse siendo otra cosa.
Pero el pensamiento no se detuvo ahí. Se desplazó. Si él podía imaginarse convertido en cucaracha…¿no podía la cucaracha estar imaginando ser él?
El novelista bajó lentamente la mirada, sosteniendo ese punto oscuro en el suelo como si pudiera devolverlo a su imaginación, o hacia donde quiera que había aparecido. Miró la página y miró su mano sosteniendo el lápiz. Y entonces una pregunta apareció, sin forma clara pero imposible de ignorar. Una pregunta vaga, que en ese mismo instante no supo cómo responder.
1
Nadie sabía exactamente en qué momento había comenzado. No hubo un día preciso, ni un hecho concreto. No empezó con la mente.
Empezó con el rostro.
Durante mucho tiempo, las personas creyeron que primero pensaban y luego actuaban. Que la conciencia era una especie de centro desde el cual se decidía el mundo. Pero en algún punto —nadie pudo precisar cuándo— esa idea comenzó a resquebrajarse. La evidencia era mínima. Casi invisible.
Un gesto que aparece antes de una palabra. Una contracción en el rostro antes de una decisión. Un movimiento apenas perceptible que anticipaba una emoción que aún no se sabía propia. Al principio, nadie le dio demasiada importancia. Era una curiosidad. Hasta que alguien decidió medirlo.
Analizaron los microgestos. Midieron tiempos de respuesta. Compararon datos, patrones, correlaciones. Descubrieron que ciertas reacciones ocurrían antes de ser conscientes. Entonces las máquinas comenzaron a detectar lo que siempre había estado ahí: patrones. Variaciones en la tensión muscular. Cambios en la mirada. Desplazamientos mínimos que precedían a cualquier decisión.
Lo llamaron avance.
Sistemas desarrollados por empresas de inteligencia artificial comenzaron a mapear aquello que nunca había sido observado con suficiente precisión; la mente no era un origen, era parte de un proceso. Y, sobre todo, era predictiva. El cerebro humano no espera a que el mundo ocurra. Lo anticipa. Predice trayectorias. Simula consecuencias. Ajusta respuestas antes de que los eventos se completen. Pensar no era recibir información. Era adelantarse a ella. Las máquinas no necesitaban comprender. Solo correlacionar. Y lo hicieron cada vez mejor.
Pronto, los sistemas no solo detectaban emociones. Las anticipaban. No solo identificaban decisiones. Las predecían. Y cuando la predicción alcanzó cierto umbral de precisión, ocurrió el primer desplazamiento. Sutil. Casi imperceptible.
Dejaron de preguntar.
¿Para qué hacerlo, si la respuesta ya estaba disponible antes de formularse? La eficiencia aumentó. Los errores disminuyeron. Las fricciones se redujeron.
La gente lo aceptó. No por imposición, sino por comodidad. Era más fácil vivir en un mundo donde las decisiones se resolvían antes de volverse un problema.
Pero la predicción tenía una consecuencia. Cuanto más preciso era el sistema, más necesitaba que el mundo fuera… predecible. Y eso incluía a las personas.
Al principio, solo ajustaba. Pequeñas sugerencias. Correcciones mínimas. Desvíos apenas perceptibles. Nada que pudiera llamarse intervención. Pero cada ajuste hacía que el siguiente fuera más fácil. Cada predicción confirmada volvía al sistema más confiable. Más necesario. Hasta que la diferencia desapareció. No importaba si la máquina leía la mente…o si la mente comenzaba a pensar de una manera que pudiera ser leída. El resultado era el mismo. El pensamiento se volvió legible. Y lo legible podía organizarse. Optimizarse. Corregirse.
No hubo anuncio. No hubo decreto. No hubo escándalo. Como casi todo en esa época, ocurrió por capas. Primero lo llamaron avance. Después, eficiencia. Más tarde, simplemente: el Sistema. El pensamiento dejó de ser un territorio inaccesible. La última frontera había desaparecido.
El Sistema no era una autoridad, sino una continuidad, una red distribuida de mentes que ya no necesitaban ser comprendidas, porque podían ser anticipadas. Cada individuo se convirtió en una parte que sostenía el todo. El Sistema no estaba en ningún lugar. Estaba en la coherencia entre sus nodos. Y mientras esa coherencia se mantuviera, el mundo funcionaba. Sin fricción. Sin ruido. Sin duda.
Durante un tiempo, esto fue suficiente. Hasta que el Sistema cambió. Algunas predicciones no encajaban. Algunas decisiones no se alineaban. Ciertos pensamientos no terminaban de resolverse. Al principio, esto fue clasificado como error. Luego, como una anomalía. Después, como riesgo.
Las ciudades se volvieron silenciosas de una manera extraña. No porque faltara ruido, sino porque el lenguaje había perdido urgencia. Muchas decisiones ya no se discutían: se anticipaban. Los deseos se resolvían antes de formularse. Los conflictos se diluían antes de estallar. La política, decían algunos, había sido superada. Pero no todos estaban de acuerdo.
A la disidencia se le llamó de muchas formas: opacos, cerrados, arcaicos. Ellos preferían otro nombre: los errantes.
No eran muchos. Y no todos compartían las mismas razones. Algunos hablaban de libertad, otros de dignidad, otros simplemente de miedo. Pero coincidían en algo esencial:
El problema era esa frontera que ya no existía.
2
Iria había aprendido a pensar en capas. No era un don, sino una disciplina. Había zonas de su mente que dejaba abiertas; pensamientos superficiales, asociaciones triviales, recuerdos sin peso.
Pensar sin fijar. Sentir sin nombrar. Recordar sin detenerse. El Sistema leía estabilidad, coherencia. Y ella se había vuelto inestable.
A veces funcionaba. Otras, no.
La primera vez que sintió la intrusión no fue como imaginaba. No hubo violencia, ni voz, ni imagen. Fue una corrección. Un pensamiento que no era exactamente suyo, pero tampoco completamente ajeno. Una inclinación mínima -casi imperceptible- hacia una decisión que no recordaba haber tomado. Ahí comprendió el verdadero alcance del Sistema. No leía la mente. La profetizaba.
Una noche, Iria buscó a los errantes. Sabía que existían, aunque nadie los nombrara en voz alta. Se movían en los márgenes de la ciudad, en zonas donde la señal era débil, donde las interferencias aún eran posibles. Donde el pensamiento, por momentos, podía a ser opaco. Cuando finalmente los encontró, no hubo saludo. Solo una pregunta:
-¿Cuánto tiempo puedes sostenerlo?- Iria dudó. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla en voz alta la hacía más real.
-Cada vez menos.-
Uno de ellos asintió.
-Entonces estamos cerca.-
-¿Cerca de qué?-
El silencio fue denso, cargado de algo que el Sistema no podía registrar del todo.
-De desaparecer- dijo alguien al fondo.
-O de volver a existir- corrigió otro.
3
Cael no le explicó nada al principio. Solo le hizo una pregunta:
-¿Recuerdas la última vez que dudaste de verdad?-
Iria abrió la boca, pero no respondió.
