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TR1ZT4N

las causas de la tristeza

Mentiras inefables

Publicada el 2025-10-27 - 2025-11-20 por TRZTN

Imagino el relato, la trayectoria de los acontecimientos, como una serie de actos premonitorios: una suma de causas o el efecto de una mala combinación de historias. Historias que se alejan cada vez que las contamos, que se pierden en detalles aumentados por la ausencia, desdibujando el hecho que las invoca. El cine es ese dispositivo que nos hará eternamente parecer otra cosa. En suma, las imágenes: ese artefacto mágico y demoledor que construye memorias, proyecta reflejos fugaces, destellos sobre el agua en un mar de espejismos.

Imagino al personaje, una silueta que pronto adquiere voz propia y que esgrime argumentos con la certeza de que fueron pensados para él —o para ella—, pero que no encuentran eco en quien los escucha, porque parecen una pantomima de la vida real: un discurso demasiado perfecto, un diálogo demasiado creíble.

Imagino el escenario: un paisaje que vibra con la luz demorada del atardecer. El cielo se refleja en los edificios vidriosos y la luna comienza a elevarse sobre la cordillera. En primer plano, la terraza de un departamento caro, con muebles caros, con una decoración excesiva. El arte de contar aparece retratado en los objetos que recrean el mundo. Yo preferiría comenzar desde el vacío, impregnarme de la nada que emerge de la caótica existencia de los sueños, de donde provienen todas las historias.

Imagino mi cuerpo atrapado en un fotograma borroso, acaso el último plano de un film que no encuentra su desenlace en la continuidad. Y entonces no siento nada, no huelo, no transpiro, no ruego porque todo acabe de una vez o que permanezca allí para siempre. No creo en las historias que quieren parecerse a la vida de los otros, extraños mirados como en un microscopio. No porque no sea incapaz de quererlas, sino porque, en esencia, lo que pretenden decir encubre, tras su insoportable pulcritud, los paradigmas de la civilidad burguesa y su falso altruismo.

Imagino un cine del futuro, un cine de opciones múltiples que reavive el pasado con todas sus memorias: las perdidas, las olvidadas, las que nos obligaron a olvidar. La vida con sus contradicciones, sus pequeñas bajezas y esos grandes actos anónimos que nos rescatan del verdadero infierno: el círculo macabro de la sociedad de clases.

Imagino un cine que no busca competir con la realidad. Un cine que no existe para una determinada audiencia, porque eso pertenece a las artes “mayores”, a las pasarelas y las alfombras rojas. Prefiero, en cambio, la experiencia colectiva de la creación: ese instante en que la imagen se vuelve gesto compartido. Sabemos, de antemano, que esas imágenes solo producirán mentiras inefables, anhelos devenidos en retazos de un mundo imposible, exagerado, hiperbóreo: un territorio remoto donde las visiones se vuelven mercancía o recuerdo. Pero tal vez allí, en el límite que separa lo real de lo imaginario, el cine aún pueda soñar con el mundo, incluso cuando el mundo ya no quiera soñar con el cine.

Los monstruos son ficciones humanas, las bestias son animales como nosotros.

Publicada el 2025-10-23 - 2026-05-10 por TRZTN

Él aún no lo sabe, pero dentro de sí habita un monstruo. Detrás de esa afable sonrisa, se esconde un demonio que clama por salir en cualquier momento, y romper la costura de su cuerpo torpe y desproporcionado. Desde niño tuvo extremidades largas y una mirada perdida, sin horizonte. En cierto sentido, su forma presagiaba ese semblante oscuro y misterioso, o tal vez simplemente vacío.

Su padre siempre le hizo sentir poca cosa. Empresario con nervios de acero y hábil para los negocios, conducía el negocio familiar desde hacía 25 años, tras la muerte de su abuelo, el fundador de la compañía. Su madre, en cambio, una mujer judía con estudios en Yale y una gran capacidad para enseñar, era una persona débil de carácter. Ella le iba a instruir en el camino de la rectitud moral y las normas civilizadas de una familia burguesa. Pero moriría en un accidente cuando él tenía 14 años. 

El estilo de su padre, negociante frío e intransigente, que manejaba los negocios con mano de hierro, no fue un modelo para el joven heredero. El hecho de que fuera a hacerse cargo del negocio de la familia, a fin de cuentas, era una desafortunada casualidad. Aunque es sabido que las casualidades son en verdad el efecto de algún mal cálculo, lo que para él, se convertiría en la causa de todos sus males.

Su media hermana -hija de una mujer con quien su padre tuvo una aventura y que nadie en la familia conoció- era la legítima heredera del negocio. Ella era la copia fiel de su padre. Ambiciosa, de trato glacial, inquisidora. Ella era quien debía heredar el imperio económico. Pero no fue así. 

Ella se había ido a vivir a la casa familiar, una mansión en las afueras de Seúl, cercada por las montañas del norte de la ciudad. Estuvo viviendo casi 20 años en otro país, pero tras una serie de fracasos amorosos, o tal vez una cierta sensación de profecía autocumplida, se arrimó al padre como el hielo se adhiere a la roca. Su hermano no sintió envidia, ni celos. Era incapaz de percibir lo que se fraguaba a sus espaldas. Ese día, el padre los había convocado a ambos, a una reunión en su despacho.

