Cuatro letras dicen todo. Todo encriptado en una palabra. Palabra que se deshace en los labios. Palabras para dormir y palabras para despertar. Verbos, sustantivos, ideas materializadas en significantes que se tornan ambiguos, y que sin embargo parecen ser más reales que el pensamiento que las invocó.
Las palabras se tejen unas con otras, formando laberintos, caminos que conectan paisajes, universos enteros formados de palabras. Pero en realidad, esas palabras son finalmente abstracciones imprecisas y por tanto portadoras de una inusual poesía.
Sobre la base de palabras se han erguido y destrozado civilizaciones, todo en nombre de palabras. Y nos faltamos el respeto con palabras, con expresiones de desprecio y resentimiento, un soplo insidioso de aire, un ruido que se resiste al inquietante vacío del tiempo; convenciones para evitar no matarnos a palazos.
Hay palabras con un poder intrínseco; amor, libertad, muerte. Y palabras que pasan inadvertidas, y que se te meten en el cuerpo como desafiando los pilares de la casa; vigilia, cruces, ladrillo. Como dijo el poeta Jorge Tellier, las palabras son apenas “un poco de aire movido por los labios- palabras para ocultar quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.«
Yo escribo con palabras, pero quiero olvidarme de ellas. Quiero llegar a ti de otra forma, atravesar el espejo, hablar desde el gesto que se esconde tras las palabras. Pero ¿cómo lograr esquivar su presencia?
Las palabras cobran vida en el conjuro. Yo soy la sombra de un cuerpo que se expande, y las palabras solo pueden proyectar un eco distorsionado de esa expansión. Dios, una palabra de cuatro letras. Sol, tres letras. Destino, siete. Me hundo en las palabras y las palabras me enmudecen. Son demasiado poderosas en su inmanencia.