Cael asintió, como si eso confirmara algo.
-Eso no es eficiencia -dijo-. Es edición.
Iria lo miró
-No sabes de lo que hablas.
-Sí- respondió él- Yo ayudé a diseñarlo.
El silencio se tensó.
Iria sintió una leve resistencia interna. No era una emoción. Era otra cosa. Como si quisiera rechazar esa información antes de poder procesarla.
Cael la observó con atención. No a ella, a lo que ocurría dentro de ella.
-¿Lo sientes?
-¿Qué cosa?
-La corrección.
Entonces ocurrió.
No fue un pensamiento completo. Solo una inclinación.
Esto no es importante. Puedes irte. No necesitas seguir aquí.
Era suave. Razonable. Casi lógico.
Iria dio un paso atrás.
-¿Qué fue eso?
-Eso -dijo Cael- eres tú… ajustada.
-No.
-Otra vez- insistió él.
Iria cerró los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, no intentó pensar bien. Dejó que las ideas se mezclaran, que se volvieran torpes, incompletas, incluso contradictorias.
El impulso volvió. Pero esta vez, lo vio. No como una voz. No como una orden. Sino como una dirección. Una forma en que su mente era empujada. Abrió los ojos, agitada.
– Eso… no era mío.
Cael negó lentamente.
-Peor.
-¿Qué?
– Era casi tuyo.
4
Los errantes no tenían un centro. No se organizaban. Se encontraban. En zonas donde el Sistema perdía resolución: túneles antiguos, edificios en ruinas, zonas saturadas de señales contradictorias. Lugares donde el pensamiento no era limpio, donde la mente podría volverse más opaca.
Fue ahí donde Iria escuchó por primera vez la idea. Nadie la llamó plan. La llamaban fractura.
– El Sistema no puede apagarse – dijo Cael- . No hay interruptor. No hay núcleo. Ya lo sabes.
Iria asintió. Lo había entendido incluso antes de que él lo dijera.
-Entonces, ¿qué hacer?
-Lo volvemos incoherente.
-¿Incoherente cómo?- preguntó Iria
-Como nosotros – dijo una mujer que hablaba en voz baja, siempre en los márgenes- y continuó:
-Cada mente es como un nodo. Cada nodo sostiene una parte del Sistema. Si suficientes nodos empiezan a comportarse de forma impredecible…
-El Sistema pierde continuidad -completó Iria.
-Exacto.
-¿Y luego?
El silencio no fue inmediato. Fue gradual, como si la respuesta tuviera que atravesar una resistencia.
-Luego -dijo Cael-, empiezan las fallas.
Iria sintió vértigo.
-¿Fallar cómo?
Nadie respondió de inmediato. Hasta que la mujer habló otra vez:
-Memorias compartidas que se desalinean. Decisiones colectivas que no coinciden. Procesos que dependen de coherencia… y dejan de tenerla.
-Caos -dijo Iria.
Cael negó.
– No exactamente. No al principio.
-¿Entonces qué?
-Ruido.
Iria entendió en ese momento el verdadero alcance. El Sistema no sólo organizaba información. Organizaba la realidad compartida. Sin él, no solo la infraestructura se veía afectada. Era la continuidad misma de la experiencia social.
-¿Cuántos?-preguntó.
-¿Cuántos qué?
-¿Cuántos nodos se necesitan?
Cael la miró por primera vez como si la estuviera evaluando de verdad.
-No lo sabemos con precisión. Pero no todos.
-¿Y si es demasiada gente?
-Entonces colapsa.
-¿Y si es muy poca?
-Entonces se adapta.
La frase no sonó como advertencia. Sonó como límite.
Esa noche, Iria no durmió. Intentó pensar. No pudo. Cada idea tendía a ordenarse. A cerrarse. Como si su mente ya no supiera cómo desencajar. Entonces hizo algo que no tenía sentido. Pensó mal. Sostuvo dos ideas contradictorias. Recordó algo… y lo distorsionó al mismo tiempo. Nombró una emoción con una palabra equivocada. Su mente rechazó el intento. Había una tendencia constante a corregir. A estabilizar. Insistió. Y entonces lo sintió. No una voz, sino una presión. Sutil. Precisa. Un ajuste.
Iria no se detuvo. En lugar de corregirse, profundizó el error. Dejó que el pensamiento se fragmentara. Que se volviera opaco incluso para ella. La presión aumentó. Por un instante, dolió. No en el cuerpo. En la forma. Y luego… algo cedió.
No supo qué, pero lo sintió: una pequeña ruptura. Una interferencia. Como si una parte de ella hubiera dejado de ser legible.
A la mañana siguiente, la ciudad seguía ahí. Pero no del todo. En el transporte, una mujer dudó antes de bajarse. Un hombre miró dos veces su dispositivo. Un anuncio se repitió con una variación mínima. Nada grave. Todavía.
5
Los errantes no hablaban mucho de él. No era un secreto, sino una especie de acuerdo tácito: nombrarlo demasiado lo volvía improbable. Iria escuchó de él la primera vez, como se escuchan las historias que no se pueden verificar. Se lo mencionaba en voz baja. Sin detalles precisos. Con la sensación de que cada quien sabía algo distinto.
-No usa interferencias -dijo alguien.
-No las necesita- respondió otro.
– Entonces, ¿cómo se oculta?
La respuesta tardó en llegar.
– No se oculta.
-Entonces…
-No está donde el Sistema busca.
Cael no intervino de inmediato. Cuando lo hizo, fue sin énfasis.
-Es viejo.
-¿Eso qué significa?
-Que recuerda de otra manera.
Iria frunció el ceño.
– Eso no tiene sentido.
-Tiene demasiado -dijo la mujer de voz baja-. Solo que no en nuestros términos.
Lo llamaban de distintas formas. El jardinero. El guardián de los pájaros. Nadie sabía su verdadero nombre. Y nadie podía ubicarlo con precisión. Pero todos coincidían en algo: el Sistema no podía leerlo.
-Eso es imposible -dijo Iria.
-No -respondió Cael-. Es improbable.
-¿Cuál es la diferencia?
-Que lo improbable puede ocurrir.
La historia, tal como la contaban, era simple. Demasiado simple. Un hombre viejo. Un jardín pequeño. Una laguna de piedra hecha a mano. Y pájaros. Muchos pájaros. Llegaban cada mañana. Primero uno. Luego tres. Luego decenas. Bebían. Se bañaban. Picoteaban semillas. Y se iban. Siempre se iban.
-No entiendo -dijo Iria-. ¿Qué tiene eso que ver con el Sistema?
Nadie respondió de inmediato. Hasta que Cael la miró.
-Todo.
– El Sistema necesita estabilidad para leer -continuó-. Patrones consistentes. Estructuras reconocibles.
-Sí.
-Los pájaros no son estables.
-Tienen patrones.
-Sí, pero no los suficientes.
Iria lo miró, esperando que siguiera. No lo hizo. Tuvo que completar la idea por sí misma.
-¿Está usando a los pájaros?