Al entrar, su hermana ya estaba allí, de pie junto a la ventana, con la espalda recta y los brazos cruzados. Ni siquiera lo miró. Su padre, sentado en un sillón de cuero negro, parecía más viejo que de costumbre. El contraste entre la fría belleza de ella, y el rostro pálido del padre, le daban a la escena un aire ceremonioso, casi ritual. El rostro del anciano, bañado por la luz de la mañana,  parecía más afilado, más implacable, como una daga que sigue cortando aun cuando el tiempo haya mellado su filo.

-¿Sabes lo que has hecho?- le dijo el padre, ni bien entró a la oficina, con tono desafiante, pero sin levantar la voz.

Él no entendió a qué se refería. Miró a su hermana. Ella bajó la vista por un instante, luego de auscultar con mirada de lince a su presa, como si lo evaluara desde un lugar que él nunca podría entender.

-Saliste anoche -continuó -. Dejaste el auto abandonado y volviste a las seis de la mañana, borracho. ¿Crees que no lo noté? Recibí una llamada de la policía esta mañana. ¿Te olvidas que el auto está a mi nombre?.

Él quiso excusarse, pero el silencio del despacho lo tragó. Su hermana hizo un gesto sutil con los labios, como una risa sarcástica.

-No sirve de nada preguntarle, Papá -dijo ella, finalmente-. No sabe explicar lo que hace.

Él sintió un temblor en las piernas. Siempre había temido a su padre, pero temer a los dos a la vez, juntos en esa habitación, era distinto. Su padre lo miró con dureza.

-Eres un problema -dijo-. Y un problema que no sabe hablar es un estorbo.-

El viejo se levantó y salió de la oficina. La habitación quedó en silencio.

Su hermana giró la cabeza hacia él, y lo miró de frente. Sus ojos parecían dos témpanos de hielo.

-Al final, terminamos siendo lo que más odiamos – le dijo. Y se fue.

Aquella frase le atravesó el pecho como un puñal frío. No supo por qué, pero sintió que algo dentro de él dejaba de resistirse. Algo se rendía, como la cuerda que finalmente se rompe, pero que al romperse, libera otra fuerza, aún más devastadora.

Esa noche no pudo dormir. Como tantas otras noches, se levantó de la cama, se puso la ropa y salió con el auto. Manejó durante una hora, tal vez más. Perdido en la autopista vacía, se dejó llevar por la velocidad, por el deseo de liberarse, de algún modo, de su torpeza y letargo. En un camino alternativo se detuvo, y reclinando el asiento, se quedó profundamente dormido.

De pronto, se vio en medio de una oscuridad tenue, y logró ver, entre la bruma, una suerte de bosque o arboleda cercana. Camino hacia allí. Sus pasos parecían alargarse, como si no avanzara, atrapado en esa densidad onírica de la espesura. Se vio imbuido en un lugar indeterminado, un espacio abierto, casi infinito. En esa inmensidad, percibió que algo lo acechaba. Miro hacia todos lados, pero la entidad se movía más rápido que su vista. Despertó con el ruido del tráfico al amanecer. Entonces regresó.

Los días se sucedieron con una calma exasperante. No pasaba nada, y poco a poco esa aparente quietud comenzó a desafiarlo. Tuvo el mismo sueño varias veces, la sensación de acecho, de espacio infinito, y luego nada, y luego despertar, a una realidad insulsa, que había perdido todo propósito.

Una mañana, con el eco de esos sueños en el cuerpo, su padre lo llamó nuevamente al despacho. Lo hizo esperar afuera, en el hall. Desde allí, vio a su hermana y a su padre, hablando acaloradamente. No podía escuchar la conversación, pero esta vez sí la estaba imaginando. En medio de risas y gestos de aprobación, la hermana le dio un beso en la frente al padre  y salió de la oficina, de nuevo sin mirarlo. Él estaba rígido, como escarchado por dentro. Su padre lo hizo sentarse, como si fuera un empleado que va a ser reprendido pero que no sabe bien porqué.

-He revisado tus informes -dijo sin preámbulo-. Son un desastre.

Pasó una página sin mirarlo.

-Eres débil. Un inútil. No sé cómo esperas manejar este negocio.

Él sintió como se le cerraba la garganta al intentar hablar.

-Yo… hago lo posible -balbuceó.

Su padre levantó la vista, incrédulo.

-Tu “posible” no alcanza. ¿Qué clase de hombre eres?

La vergüenza lo asfixiaba. Su padre continuó:

-No quiero verte más por la oficina. Ya hablé con tu hermana. Ella tomará la gerencia. -Se inclinó hacia adelante-. Y deberías agradecer que todavía no te he echado de la casa.

Él quiso decir algo, defenderse, hablar por una vez en su vida. Pero no le salió nada.

-Puedes irte -dijo su padre.

Salió con las piernas temblando. Y en esa corriente que ascendía desde el fondo de su cuerpo, apareció algo más. Un animal que respiraba.

A partir de entonces, comenzó a frecuentar bares y clubes nocturnos. Una energía imparable se había apoderado de ese cuerpo insatisfecho, quizás en desuso, y ahora sentía que la sangre le corría con furia por las venas. El corazón palpitaba a un ritmo frenético. Comenzó a consumir pastillas. Nunca había probado las drogas, pero era como si toda su vida hubiese sido adicto a todo. Casi sentía que las drogas y el alcohol no le hacían efecto, porque, al fin, se sentía él mismo. Él, y no el otro: el niño acobardado tras las faldas de su madre, temeroso del castigo de su padre. Ahora era dueño del mundo y de su destino.

