Miranda tuvo un presentimiento. Había sentido esas pulsiones, ese temblor que te arranca la piel desde adentro, como una especie de cosquilleo que se sube por los órganos, y que no la dejó dormir en toda la noche. Su marido, recostado en el borde de la cama, siempre a punto de caerse, como si quisiera salir de ese cuadrilátero que tantos rounds habían combatido, parecía exhausto, como un bulto maltrecho y descuidado. Ella se levantó en silencio y se vistió lentamente en el baño. Se miró al espejo. Sobre una marca violácea en la mejilla, se deslizaba una lágrima densa, que cayó al suelo haciendo un ruido como de lluvia, una lluvia que la quemaba de rabia e impotencia. Sacó una billetera del cajón del velador y supo que después de ese momento no volvería a ver nunca más aquella habitación espantosa y ese cuerpo desplomado, que desde hacía varias horas había dejado de respirar. Cerró la puerta. En la calle, la esperaba un amanecer sombrío de invierno, un frio que se había alargado por años, aunque por fin podía percibir un soplo un aire tibio, que se elevaba como una corriente hacia el fondo de la avenida, tras el tono rojizo del amanecer, en la ciudad que despertaba.