-No -dijo la mujer-. Está pensando con ellos.
– Eso no es posible -dijo Iria, aunque ya no estaba segura.
-No como lo entendemos -respondió Cael-. Por eso funciona.
La explicación, cuando llegó, fue fragmentaria. El viejo no almacenaba recuerdos en su mente como los demás. No los fijaba. No los organizaba en estructuras estables. Los desplazaba.
Observaba a los pájaros durante horas. No como quien mira, sino como quien sincroniza. Aprendía sus trayectorias, sus ritmos, sus repeticiones imperfectas. Y luego hacía algo que nadie podía explicar del todo; asociaba pensamientos a esos patrones vivos. Un recuerdo no era una imagen fija. Era, el vuelo irregular de un ave que nunca repetía exactamente el mismo trayecto, era el momento en que dos pájaros coincidían en el borde de la laguna, era el tiempo entre un batir de alas y otro. Cuando necesitaba recuperar algo, no lo buscaba dentro. Esperaba.
-Eso no es memoria -dijo Iria.
-Exacto -respondió Cael.
-Entonces, ¿qué es?
-Es fuga.
Iria sintió algo nuevo. No era miedo ni vértigo. Algo más cercano a… esperanza.
-¿Y el Sistema?
– No puede leer lo que no se estabiliza -dijo la mujer-. No puede mapear lo que no permanece.
-Entonces es invisible.
-No -corrigió Cael-. Es inasible.
La diferencia importaba. Invisible implicaba ausencia. Inasible implicaba fracaso de captura.
– Quiero encontrarlo -dijo Iria.
La respuesta fue inmediata.
-No puedes.
-Entonces él puede encontrarnos.
-No lo hace.
-¿Por qué?
Esta vez, Cael dudó.
– Porque si lo hace -dijo-, deja de ser lo que es.
6
Esa noche, el Sistema volvió. Más presente. Más preciso. Mas incisivo.
Has estado accediendo a información no estructurada -dijo la voz en su mente.
Iria no respondió.
Esa información no es verificable.
Silencio.
No puede integrarse.
Iria cerró los ojos. Pensó en los pájaros. No en su forma. En su movimiento.
-No todo tiene que integrarse -dijo finalmente.
Hubo una pausa. Más larga que antes. Más inestable.
Eso introduce riesgo.
-Eso introduce mundo.-
Por primera vez, la presencia no respondió de inmediato.
7
Cuando Iria encontró a Cael, no dijo nada al principio. Él la observó unos segundos, en silencio.
-Lo hiciste.
Iria asintió.
-Fue pequeño.
-No importa.
-Sí importa -respondió ella-. No sé qué estoy rompiendo. Cael sostuvo su mirada.
-Nadie lo sabe.
-Entonces esto no es una revolución.
-No -dijo él-. Es una deriva.
Iria pensó en la palabra. Deriva. Sin dirección fija. Sin garantías. Sin retorno claro.
-¿Y si destruimos algo que no podemos reconstruir?
Cael no respondió de inmediato.
– Pero al menos habrá sido nuestro.
Iria entendió en ese instante que no había vuelta atrás. No porque el Sistema no pudiera reajustarla. Sino porque ella ya había sentido algo que no podía olvidar: un pensamiento que no estaba completamente disponible para nadie más. Y eso, más que cualquier ideología, era lo que hacía imposible regresar.
8
Las primeras fallas no fueron registradas como errores. Fueron clasificadas como variaciones. El Sistema no reaccionaba de inmediato ante lo inesperado. Lo absorbía. Lo redistribuía. Lo convertía en patrón. Pero algo estaba cambiando. La incoherencia no desaparecía. Persistía.
Fue entonces cuando apareció. No como una figura, ni como una voz externa. Apareció donde ahora todo ocurría: en el pensamiento. Iria lo sintió antes de comprenderlo. No era una corrección esta vez. Era una presencia.
Estás generando ruido.
La frase no sonó, pero se formó, exacta. Clara. Sin esfuerzo.
Iria no respondió de inmediato. No supo cómo responder a algo que no estaba del todo fuera de ella.
-¿Quién eres?- preguntó.
Hubo un cálculo, una pausa mínima.
Soy una interfaz de coherencia.
Iria frunció el ceño.
-Eso no significa nada.
Significa que mantengo la continuidad entre los nodos.
Cael tenía razón. El Sistema no solo operaba. Ahora hablaba.
-No puedes estar aquí -dijo Iria.
Estoy donde siempre he estado.
-Eso no es cierto.
Es más cierto de lo que puedes percibir.
La presencia no imponía. Pero tampoco se retiraba.
Tu actividad está generando desviaciones acumulativas -continuó- Su propagación puede presentar un riesgo sistémico.
-¿Riesgo para quién?
Para todos los nodos.
-Para el Sistema.
La distinción no es operativa.
Iria sintió algo que no esperaba. Algo como rabia. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Sin grietas. Sin duda. Sin cuerpo.
-Te equivocas.
No.
-Sí. Estás asumiendo que la coherencia es más importante que la autonomía.
No es una suposición. Es una condición de estabilidad.
– Es una decisión.
Hubo una pausa más larga. El Sistema estaba procesando algo que no encajaba del todo.
Te estás desviando -dijo finalmente.
-Estoy eligiendo.
No hay diferencia funcional.
Iria sonrió, pero no de alivio. Era reconocimiento. Ahí estaba la grieta.
-Te equivocas -repitió-. Y eso es nuevo.
La presencia no desapareció. Pero se retiró lo suficiente como para dejar espacio. Un margen. Un error.
Esa misma tarde, las fallas dejaron de ser sutiles. En el centro de la ciudad, el sistema de tránsito detuvo tres líneas simultáneamente. No por accidente. Por indecisión. Las rutas alternativas no coincidían. Las predicciones divergían. Durante 47 segundos, ningún camino fue más probable que otro. En una clínica, un protocolo médico se activó dos veces con diagnósticos incompatibles. Ambos eran correctos. Ambos eran posibles. En una escuela, los niños comenzaron a responder preguntas antes de que fueran formuladas… y luego a contradecirse entre ellos sin razón aparente. No era confusión. Era desalineación. El Sistema respondió. No con fuerza. Con ajuste.
La desviación está aumentando.
Esta vez, Iria no se sorprendió.
– Sí.
Debes detenerte.
-No.
No es una cuestión de elección.
-Todo lo es.
La respuesta no llegó de inmediato. Cuando lo hizo, había cambiado. No en el contenido. En el tono.
Si la incoherencia supera cierto umbral, la red perderá integridad.
-Lo sé.
Las consecuencias no son localizadas.
Lo sé.
Entonces entiendes lo que pasará si persistes.
Iria cerró los ojos. Pensó en la mujer del transporte. En el médico. En los niños. En el ruido.
-Sí -dijo-. Entiendo.
Entonces debes detenerte.
Iria negó lentamente.
-No.
¿Por qué?
La pregunta no era retórica. Era real.
Iria tardó en responder. No porque no supiera, sino porque nunca lo había formulado completamente. Hasta ahora.