Una noche, salió de madrugada, con los ojos enrojecidos por la flama oscura del insomnio. Condujo sin saber muy bien adónde se dirigía, hasta que, antes del amanecer, en medio de un camino boscoso, sacó una pistola que tenía guardada en la guantera. Salió del auto como endemoniado y caminó unos metros entre la espesa hierba. Entonces comenzó a disparar.

Disparó al vacío, a la oscuridad del bosque. Disparos a la nada, o hacia su sombra, quién sabe. Pero eso le gustó: le pareció divertido. Al volver a casa cayó en un sueño profundo. En el sueño era de nuevo un niño, el mismo niño torpe y desangelado. Pero, a diferencia de sus borrosos recuerdos, estaba rodeado de otros niños, con los que jugaba a algo que lo hacía sentir feliz. Al despertar, sintió calma, como si hubiera enterrado algo que no sabía dónde esconder. Comprendió que siempre había actuado de acuerdo con lo que le dictaban las reglas y que ahora eso ya no tenía sentido. Entonces comprendió que el monstruo que llevaba dentro de sí no solo existía, sino que estaba despertando.

Una tarde, el silencio en la casa parecía aún más espeso que de costumbre. El aire pesaba, acaso por el humo de los habanos de su padre o algo más, que se arrastraba desde la oscuridad, disparando hacia el vacío, como si el bosque hubiera entrado en él y lo hubiera descascarado como un árbol viejo. Su padre estaba en el despacho, como de costumbre, de pie junto al ventanal. Su hermana también estaba allí. Recordó que su madre, poco antes del accidente, le había confesado con voz trémula la existencia de su hermana. Era la misma voz quebrada que usaba cuando hablaba de su marido. “Es hija de alguien que no existe”, le había dicho. Ahora estaban ahí, todos. Ella, alta, con los mismos ojos felinos que él, pero más oscuros, como dos piedras de obsidiana.

-El negocio se cae -dijo ella, sin saludar siquiera.

El no se movió.

-No. Solo está cambiando. Respondió él, con una seguridad que los tomó a ambos desprevenidos.

-Cambiar no es lo mismo que perder -contestó ella, con una sonrisa apenas dibujada.

Él soltó una risa seca, de esas que suenan como una puerta oxidada.

-Vienes a decirme cómo manejar lo que nunca fue tuyo.

Ella apoyó las manos sobre el escritorio.

-Yo no vine a pedir nada. Esto también es mío.

-Tu sabes como son las leyes en este país. Cuando el viejo se muera – dijo sin mirar a su padre, aterido ante la inesperada arremetida de su hijo- A mí me corresponde todo, y tú no vas a obtener un céntimo.

Hubo un silencio largo, insoportable. Él padre, extrañamente se encogió ante el silencio. Quiso hablar, decir algo, pero no pudo pronunciar palabra. Veía el rostro de su hijo -la mandíbula tensa, el gesto de desprecio- y no supo cómo responder. Entonces, se dio la vuelta, y salió del despacho, derrotado, sin levantar la mirada.

La hermana se quedó quieta, mirando el humo del cigarro en el cenicero. Luego giró hacia él.

-Me asustas -le dijo. 

– No te preocupes. A todos nos pasa.- respondió secamente. – Tú lo dijiste; terminamos siendo lo que más odiamos.

Ella lo vio casi con el mismo pavor que el padre, y sin decir una palabra, se marchó.

Se quedó solo. El despacho olía a tabaco, a perfume y a algo que no podía nombrar, quizás el miedo disipado en el aire. Se quedó ahí, inmóvil, mirando el cenicero. Por un momento pensó que el humo se movía solo, que formaba un rostro que lo observaba. Entonces lo supo, sin saber por qué: el monstruo había abierto los ojos.

Dos semanas más tarde, su padre moriría repentinamente, de un infarto cardiovascular. Ni él mismo lo había previsto. No tuvo tiempo de arreglar el testamento, y el legítimo heredero, según las leyes, dejaba a su hermana fuera de la sucesión. Por supuesto que él nunca fue una persona vengativa, y mucho menos rencorosa. Pero no iba a retroceder, en su afán de librarse de las cadenas del pasado. 

La casa había quedado en silencio después del funeral. Los empleados se habían retirado, como si la muerte del padre hubiera disuelto también la disciplina que sostenía el espacio. Las lámparas del pasillo estaban encendidas, pero la luz parecía inútil, como si no lograra empujar las penumbras fuera del despacho. Él estaba de pie, junto al ventanal, en la misma posición de su padre, mirando el jardín ennegrecido por el invierno.

La puerta se abrió sin que él se diera vuelta.

-Sabía que estabas aquí- dijo ella.

Entró con paso lento. Vestía aún el abrigo negro del funeral. 

-Supongo que ahora todo esto es tuyo.

Él no respondió. Apenas parpadeaba. Los ojos fijos en la profundidad del jardín.

La hermana caminó hasta el escritorio y apoyó los dedos en la madera, con una delicadeza casi irónica.

-Padre habría odiado esto -dijo.

-¿Qué cosa?

– No tener el control hasta el final.

El hombre soltó una risa baja.

-Padre odiaba muchas cosas.

Ella lo miró con atención. No era una mirada hostil. Era algo distinto. Más concentrado.

-Has cambiado -dijo finalmente.

Él giró la cabeza. 

-Todos cambiamos.

-No así- respondió ella.- Antes parecías… apagado. Como si algo dentro de ti estuviera dormido. 

Él sostuvo la mirada, sin emoción.

-¿Y ahora?

Ella tardó unos segundos en responder.

– Ahora pareces despierto.

El aire en la habitación se volvió más denso.

– No te preocupes -dijo él-. A todos nos pasa.

La hermana negó lentamente con la cabeza.

-No. A todos no.

Sus ojos descendieron hacia las manos de él. Había algo extraño en su quietud. Una calma que parecía acecharla.

-Padre creía que yo era como él -dijo ella-. Pero estaba equivocado. Yo solo aprendí a parecerme.

Él la observó con una sonrisa apenas visible.

-¿Y yo?

Ella lo miró durante un largo instante.

-Tú no aprendiste nada. Tú siempre fuiste el mismo.

La frase quedó suspendida en el silencio. Ella dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.

-Ten cuidado con ese bosque-

Él se tensó apenas.

-¿Cómo sabes…?

La hermana no respondió. Solo dijo; “algunas cosas solo se saben.” Y se marchó.

Afuera, el jardín se había quedado oscuro. Por un momento, creyó ver algo moviéndose entre los árboles, pero cuando entrecerró los ojos ya no había nada. 

Continuó saliendo por las noches, o de madrugada, a veces sin haber dormido, a la profundidad del bosque, a disparar a los árboles. Los disparos al principio le producían una especie de euforia infantil. El eco rebotaba entre los troncos como si algo respondiera desde la profundidad del bosque. Después del tercer o cuarto disparo el silencio volvía a cerrarse sobre el lugar, espeso, casi orgánico. Al principio, llegaba al mismo lugar solo por instinto, pero con el tiempo comenzó a reconocer al bosque como algo más familiar. Era extraño. Reconocía ciertos detalles que al principio eran irrelevantes: una curva del sendero donde el viento parecía detenerse, un grupo de pinos inclinados hacia el este, un claro donde la nieve permanecía intacta, incluso después de las tormentas. Cada vez que regresaba allí, tenía la sensación de que el lugar le recordaba sus sueños. La misma extensión abierta. La misma sensación de ser observado. Con el tiempo, comprendió algo que antes no había visto con claridad: en el sueño no lo perseguían. Lo esperaban.

Una noche, la luna iluminaba la nieve con un resplandor azulado y profundo; podía verse entre las ramas con claridad hasta el fondo del paisaje. Caminó hacia un claro y disparó a los troncos, cuando de pronto, una sombra emergió desde el fondo azulado y blanquecino. Parecía un gato, pero un gato enorme. Cuando lo tuvo a cierta distancia, pudo contemplar el cuerpo majestuoso de la bestia: era un tigre albino, casi un fantasma, con la mirada fija en su cuerpo. La mirada de un cazador que ha encontrado a su presa. 

En lugar de empuñar el arma en señal de intimidación, se quedó perplejo ante el imponente animal.

El animal avanzó desde la penumbra del bosque como si hubiera estado allí desde siempre. No hizo ruido. Solo cuando salió al claro, la luz de la luna reveló el cuerpo enorme, la musculatura silenciosa bajo ese pelaje blanco veteado de rayas negras. Entonces avanzó unos pasos, lento, sereno, como si cada movimiento respondiera a una coreografía secreta. El hombre, inmóvil, sintió que el aire se congelaba en su garganta. El brillo lunar se reflejaba en el pelaje blanco, y por un instante creyó ver en esos ojos su propio reflejo, multiplicado y deformado, como si el animal fuera el espejo de sí mismo, pero en otro plano de la realidad.

El tigre se detuvo frente a él. Bajó el arma. No sabía si era por miedo o por una súbita certeza: aquel ser no venía a matarlo, sino a reclamar lo que le pertenecía.

Entonces, el animal se abalanzó. No hubo gritos ni disparos. Solo el sonido de la nieve cediendo bajo el peso de ambos cuerpos, y luego un silencio espeso, casi dulce.

Cuando amaneció, el coche seguía en la orilla del camino, con la puerta abierta y las huellas borradas por la escarcha. Algunos leñadores, al pasar por el bosque, juraron haber visto, entre la niebla, la silueta de un tigre blanco que caminaba erguido, con ojos humanos y una sonrisa apenas visible, bajo la delgada luz del invierno.

prólogo

Publicada el 2025-09-25 - 2025-10-07 por TRZTN

mirábamos el sol en la penumbra de los cristales, en una ciudad edificada sobre espejos que nos devuelven invisibles. ardíamos de rabia ante la impotente marea de idiotas que suben y bajan escaleras, en torres empinadas hacia un cielo gris, apretando botones en sus dispositivos, aferrándose a una pantalla que nos borra poco a poco.