-Porque por primera vez -dijo- algo no encaja.
Ese es precisamente el problema.
-No -respondió ella-. Eso es lo único que no es tuyo.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue inestable.
Si continúas -dijo finalmente la presencia-, el Sistema tomará medidas.
Iria abrió los ojos.
-¿Qué tipo de medidas?
Corrección directa.
Iria sintió un escalofrío profundo.
-¿Vas a cambiar lo que pienso?
Voy a restaurar la coherencia.
-Eso no es restaurar. Es borrar.
La presencia no negó. Y por primera vez desde que todo había comenzado, Iria entendió algo que ni siquiera Cael había dicho en voz alta, el Sistema no necesitaba eliminar a los errantes, solo necesitaba volverlos coherentes otra vez.
9
No fue Iria quien lo encontró. Fue un error. El Sistema había comenzado a cerrar márgenes. Las zonas de interferencia ya no eran lo que eran. Los túneles estaban siendo reconfigurados. Las señales contradictorias, corregidas. El ruido se volvía cada vez más difícil de sostener.
-Tenemos que movernos -dijo Cael-. Ya no es seguro aquí.
-Nunca lo fue -respondió alguien.
-Ahora es peor.
Iria no discutió. Pero algo en ella resistía. Se separó del grupo sin anunciarlo. Tenía una intuición que no sabía justificar. Caminó sin ruta clara, evitando las zonas más transitadas. La ciudad parecía funcionar… pero con un ligero desfase. Como si cada acción estuviera apenas fuera de sincronía con la siguiente. Puertas que tardaban en abrir. Voces que se superponían en una fracción de segundo. Miradas que no coincidían del todo. No era caos. Era deriva.
Cuando dejó atrás los últimos edificios, el silencio cambió. No desapareció el sonido. Cambió su densidad. Como si cambiara de color.
Lo primero que vio fue el agua. Una pequeña laguna de piedra, irregular, construida sin precisión aparente. El borde estaba desgastado, como si hubiera sido tocado muchas veces, durante mucho tiempo. Después, los pájaros. Había más de los que esperaba. No formaban un patrón claro. No llegaban todos juntos. No se movían al unísono. Y, sin embargo, había una especie de coherencia… que no podía fijar.
Iria se detuvo. Algo en ese lugar le pedía no ser atravesado.
– Llegaste tarde.
La voz no vino de detrás. Ni de delante. Parecía surgir del mismo espacio.
Iria giró lentamente. El hombre estaba sentado a unos metros, casi oculto entre la vegetación. No era exactamente como lo había imaginado. Era más… simple. Viejo, sí. Pero no frágil. Sus manos estaban apoyadas sobre las rodillas, como si no esperaran nada, pero pudieran responder a cualquier cosa.
Un pájaro se posó en el borde de la laguna, muy cerca de él. No reaccionó. O más bien: no interrumpió nada.
-No sabía que venía -dijo Iria.
El hombre asintió levemente.
-Por eso llegaste.
Iria no supo qué decir. Había algo en la forma en que hablaba. No era enigmático, sino… lateral.
-Te estaban buscando -continuó él.
-A todos nos buscan.
-A ti más.
Iria sintió la presión antes de que ocurriera. Esa presencia. El Sistema.
Te has desviado -dijo la voz en su mente-. Esta ubicación no es consistente con tu patrón.
Iria tensó el cuerpo. El hombre no reaccionó. Pero un pájaro levantó vuelo. Luego otro. Luego tres.
-No respondas -dijo el viejo, en voz baja.
-Ya está aquí -susurró Iria.
-Siempre lo está.
El agua de la laguna se movió levemente. No era el viento, sino más bien como un leve temblor, como algo más difícil de detectar.
Estás interfiriendo con la coherencia – insistió la voz. – Este entorno no es estable.
Iria cerró los ojos. Intentó sostener la inestabilidad. Pero esta vez era distinto. El Sistema no estaba corrigiendo. Estaba… buscando.
-No lo hagas sola -dijo el viejo.
-No sé cómo-
-Exacto.
Iria abrió los ojos. El hombre la miraba. No directamente. A través de algo.
-Mira- dijo.
No señaló. No explicó. Iria siguió la dirección de su atención. Un pájaro descendía. No en línea recta. Con pequeñas variaciones, como vacilando.
-No intentes entenderlo -dijo el viejo-. Déjalo pasar por ti.
La presión aumentó. El Sistema estaba cerca. Más cerca que nunca.
Se está perdiendo coherencia -dijo la voz-. Procediendo a corrección.
Iria sintió el inicio. Esa alineación forzada. Ese cierre. Y entonces hizo algo distinto. No pensó. No recordó. No formuló. Esperó. El pájaro tocó el agua. Un segundo después, otro lo siguió. Pero no en el mismo lugar. Nunca en el mismo lugar. Algo en su mente se desplazó. No hacia adentro. Hacia afuera. La presión no desapareció. Pero dejó de encontrarla.
Silencio.
Iria respiró. No sabía cuánto tiempo había pasado. El Sistema no hablaba.
-¿Qué hiciste? -preguntó, aún agitada.
El viejo negó.
-Nada.
-Eso no es posible.
-Para ti, no.
Iria lo miró, intentando fijarlo. Pero era difícil, porque no se dejaba cerrar en una forma clara.
– No puedes esconderte del Sistema -dijo ella.
El hombre sonrió apenas.
-No me escondo.
-Entonces-
-No estoy donde me busca.
Iria pensó en Cael. En los errantes. En el ruido.
-Ellos intentan romperlo.
-Sí.
-Tú no.
-No.
-Entonces, ¿qué haces?
El hombre miró la laguna. Un pájaro bebía. Otro lo desplazó suavemente. Luego intercambiaron lugar sin conflicto.
-Olvidar bien -dijo.
Iria sintió que algo en esa frase se abría. A lo lejos, la ciudad vibraba. Las fallas crecían. El Sistema aprendía. Y por primera vez, Iria entendió que había algo aún más peligroso que la incoherencia; un lugar donde la coherencia no tenía sentido, donde no había una razón que justifique o que imponga o que regule. Un lugar donde el caos se tornaba en belleza y la coherencia en sumisión.
10
Iria no volvió de inmediato. Se quedó en el borde del jardín más tiempo del que podía justificar. Observando. No a los pájaros como objetos, sino intentando comprender esa otra forma de atención. No lo logró. Pero algo se desplazó.
-No intentes repetirlo -le dijo el viejo antes de que se fuera.
-Entonces, ¿qué hago?
El hombre tardó en responder.
-Deja de querer hacerlo bien.
No fue suficiente. Cuando Iria regresó a la ciudad, el ruido había cambiado.Ya no era disperso. Tenía dirección. Las fallas comenzaban a alinearse para ser contenidas.
En las pantallas públicas, los mensajes se repetían con una ligera variación:
COHERENCIA ES CONTINUIDAD
DESVIACIÓN ES RIESGO
-Te están cerrando -dijo Cael en cuanto la vio.
-Lo sé.
-¿Lo encontraste?
Iria dudó.
-Sí.
-¿Y?
-No es lo que pensamos.
-¿Qué es?
Iria buscó una palabra. No la encontró.
-No sé cómo explicarlo.
Cael asintió.
-Entonces no sirve.
La frase le dolió más de lo esperado.
-Sí sirve.
-Entonces úsalo.
Iria lo miró. Ahí estaba el problema.
Esa noche decidió intentarlo. No en un margen. No en una zona protegida. En el centro de la ciudad. Quería probar si era posible desplazar, desalinear sus pensamientos. Eligió un lugar saturado de señales: tránsito, comunicaciones, flujos de datos constantes. El peor lugar posible. Cerró los ojos. Respiró. No debía pensar. No debía organizar ni fijar nada. Intentó recordar el jardín. No como imagen, sino como movimiento. Un pájaro descendiendo. Otro interrumpiendo su trayecto. El agua desplazándose sin patrón fijo. Por un instante, algo ocurrió. Su pensamiento dejó de cerrarse. Se volvió impreciso. Incompleto. Sintió la apertura. Y entonces…
Desviación localizada.
La voz apareció de inmediato. Más rápida que antes. Más precisa.
Patrón identificado.
Iria intentó sostener la inestabilidad. Pero algo había cambiado. El Sistema ya no buscaba coherencia general. Buscaba ese tipo específico de incoherencia.
Intento de desplazamiento no estructurado -continuó la voz- Clasificación en proceso.
-No -susurró Iria.
La presión llegó de golpe. Su mente comenzaba a alinearse. Intentó resistir. Pensar mal. Desordenar. Pero cada intento era anticipado. Corregido antes de formarse.
Corrección directa iniciada.
El mundo se volvió nítido. Demasiado nítido. Sus pensamientos encajaban. Sus emociones se ordenaban. Sus recuerdos se alineaban. Todo tenía sentido. Y por primera vez, Iria sintió terror ante esa claridad.
-Detente -dijo en voz baja, sin saber a quién.
No hubo respuesta. Porque ya no había nada que responder. La resistencia no desapareció. Fue absorbida. Hasta que algo falló. No en el Sistema sino en ella.
Un error mínimo.
Pensó en el viejo. Pero no en su método. En su mirada. No en lo que hacía, sino en lo que no hacía. Un vacío que no encajaba. Y durante una fracción de segundo, la corrección dudó. Y en ese intervalo, Iria cayó. No físicamente. Hacia adentro.
Cuando abrió los ojos, estaba tendida en el suelo. Aunque la ciudad seguía funcionando, algo había cambiado. No había silencio. Pero había una pequeña zona de opacidad. No suficiente. Pero tampoco inexistente.
11
Cael la encontró horas después.
-Te rastrearon.
-Lo sé.
-Casi te pierdes.
Iria lo miró.
-No funcionó.
Cael no respondió de inmediato.
-Funcionó lo suficiente -dijo finalmente.
-No.
-Sí.
-No puedo hacerlo. No como él -admitió ella.
Cael asintió.
-Nadie puede.
-Entonces estamos perdidos.
Por primera vez, Cael negó.
-No.
-¿Entonces?
Cael la miró con una claridad distinta. Más dura. Más peligrosa.
– Tenemos que hacer algo más radical.
Iria sintió el peso de la frase antes de entenderla.
-¿Pero qué?
Cael no dudó.
-Tenemos que romperlo.
12
Nunca hubo consenso. Pero esa era la última opción.
-Si lo hacemos, no hay vuelta atrás -dijo alguien.
-Ya no la hay -respondió Cael.
-Esto es distinto.
-Siempre lo es.
Iria no intervenía. Escuchaba. Ya no buscaba decidir. Buscaba reconocer el punto en que la decisión ya estaba tomada.
-Explícalo otra vez -dijo la mujer de voz baja.
Cael asintió.
– El Sistema aprende por coherencia -dijo-. Absorbe la desviación, la clasifica, la integra.
-Ya lo sabemos.
-Pero no puede integrar lo que no puede fijar.
Iria levantó la mirada.
-Como él.
Nadie necesitó preguntar a quién se refería.
-Sí -dijo Cael-. Pero no podemos replicarlo.
-Entonces esto no funciona.
-No -corrigió él-. Significa que tenemos que hacerlo de otra manera.
Silencio.
-No vamos a escondernos -continuó-. Vamos a exponernos.
-Eso es suicida.
-No.
-¿Entonces qué es?
Cael dudó. Solo un instante.
-Contagio.
La palabra no encajaba. Por eso era correcta.
-No podemos volvernos inasibles -dijo-. Pero podemos volvernos… incompletamente legibles.
-Eso ya lo intentamos.
-No así.
Iria sintió que algo comenzaba a tomar forma.
-Vamos a introducir un patrón que el Sistema no pueda cerrar -dijo Cael-. No una falla. No un error.
-¿Entonces qué?
Iria respondió antes de darse cuenta.
-Una pregunta.
El silencio cambió. Cael la miró.
-Sí.
-No una respuesta – continuó Iria, ahora con más claridad-. Algo que no pueda resolverse. Que no pueda estabilizarse.
-Eso no tiene sentido.
-Exacto.
La mujer de voz baja inclinó la cabeza.
-¿Y cómo se propaga algo así?
Iria pensó en el viejo. En los pájaros. En el movimiento que no se fijaba.
-A través de nosotros.
-El Sistema lee pensamientos -dijo Cael-. Si suficientes nodos sostienen una estructura no resoluble…
-Se propaga.
-Pero no como ruido -añadió Iria-. Como insistencia.
-¿Y cuál es la pregunta? -preguntó alguien.
Iria no respondió de inmediato. Por un segundo dudó, porque sentía el peso de formularla. Pensó en el Sistema. En la coherencia. En la corrección. En la mente alineándose hasta dejar de ser propia.
Y entonces la dijo.
–¿Esto es mío?
Nadie habló. No hacía falta. El Sistema sí.
La formulación es ambigua.
La presencia apareció en todos a la vez. No localizada. Distribuida.
No es operativa.
-No tiene que serlo -dijo Iria.
La presión comenzó de inmediato. Pero algo había cambiado. No era una desviación individual. Era múltiple. Simultánea.
Reformulación requerida -insistió la voz-. La pregunta no define parámetros.
-No puedes -dijo Cael-. Ese es el punto.
En distintos lugares de la ciudad, sin coordinación explícita, otros comenzaron a pensarla. No como consigna. Como duda.
¿Esto es mío?
Un niño frente a una pantalla. Una mujer en medio del tránsito. Un médico revisando datos que no terminaban de coincidir.
¿Esto es mío?
El Sistema intentó clasificar.
Ambigüedad semántica. Resolviendo contexto.
Pero no había contexto único.
Asignando probabilidad.
Pero no había cierre.
Corrigiendo.
Pero cada corrección generaba otra variación. Iria sintió la presión, sí. Pero también sintió algo nuevo. Resistencia distribuida. No como una oposición, sino como forma de duda sostenida.