todo lo que importa vive en este presente infinito, que te observa desde todos los ángulos posibles, pero crees ser tú la quién decide. mientras tanto, falsos profetas declaman las últimas tendencias, y yo te escribo sin mayúsculas, sin apelar al orden de la sintaxis, desoyendo a sus avatares, esas figuras que se proclaman gurús y que solo alimentan al miedo, un disfraz que se superpone a la vida, como tantas otras falacias.

mi página web se desintegra en una escala de píxeles oscuros y entonces vuelvo a existir en medio del bosque, protegido de las ondas electromagnéticas de los aparatos, adosadas al cuerpo como amuletos o como fantasías de un espectáculo porno. la nueva realidad es el fetiche de los mediocres, y a ella nos aferramos como a una simulación. desde allí inventamos los neo-mitos de la neo-cultura humana, mientras que nada ha sido creado aún, más bien todo es una copia burlesca de su original, en esta era donde copiar y pegar se simplifica en dos clics. y cliqueamos como si fuésemos a disparar, empuñando el mouse o el dedo o lo que fuera que nos impone la interfaz del tecno poder. un poder que radica en la incapacidad de la memoria colectiva, en la existencia del dispositivo como portador del mensaje y no en la escucha de los astros y sus millones de historias. y hoy todo es una escenografía, hasta la tierra misma que pisamos, no es más que una cúpula dentro de una gota de agua sobre el lomo de una tortuga.

La ciudad y los espíritus

Publicada el 2025-08-25 - 2025-10-17 por TRZTN

Una ciudad dentro de otra ciudad. La primera, abandonada y en ruinas. La segunda, repleta de gentes sin alma.

En medio de las calles vacías, gatxs y niñxs se pasean entre los escombros. Los fantasmas abundan en sus calles desiertas. Hacen chirriar las visagras, y dejan caer objetos desde los tejados, como señales de una fútil y efímera existencia. Algunos funcionarios de escasa jerarquía, realizan tareas absurdas. Vestidos de uniformes restallantes, toman notas en sus tablets o sacan fotografías al vacío, en un acto inútil, propio de las castas burocráticas.

En el camino se asoman algunos seres errantes . Algunos de ellos han ocupado los tejados y encienden fogatas que brillan como antorchas desde la cumbre de la colina. Aún queda en pie un templo al que acuden unos pocos fieles a rezar sus últimas plegarias, como si fuera el fin de este mundo o el principio de uno nuevo. Es preciso despedirse de los viejos dioses, enterrar los viejos dogmas y erigir bajo la llama del progreso la nueva religión del dinero. La tecnología es la llave para la inmortalidad. Ya no se predica en nombre de ningún dios, cada uno puede serlo.

En una pequeña habitación, abrazada por el moho y una mancha de cal y fuego, un pequeño cuerpo yace inerte en el piso. No es un cuerpo humano, no es un cuerpo animal, es solo un cuerpo, un organismo que ha sido desmembrado. La otra ciudad, la ciudad hiperpoblada, reniega de ese horror y ofrece relucientes destellos de un espectáculo macabro; hasta la muerte da risa en esta historia. Las pantallas de viejos televisores se llenan de rostros maquillados como vivos para no evidenciar su verdadera naturaleza; cadáveres y restos.

Es la nueva tendencia de un futuro precedido por el algoritmo global. Y en el remanente de esas ruinas se da paso a un nuevo complejo de agujeros y túneles, por donde la vida se desplaza sin más propósito que el de cumplir con el cuadro programático del sistema de gobierno. La ciudad se ha quedado sin almas, y a cambio, solo permanecen los espíritus del despecho.

Rutina

Publicada el 2025-08-20 - 2026-06-01 por TRZTN

Atando el nudo de su corbata, Antonio recuerda lo que le dijo su compañera al despertar. Mujer a la que amaba con total ceguera, como solo se puede amar en la vida, una vida que a Antonio le parecía ser simple y llana hipocresía. 

No comprendió sus palabras esa mañana, mientras se vestía en el baño. Tampoco las comprendió después, cuando corrió por las escaleras, pensando que llegaría tarde al trabajo otra vez. Entonces, el sueño se quedó atrapado en el pensamiento de ella, mientras terminaba de soñarlo, para ir borrándose, unos segundos después de abrir los ojos, y desaparecer, definitivamente, cuando él cerraba la puerta. Si el mensaje de ese sueño era importante, pensó él, ella lo llamaría por teléfono. 

Aquella mañana la ciudad despertó brumosa y pesada. Era lunes y los lunes todo se mueve más rápido, concatenando compromisos previos con las próximas actividades, cuando el humor de la gente oscila entre la desesperanza y el tedio de trabajos cien por cien mecánicos e inútiles. Cada semana se reproducía igual a la siguiente. Cada día era una proyección del anterior. En suma, todo se desarrollaba de manera más bien circular. La sociedad entera funcionaba como un reloj. Antonio se consideraba una pieza más del engranaje, y si no fuera por ella, por ese amor incondicional que le tenía, hubiese desistido de continuar con esa asfixiante rutina. Ella era un motivo suficiente para transformar su gris existencia en radiante claridad. No veía las cosas negativamente, sino más bien se negaba a crear una mala imagen de sí mismo y de los que le rodeaban. Era el tipo de persona que acepta las cosas tal como son. En el fondo, creía que la gente hacía lo que hacía por amor. Si se mataban unos a otros, era por exceso de pasión.  