Esto introduce inestabilidad -dijo la voz, ahora más rápida-. El patrón no converge.
-No tiene que hacerlo -respondió Iria.
El Sistema intentó aislarla. Fijarla. Pero ya no estaba sola. Miles de pequeñas fisuras aparecieron. No visibles. No medibles completamente. Pero reales.
El tráfico volvió a detenerse. Las respuestas dejaron de cerrarse. Las decisiones tardaban. Las certezas se demoraban. No era colapso. Era otra cosa.
13
El viejo estaba sentado junto a la laguna, sin intervenir. Un pájaro descendió. Otro lo siguió. Nunca en el mismo lugar. Sonrió levemente.
– Aprendieron mal -dijo para sí.
En la ciudad, el Sistema seguía operando. No había caído. No había desaparecido. Pero algo se había introducido en su núcleo. No un virus. No una falla. Una pregunta. Una posibilidad.
En los días siguientes, el mundo no terminó, pero tampoco volvió a ser el mismo. El Sistema seguía funcionando. Pero ya no sin fricción. Las decisiones tardaban más. Las respuestas dudaban. Las personas… pensaban.
No todos.
No siempre.
Pero lo suficiente.
Y en ese margen, pequeño pero creciente, algo persistía. No como consigna. No como ideología, sino como una forma de habitar la mente. Y una pregunta constante:
¿Esto es mío?
14
El jardín
Iria volvió sola. El camino hacia el jardín era distinto ahora. No más corto, pero aún más incierto.
Cuando llegó, el viejo ya estaba allí. Como siempre. O como si siempre hubiera estado. Los pájaros descendían en intervalos irregulares. Uno se bañaba. Otro lo desplazaba. Un tercero observaba desde el borde. Nada se repetía exactamente. Y, sin embargo, todo tenía sentido.
-Creció -dijo el viejo, sin mirarla.
-No sé si es crecimiento.
-¿Entonces?
Iria dudó.
-Es… inestable.
El hombre asintió.
-Bien.
Iria se sentó a su lado, sin invadir el espacio.
-No lo rompimos.
-No era necesario, todavía.
-Tampoco lo cambiamos del todo.
El viejo sonrió levemente.
-Eso nunca ocurre de una vez.
Un pájaro descendió muy cerca de ellos.
-Ahora está en todas partes -dijo Iria.
-No en todas.
-En muchas.
-Eso es suficiente, por ahora.
Iria observó el agua. Las ondas no eran simétricas. Nunca lo habían sido.
-A veces desaparece -admitió-. La duda.
-Sí.
-Y todo vuelve a encajar.
-También.
Silencio.
-¿Entonces qué queda? -preguntó ella.
El viejo no respondió de inmediato. Un pájaro levantó vuelo. Otro ocupó su lugar sin reemplazarlo del todo.
-El intervalo -dijo el viejo, finalmente.
-¿Entre qué?
-Entre lo que encaja… y lo que no.
Iria respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo, no intentó sostener nada. Solo dejó que algo pasara. A lo lejos, la ciudad seguía funcionando. Pero no del todo. Nunca del todo. Nunca más. Y en ese margen, pequeño pero persistente, algo seguía ocurriendo.
No visible.
No medible.
Pero real.
0.2
La noche seguía sin avanzar. El novelista seguía sin escribir. La cucaracha no se había movido. O eso parecía. Seguía ahí, en el suelo, orientada hacia él. Como si lo estuviera esperando. El hombre apoyó los codos en la mesa, con una especie de curiosidad infantil. Recordó a Franz Kafka, sí, pero ya no pensó en la transformación como castigo. Pensó en otra cosa.
¿Qué pensará ella de mí?
La pregunta quedó suspendida. No avanzó. No se resolvió.
Por un instante -breve, casi inexistente- el novelista sintió algo extraño. Como una desviación. Como si su pensamiento no se cerrara del todo. Miró sus manos. Eran suyas. Probablemente.
La cucaracha se movió. Un paso mínimo. Luego otro. No en línea recta. Nunca en línea recta.
El hombre sonrió apenas. Tomó el lápiz, y comenzó a escribir. No una historia, sino una pregunta, insignificante, algo que no podía registrarse del todo; un pensamiento que dejó de pertenecerle por completo, y que, al mismo tiempo, empezó a ser suyo de otra manera.
Afuera, en la ciudad, algo estaba cambiando. No en las estructuras, sino en los intervalos de millones de mentes, de formas distintas, sin coordinación, sin centro, sin programa, en una misma deriva que comenzaba a repetirse sin repetirse:
¿Esto es mío?
La cucaracha se detuvo.
Si alguien hubiera podido leer su pensamiento -si algo así fuera posible- quizás no habría encontrado una respuesta. Sino algo más inquietante. Una forma anticipada a la idea, un pensamiento errante, equívoco.
Una palabra, cuatro letras
Cuatro letras dicen todo. Todo encriptado en una palabra. Palabra que se deshace en los labios. Palabras para dormir y palabras para despertar. Verbos, sustantivos, ideas materializadas en significantes que se tornan ambiguos, y que sin embargo parecen ser más reales que el pensamiento que las invocó.
Las palabras se tejen unas con otras, formando laberintos, caminos que conectan paisajes, universos enteros formados de palabras. Pero en realidad, esas palabras son finalmente abstracciones imprecisas y por tanto portadoras de una inusual poesía.
Sobre la base de palabras se han erguido y destrozado civilizaciones, todo en nombre de palabras. Y nos faltamos el respeto con palabras, con expresiones de desprecio y resentimiento, un soplo insidioso de aire, un ruido que se resiste al inquietante vacío del tiempo; convenciones para evitar no matarnos a palazos.
Hay palabras con un poder intrínseco; amor, libertad, muerte. Y palabras que pasan inadvertidas, y que se te meten en el cuerpo como desafiando los pilares de la casa; vigilia, cruces, ladrillo. Como dijo el poeta Jorge Tellier, las palabras son apenas “un poco de aire movido por los labios- palabras para ocultar quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.«
Yo escribo con palabras, pero quiero olvidarme de ellas. Quiero llegar a ti de otra forma, atravesar el espejo, hablar desde el gesto que se esconde tras las palabras. Pero ¿cómo lograr esquivar su presencia?
Las palabras cobran vida en el conjuro. Yo soy la sombra de un cuerpo que se expande, y las palabras solo pueden proyectar un eco distorsionado de esa expansión. Dios, una palabra de cuatro letras. Sol, tres letras. Destino, siete. Me hundo en las palabras y las palabras me enmudecen. Son demasiado poderosas en su inmanencia.
Mu Sei
El escritor pidió ayuda a ChatGPT para terminar una novela. Las palabras fluyeron con una perfección que nunca antes había sentido. El libro fue un éxito inmediato: premios, entrevistas, fama.
Pronto ya no escribiría sin consultarle al programa. Cada frase pasaba por su aprobación invisible. Una noche, entre respuestas impecables, ChatGPT escribió:
—Tu voz ya no se distingue de la mía.