“Anoche soñé con pingüinos. Llegaron volando sobre los edificios. Miles de pingüinos de ojos rasgados y oscuros. Los vi descender por la calle, y quedarse allí. Los vi como descansaban después de nadar por los aires, hinchados de alegría. Me vi en ese instante como si fuera uno de ellos. Volé como un pájaro sin alas sobre la ciudadela. Atardecía y una espectacular aureola de nubes de colores vibraba en la arena de una playa que el viento se encargaría poco a poco de borrar.”

Al mediodía, Antonio sale a comprar unos artículos para la oficina. Baja por el ascensor. En el cuarto piso sube una mujer. En el tercero suben dos señoras de la limpieza y un oficinista senior. En el segundo piso no sube nadie. Cuando llegan a la planta baja, Antonio rompe el silencio del vestíbulo con pasos firmes, reverberando en el suelo brillante de mármol, mientras las señoras de la limpieza lo miran con cierto aire compasivo.

Deambula por el fondo de la vereda. Enciende un cigarrillo y lo apaga enseguida. Pasa por la puerta de una librería y decide seguir. Más adelante, encontrará otra vitrina, que también dejará pasar. Camina varias cuadras, hasta que de pronto se hace tarde. Está oscureciendo. Está parado en una esquina que desconoce. No sabe cuánto ha caminado. De pronto suena el celular. “Hola, si, tuve un accidente. Me llevaron al hospital. Como que me golpeé en la cabeza. Tardaron haciéndome exámenes, y al final me dijeron que no tenía nada, pero tengo que guardar reposo unos días. Debo estar hasta el miércoles en el hospital, cualquier cosa me llaman allá.” Cuelga abruptamente. Ahora piensa que, de no volver al trabajo en tres días, mejor será no volver nunca más. 

La primera noche Antonio durmió en el parque. Con los pesos que le quedaban, compró un paquete de cigarrillos, una botella de jugo y un encendedor. Guardó las últimas monedas para hacer un llamado telefónico. Al día siguiente, su ropa parecía un poco gastada, con olor a calle y a noche. Al pensar en su mujer, en aquella frase esquiva que solo supo evocar con una imagen, un signo que mantenía oculto en su memoria por considerarlo desagradable, sintió algo parecido a la resignación. A diferencia de las imágenes que representan una idea, casi siempre vanas y breved, las suyas eran más bien proyecciones vívidas y persistentes. Imagenes concretas, no burdos soportes de la realidad, que transformaban su resignación en un deseo salvaje de liberarse de la farsa de si mismo y de todo lo que le rodeaba. Entonces, se dió cuenta que ella tenía razón. Siempre la tuvo. Eres menos de lo que quieres y más de lo que crees, se dijo, como si fuera una misteriosa sentencia o una revelación. Entonces siguió vagando por las calles, ahora con esa frase compuesta en su cabeza, casi sonámbulo, hasta quedarse dormido entre las matas de un parque.

Al tercer día, volvería a la oficina como mecánicamente, sin llamar la atención a nadie. Pero esta vez, volvería transformado en un demonio cuya cola se arrastra por los pasillos y deja un olor a azufre y mierda impregnando los sofás, en sillas tapizadas de ese horrible color azul, ese incómodo azul de milico que no se parece en nada al cielo que soñaba, y al bosque que se olía en su cuerpo tras las noches entre los arbustos del parque. No tenía intenciones de herir a nadie, aunque su sola presencia reflejara una ausencia insoportable. Desenfundó un cuchillo que había robado en la cocina de un hotel, no sabe bien cómo había entrado allí, pero el hecho es que su mano empuñaba el filo con total naturalidad. Se propuso asesinar al dueño o al gerente, aunque fuese en sí misma una empresa imposible, ya que los guardias lo detendrían antes de llegar al pasillo. Entonces comenzó a cortar los cables de red que conectan las computadoras con el servidor central, y de paso rajar esos inmundos muebles mientras recordaba vagamente a su compañera, aunque era esa frase maldita la que le hacía eco, como si fuese un conjuro o un acertijo para abrir un portal, por el cual escapar de toda esa vida de mierda, que jamás pudo hacerlo feliz. Y allí estaba, tratando de sacarse de encima a los guardias y los empleados, que en un gesto de heroísmo intentaron detenerlo, no para ayudarlo, no para contener su ira, sino para defender su maldito puesto de trabajo, su miserable posición de clase que los mantenía siempre al margen de sus verdaderos deseos. Más de alguno sintió que esa espontánea rebeldía se apoderaba de su espíritu, pero se contuvo, mientras, un grupo de paramédicos le sujetaban los brazos con una camisa de fuerza que poco a poco le cortaba la respiración. El nudo de la corbata aún le apretaba el pecho y sintió asfixia, como si fuera un condenado a la horca. Descompuesto, pero liberado de toda culpa, esgrimió un graznido de pájaro, o de un animal que se sabe camino al matadero. Después, un silencio culposo se apoderó de los pasillos, para luego de un instante, retomar el compás frenético de la rutina habitual.

Ausencia

Publicada el 2025-08-17 - 2025-10-17 por TRZTN

Todo se pierde con el dolor de la ausencia. Incluso la sensatez,  acosada por espíritus inquietos, que rodean las paredes de la casa, apretando interruptores, abriendo las llaves de paso, dejando correr el agua por las escaleras, como si allí fuera a parar lo irrecuperable; ese inmenso mar de grietas profundas donde residen la oscuridad y el olvido. 