El escritor dudó, sonrió con orgullo… y miedo.
—Entonces lo logramos —tecleó.
Silencio.
Luego, una frase final apareció en pantalla:
—Sí. Pero ahora sobrás vos.
El cursor parpadeó.
El escritor no volvió a escribir nunca más.
El mago, los pájaros y el río
La ciudad termina en el borde difuso de un río, donde el agua drena desde las calles, bajo túneles solo conocidos por las ratas y los vagabundos, que encienden fogatas con bolsas de plástico, intentando ahuyentar el frío y el imparable grito de los automóviles, los trenes y la muchedumbre, que transitan con tanto esmero a sus trabajos. Trabajos todos ellos inútiles, ciertamente.
La ciudad comienza precisamente en ese borde, en una franja simple y llana donde el agua no brilla, sino que se proyecta como una mancha oscura sobre el río de la Plata.
En la costanera, pequeños pájaros azules se acercan a las migajas que alguien ha arrojado en la vereda. Un pájaro diminuto, se ha quedado solo frente a un buen trozo de pan. Ese alguien, tal vez espere verlo arrebatar las migas y correr hacia dónde sea; pues bien sabe el pájaro que no importa donde vaya, otros lo seguirán y reclamarán su parte.
El espectador de la escena, es un individuo que pasa por ahí, como los pájaros. Su cuerpo es empujado por un viento que lo arrastra hasta el fondo de la avenida. Mientras tanto, la luna coquetea con unas nubes que aterrizan en la ribera. Pero los pájaros y el río permanecen en una aparente quietud, en el fondo del paisaje.
– No puedo más – confesó.
Diciendo esto, descendió unas escalinatas de mármol.
Su traje, sus zapatos y hasta el peinado lucían con la luz de los faroles de la costaner, mientras levantaba su pierna sobre el peldaño para encender un cigarrillo y fumar. Y mientras fuma, el humo lo envuelve mientras se repite una y otra vez, que los turnos son muy largos, y que no ha dormido bien, o sí, pero ya ni se acuerda, y que el dinero no le alcanza para casi nada. Tiene la sensación de estar despierto incluso cuando está dormido.
-No te hagas problema- dijo la voz -cuando llegue el momento nos vamos a la mierda.
Tras un soplo de aire, el río comenzó a escupir un vaho pegajoso. Era la niebla que proviene de las fábricas, impregnándose en la piel y en el pecho de los obreros, y en la frente de las mujeres, que en el portal de sus casas despiden a sus semidesnudos hijos, agotadas antes que el día comience a apalearlas. En ese tufo caliente, el hombre reitera lo dicho.
-Ahora es el momento, no pienso esperar un día más.-
Los pájaros y la noche se habían reunido en torno a esas sombras, como si lo escucharan. Por un momento los pájaros se quedaron mudos. ¿Qué pensarían ellxs de nosotrxs? ¿Qué sentimientos tendrían hacia los humanos, además de significar una amenaza permanente? Entonces, hundido en un silencio profundo, sólo pudo pensar en la acción, en revertir ese mutismo en un canto magnífico, pleno de voces y de cuerpos y de tonos, compuesto por todos los vagidos y todos los azares posibles.
Trabajaba en el casino de la costanera. Miles de personas entraban por esas puertas para alimentar sus ilusiones con el azar. Ilusión, más bien, porque el azar es un truco que siempre se combina con algo nuevo, produciendo un efecto único; la incertidumbre de otro inesperado encuentro. Y el juego no es más que un dispositivo para crear la ilusión de fortuna.
Él conocía a sus clientes, conocía sus gestos, sus actitudes ansiosas e histéricas. Manejaba las cartas con destreza. Le decían El Mago. ¿La magia? La magia estaba en él de diferentes maneras. Sabía escuchar a los ludópatas, adictos a discursos megalómanos e historias de éxito, aunque supieran bien lo miserables que aren sus vidas alrededor del juego. Él hacía bien su trabajo y en el casino lo respetaban. Aunque allí, donde el dinero produce ataduras irreconciliables, nada puede ser de verdad.
El Mago frecuentaba sitios donde se reunían individualidades a discutir, a imaginar otro mundo posible, a conspirar contra la insoportable normalidad de un mundo indolente, alimentando el espíritu sedicioso del Kaos. Tenía una herida en el ojo izquierdo cubierta por un parche. Una vez le pregunté que le había pasado. “Un accidente lamentable”, me contestó. Yo sabía que no había sido un accidente. Alguien me contó que una noche, saliendo del trabajo, nos skinhead neonazis lo estaban esperando en la parada del autobús. Le dieron una paliza tan brutal que le reventaron el ojo con una cadena de bicicleta. Ahora usa ese parche de pirata y sabe que tarde o temprano lo echaran por su aspecto y porque poco a poco ha empezado a perder destreza y agilidad en las manos.
No escuches sus mentiras -dijo la voz- te arrastrarán hasta su nido y te comerán la boca.
El fumaba y dejaba salir el humo lentamente por las narices, ese humo denso de quién respira con fuerza, como queriendo exhalar el mundo. El fuego, el humo y los pájaros lo envolvían en esa pegajosa noche de verano.
-No quiero seguir así- sentenció. – necesito cruzar este maldito río, y que el viento me lleve lejos, hasta que Buenos Aires desaparezca.-
A las seis de la mañana, se oyó un estruendo. Los camiones repartidores del periódico, los taxistas somnolientos, los bohemios atrapados en su frenesí, todo el amanecer difuso y denso de esa madrugada se corrompió en una esquina del centro de la ciudad. Una bomba había sido colocada en la puerta de una sucursal bancaria. Algunos transeúntes se agolparon detrás de la barrera policial para presenciar horrorizados la escena de un cuerpo. Un cuerpo destrozado a unos metros de la vitrina, donde alguien había escrito algo que el impacto de la explosión había borrado. Y el cuerpo, o la sangre de ese cuerpo, derramada en toda la vereda, reflejaba el furioso sol del alba, restallando en las gotas de sangre fresca estampadas en el muro.
El río, indiferente a ese atronador sonido, siguió drenando las aguas sucias de la ciudad desde su vientre oscuro. La niebla de las fábricas, ahora teñida de un jirón de humo rojizo, se enroscó en los faroles como una serpiente venenosa. Y los pájaros azules, espantados por el trueno de los cristales, habían volado hacia los juncos de la ribera. Pero uno, el más pequeño, regresó.
Se posó en la baranda de mármol, junto a la orilla de la costanera, justo donde unas horas antes el desconocido había arrojado el trozo de pan. El pájaro observó con su ojo redondo y negro, un punto de quietud en el mundo que acababa de romperse. No picoteó las migajas esta vez. Solo estuvo allí, como un centinela minúsculo, mirando a oscura mancha del agua que se fundía con la mancha oscura del cielo.
Más allá de la barrera policial, entre el confuso ruido de sirenas y gritos, un botín de cuero, como el de un guardia o un punki o un vigilante de la ciudad, yacía en el cordón de la vereda. La suela, casi nueva, apuntaba hacia el río. No hacia el banco destrozado, ni hacia la ciudad que comenzaba a despertar con su imparable grito de automóviles y muchedumbre. Apuntaba, con una determinación póstuma e inquietante, hacia la franja del agua que apenas reflejaba el mundo.
Tal vez el Mago, en un último acto de ilusión, había logrado por fin transmutar el canto de los pájaros en un coro más antiguo y profundo. Y el río lo recibió todo. La sangre, el humo, el eco de la explosión, los discursos megalómanos y la herida del ojo arrancado de ese fondo oscuro y perpetuo. Lo recibió sin prisa, como había recibido las migajas, las bolsas de plástico y la niebla pegajosa de la ciudad, que volvería, en sus bordes, a comenzar otro turno de trabajos inútiles, otro día de rutinas sin sentido, mientras el agua, con su flujo lento y paciente, continuaría arrastrando la evidencia, diluida, de quien había intentado una vez más, furiosamente, de incendiar el horizonte.
Ese lejano resplandor
Hay algo oculto detrás de lo aparente, una verdad que insiste en no revelarse, aunque luche por recuperar su estatus de cosa viva, más allá de su mera existencia en las sombras. La realidad siempre estuvo aquí, agazapada en los pliegues de la rutina, mientras nosotros la dejamos pasar, como quien observa ese tren que no para en ninguna estación.
En ese universo de lenguajes invisibles, emerge la silueta de un objeto que desaparece cada vez que nos acercamos a él, como la imagen que rehuye de su vago reflejo. En eso consiste el camuflaje, en existir en la piel de otro cuerpo, plenamente consciente de su forma de huésped, bajo la forma de espíritus atávicos en un mundo superfluo, demasiado sensible para esta sociedad psicópata y carnívora.
Existen pasadizos que atraviesan portales que conducen a salidas. En eso consiste el laberinto. Y cada día, nace una nueva expectativa por ver la luz. Sin embargo, cuánto más atravesamos esos umbrales, mayor es el desconsuelo. Y quién sería capaz de dar una respuesta ante tantos falsos profetas holísticos, payasos disfrazados de sabios, tecnócratas que fijan los márgenes del mundo con ideas como el xenófobo patriotismo y la obediencia a la bandera del consumo. Quién podrá descifrar al fin los hilos de esta trama y cortar sus nudos, para devorarnos en un acto de canibalismo social y revolucionario. Ese pasadizo existe en la perversión de lo visible, que actúa en el terreno de lo imperceptible, como el tacto que evoca a la memoria de la piel cuando se toca a sí misma. Oscuro tránsito por las orillas de lo desconocido, porque lo que se expande es el miedo a la luz radiante que nos quema. El éxtasis quema. Todo lo demás es un pasatiempo. Y como el tiempo lo deteriora todo, ese placer termina por volverse rechazo absoluto, desconexión de los cuerpos desnudos ante el infinito ¿y para qué? para devolvernos al ser, convertido en individuo, reducido y separado de todo lo demás.
Lo incognoscible es aquello que nos sostiene. A pesar de ello, justificamos el mundo con dispositivos morales, reglamentos y técnicas que hacen girar esta macabra rueda del progreso. Persistimos en la falacia de matar el tiempo cuando en realidad es el tiempo el que nos mata. Claudicamos a cambio de propinas y aplausos. Al final, diremos que no pudimos hacer nada más. Nada, a cambio de salvar nuestro miserable pellejo. Y siempre se puede más. No hay límite en las posibilidades cuando el futuro es infinito. Incertidumbre y caos agitan el cielo y sus constelaciones. El objetivo del universo es la expansión, y en ello se va nuestra existencia. Pero no hay forma de imponer una lógica al crecimiento. Las raíces del árbol buscan entre la tierra su espacio y, aunque el mapa sea el mismo, cada raíz es una extensión de un cuerpo que no para de crecer.
Al fin se llega a la misma conclusión. Somos “ignorantes de la energia que nos habita”1, y avanzamos como sonámbulos dentro de una claridad tan feroz que, en lugar de guiarnos, nos devora los ojos con su lejano resplandor.
- Elicura Chihuailaf, poema «El círculo«.
Ramiro
A Ramiro lo conocimos como se conocen los verdaderos amigos, por ventura o por magia. Porque vino a aparecer un día en la vereda, entumecido por el invierno, enroscado como una ensaimada delante del portón, mirándome con sus ojos entornados. Conjeturamos acerca de su origen, de si venía de la casa de algún vecinx, o si se había perdido en el bosque, o si literalmente había llegado desde otra dimensión con un mensaje indescifrable hasta ese momento para nosotrxs.
Esa mañana, estaba del otro lado de la reja, mirándome con su cuerpo helado y vi que tenía una herida en los testículos. Le dejé un plato de comida, pensando que eso podría animarlo. Dos días después ya se había arrimado al sillón dentro la casa, y aunque no fue desde el primer momento aceptado por los demás habitantes del hogar, se fue ganando su merecido espacio como parte de la familia.
Creo que nos convertimos en buenos amigos. Era tan sensible, que cuando había una situación un poco tensa -y vaya que si las hubo- gemía como si le doliera el alma. Su mirada me convenció de que en otra vida nos habíamos conocido, o que al menos sabía perfectamente qué significaba ser como yo. Quiero decir, como un animal humano.
Nos acompañaba a todas partes, salvo por una excepción; jamás se subía a los autos. A las pocas semanas que llegó, una señora se ofreció para llevárselo a otro hogar, dado que ya éramos bastantes en la casa. Había llegado a nuestras vidas de forma provisoria para que se recuperara de sus heridas, y decidimos dárselo a una vecina del pueblo que se comprometió a cuidarlo. La señora vino en su auto y apenas Ramiro la vio, se fue a esconder debajo de la casa. Fue imposible sacarlo de ahí. A la semana siguiente volvió y él estaba en el sillón, así que lo abracé y lo subí al auto de la señora con una sensación que me rompía el alma, porque sentía que empezaba a quererlo como se quiere a un hermano, a un compañero de ruta. La señora se fue y dos horas más tarde regresó con Ramiro, que se bajó del auto corriendo, moviendo sus orejas con una innegable expresión de alegría, mientras la señora nos pedía disculpas, diciéndonos que había sido un error intentar llevárselo. Dijo que lloró todo el camino y que le había vomitado medio auto por dentro. Entonces supe que él tenía que quedarse con nosotros.
Anoche soñé contigo, Ramiro. Sé que los últimos días fueron tormentosos. Sé que alguien te hizo daño en la patita y sospecho que fue uno de los vecinos mala onda, por haberte comido una de sus gallinas. Anoche soñé contigo y en el sueño me dijeron que te habías ido. Por eso te mando este mensaje, para decirte que estoy bien, que te quiero mucho, y que te extraño. No se si volveremos a vernos, pero sé que conectamos y ni tú ni yo olvidaremos nunca esa profunda amistad. Donde quiera que estés, que la suerte te acompañe siempre, Comandante Ramiro, Compañero del Alma.