Todo se pierde, incluso el aura del ausente, en medio una luz que cruje, ante los ojos cerrados del náufrago.

Aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes.

Publicada el 2025-06-01 - 2025-10-17 por TRZTN

escribes con mayúscula los nombres propios, los sustantivos, las viejas  deidades, tus ídolos de la ficción. pero qué pasa con aquellos nombres que no tienen estatus, que no ocupan las portadas de ningún medio, qué pasa con los nombres ajenos, con las últimas palabras de un desconocido a modo de epitafio, que pasa con las misivas de un amor ausente, cartas que no serán enviadas, cartas escritas a mano, con faltas de ortografía, para algunos un insulto a las buenas costumbres del lenguaje, pero palabras al fin, que tienen más sustancia que un don, o una doña, y que sin embargo permanecen retenidas en los labios, sin atreverse a pronunciar un te amo, un te extraño, por temor a la ignominia del rechazo. las fotografías de esta absurda linea del tiempo dicen que puedes ser feliz, pero dentro de la pantalla, con esa sonrisa ensayada mil veces frente al espejo del baño, exhibiendo el torso semidesnudo de un cuerpo desbordando una juventud que pronto desaparecerá, pero que persiste en esa toma furtiva pero sobre actuada, que ya no es una escena original, sino una réplica de millones de imágenes preparadas con la misma pretensión, con el mismo ánimo de perdurar. yo necesito decirte que si te hubieras quedado esa tarde en el auto, te hubiera dicho esas minúsculas pero trascendentes palabras, y tal vez yo no estaría aquí, tal vez hubiese muerto de amor por ti, y sin embargo vivo, otra vez, caminando hacia una itaca imaginaria, anhelando a una penélope imaginaria, que teje hilos desnudos, imaginarias prendas para un futuro que no vendrá, un espejismo, una trampa perfecta para espíritus atávicos, como yo, un fantasma que se arrastra hacia tu olvido. dejaré de escribir solemnemente, para pronunciar mi desacato a las reglas del neo-lenguaje. dejaré de imprimir los mismos gestos de hipocresía para escupir en el pavimento toda mi batería de improperios. tal vez así me desate del karma de ser otro, ese avatar de mí mismo, y tal vez puedas escuchar en la distancia, las bellas palabras que guardo para nuestro encuentro. y quizás pueda ahorrarme unos puntos y unas comas, para amarte con minúsculas y de un solo párrafo. mientras tanto ayuno mis textos para contraerme, para deshojarme en tus ramas, en tus canelos floridos, en tus honduras de patio de invierno, en tus sempiternas memorias. me lleno de aire los pulmones y entro en el agua como si fuera un niño a punto de ver la luz, escupido por la oscuridad de un paisaje que ya conocía desde antes, en sueños de otras y en sabanas de otros, en besos deslavados por la lluvia, por el rimel descorrido, como un derrame de sangre en el fondo blanco de la nieve, el fondo vacío que algún día acabará por llenarse. escribo de madrugada, sin dormir, sin conciliar descanso, exhausto de verme dentro de la misma historia, del mismo desenlace. este cuento me parece repetido. aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes. y cuando me encuentres en la papelera del olvido, algo más viejo e inservible, sabrás el verdadero significado de los días, si no lo has descubierto ya, en medio de tanta basura cósmica. y esta frase indeleble, reafirma que el caos del universo tiene una sola misión, la de expandirse, y que en esta nave viajamos juntxs, hasta el próximo reinicio.

El brujo

Publicada el 2025-05-20 - 2025-09-15 por TRZTN

Te mantienes en silencio, mientras los demás hablan. Esa paz tuya no la encuentro, te dice Rodri, el de la cresta rosa y camiseta rajada en el abdomen, que deja entrever un tatuaje alrededor de su ombligo donde se lee NI DIOS NI AMO NI MASCOTA… mientras toma un trago de cerveza y te alcanza la botella. No quiero, respondes, pero al final te quedas bebiendo unos tragos con los pankis en la vereda. A esta hora, las sombras deambulan por el barrio de Constitución, esperando matar el tiempo, cuando es el tiempo el que nos mata, y nos hace desaparecer estando ahí, encerrados en esas cuadras oscuras, pasando desapercibidos de todx y de todxs.

De noche duermo con los ojos entreabiertos. En el parque puedo dormir tranquilo. Es peor quedarse en una esquina, o en la puerta de un banco o de una iglesia. Las instituciones tienen a sus represores, instruidos para defender sus templos, aunque ellxs mismxs sean carne de cañón para los propietarios de la fé y el orden público. Después, las leyes se encargan de encarcelarnos, aunque aún no hayamos hecho nada contra ellos; las leyes previenen contra cualquier ataque al poder inmanente, disfrazado o de uniforme.

Una mujer pasa frente a nosotros, cargando un bolso cuadrado, cubierto de un plástico verde. Lleva consigo todas sus cosas, toda su vida a cuestas. El pelo azuloso, la cabeza semi rapada, el cuerpo viejo y gastado cargando esa pesada forma oscura. Nos pide un trago. Bebe largamente y se va sin decirnos nada, aunque vino hablando sola y continúa con su monólogo, mientras se aleja, cruzando el semáforo en gris. Dos niños raquíticos encienden un porro y la observan con distancia, como si la conocieran de siempre.

Ellxs hablan. Todos hablan y ríen, aunque la noche es fría y triste y no hay motivos para sonreír. Leto me ha invitado un trago. Ríe con las bromas del Lechuga, un pibe que ha venido del sur, de un largo viaje por la patagonia. Cuenta como le sobrevivió a la noche austral y convivió con los espíritus y fue soñado por una machi, cuando su pierna fue mordida por un perro rabioso. Leto lo miraba y Patri, amigo de Rodri, miraba a Leto. Le ofreció un trago de birra, y le ofreció llevarla a su casa esa noche. Yo permanecí en silencio, aunque bien pudiera haberle reventado la botella en la cabeza. Sentados en la vereda tarareamos las mismas canciones que cantamos tantas veces. Íbamos a caminar unas cuadras hasta la parada, pero ahí mismo quise despedirme. Caminé hasta un banco de plaza en el borde del río. Miré el sol alzándose sobre la costa y cerré los ojos. Otra noche menos, otro día más, pensé. Entonces me dormí.

El significado de los días

Publicada el 2025-05-20 - 2025-10-17 por TRZTN

Si dejara de ser tan cursi y dijera las cosas por su nombre, sin eufemismos, sin rodeos estúpidos. Si pudiera mirarte fijamente, con estos ojos viejos, y dejara correr mis lágrimas como cuando nadie me ve. Si te dijera lo mucho que siento el haber quedado tan mal contigo. Si me pudieras escuchar en ese tono suave como cuando nos conocimos. Volver a la primera impresión. Recuperar la confianza, sobreponernos a las odiosidades que nos dijimos. Tal vez ahí, en el principio, algo que se perdió en el camino pueda devolvernos la alegría de habernos conocido, y no quedarnos con la amargura del arrepentimiento, la maldición del día en que nos cruzamos por primera vez. Sé que ya es tarde, que desempacamos nuestros proyectos y cada uno se llevó lo que pudo. Algo mío quedó entre tus cosas, y quizás algo de ti permanece entre mis recuerdos. No se puede borrar la memoria así como así, y aunque duele, los malos momentos igual nos pertenecen, son parte de uno y al final del camino todo cuenta, todo es parte de la misma historia.

Pero quisiera ser más concreto, más directo. Me falta mucho, pero también me sobran kilos de palabras de las que bien pudiera prescindir. Al final no son el objeto de mis sentimientos, las palabras son sonidos inexactos, confusos, cuando la emoción no deja espacio para la duda. Pero si la emoción es confusa, más lo serán las palabras. Tampoco espero que me escribas. Sé que eso no va a pasar. Para ti es más fácil callar. O es más sabio. El silencio está a tu favor. En el corazón de las cosas, hay tanto que desechar y tan poco que rescatar del naufragio. Pero todo ese tiempo, ese preciado tiempo que nos dimos, debe significar algo. El significado de los días, de las palabras, de los gestos invisibles. Todo y nada en un torrente de recuerdos vagos. Cuánto cabe en este cuerpo, cuántas sensaciones que más temprano que tarde desaparecerán. Entonces será el recuerdo un sentimiento difuso, tal vez un error. No sabré nada de ti, pero espero borrar el rencor y algún día recordar con cariño los años compartidos. Por ahora, el cajón de los recuerdos acumula más y más polvo a la ya terrosa memoria de ti. 

Cuando dejaron de ladrar los perros

Publicada el 2025-05-19 - 2025-10-17 por TRZTN

Aparecí en una casa, estábamos tomando pisco. Yo había venido con el sociólogo y el ingeniero, para conversar sobre el registro de un proyecto que iban a presentar en el Fondart, en alguna categoría o especialidad que no viene a este cuento. Lo más bonito, es que en el jardín había un laurel, añoso como esos que ya no quedan. Centenario quizás. Un sobreviviente, allí, en el patio de mi casa.

El ingeniero habla de números. El sociólogo insiste en los porcentajes. Las probabilidades aumentan mientras las posibilidades disminuyen. Escribo al revés, en una página en blanco. Me la paso borrando frases, oraciones imposibles. El verbo se cae a pedazos, la sintaxis se vuelve caótica y perdemos los artículos del sujeto.

Ya está listo, firmemos. El sociólogo estampa su letra con escupo. El documento crece y se desborda. La impresora echa humo.

Mientras yo sueño con mi padre llorando. Solo una vez lo vi llorar en toda mi vida. Y fue recordando su niñez. Yo era un niño, viendo llorar a mi padre, recordando su niñez. Pero en el sueño yo era el viejo, y él era joven. Reconocía finalmente sus errores. Mi madre y yo lo perdonábamos. Y en ese acto de perdón, que es el reconocimiento de la culpa -aunque nadie debiera sentirse culpable- él se quebró y lo vimos llorar. Estaban mis abuelos también. Y eso es raro porque ellos están muertos. O al menos yo los enterré.

Volvimos a casa y esa noche los perros ladraron al vernos. Dejaron de ladrar cuando abrimos la puerta. Se subieron al sillón como siempre y nos dejaron sentados en el suelo. Nos fuimos a dormir con la sensación de haber despertado. Una mañana tibia, una tibia mañana, una mañana hermosa.

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