Él aún no lo sabe, pero dentro de sí habita un monstruo. Detrás de esa afable sonrisa, se esconde un demonio que clama por salir en cualquier momento, y romper la costura de su cuerpo torpe y desproporcionado. Desde niño tuvo extremidades largas y una mirada perdida, sin horizonte. En cierto sentido, su forma presagiaba ese semblante oscuro y misterioso, o tal vez simplemente vacío.
Su padre siempre le hizo sentir poca cosa. Empresario con nervios de acero y hábil para los negocios, conducía el negocio familiar desde hacía 25 años, tras la muerte de su abuelo, el fundador de la compañía. Su madre, en cambio, una mujer judía con estudios en Yale y una gran capacidad para enseñar, era una persona débil de carácter. Ella le iba a instruir en el camino de la rectitud moral y las normas civilizadas de una familia burguesa. Pero moriría en un accidente cuando él tenía 14 años.
El estilo de su padre, negociante frío e intransigente, que manejaba los negocios con mano de hierro, no fue un modelo para el joven heredero. El hecho de que fuera a hacerse cargo del negocio de la familia, a fin de cuentas, era una desafortunada casualidad. Aunque es sabido que las casualidades son en verdad el efecto de algún mal cálculo, lo que para él, se convertiría en la causa de todos sus males.
Su media hermana -hija de una mujer con quien su padre tuvo una aventura y que nadie en la familia conoció- era la legítima heredera del negocio. Ella era la copia fiel de su padre. Ambiciosa, de trato glacial, inquisidora. Ella era quien debía heredar el imperio económico. Pero no fue así.
Ella se había ido a vivir a la casa familiar, una mansión en las afueras de Seúl, cercada por las montañas del norte de la ciudad. Estuvo viviendo casi 20 años en otro país, pero tras una serie de fracasos amorosos, o tal vez una cierta sensación de profecía autocumplida, se arrimó al padre como el hielo se adhiere a la roca. Su hermano no sintió envidia, ni celos. Era incapaz de percibir lo que se fraguaba a sus espaldas. Ese día, el padre los había convocado a ambos, a una reunión en su despacho.
Al entrar, su hermana ya estaba allí, de pie junto a la ventana, con la espalda recta y los brazos cruzados. Ni siquiera lo miró. Su padre, sentado en un sillón de cuero negro, parecía más viejo que de costumbre. El contraste entre la fría belleza de ella, y el rostro pálido del padre, le daban a la escena un aire ceremonioso, casi ritual. El rostro del anciano, bañado por la luz de la mañana, parecía más afilado, más implacable, como una daga que sigue cortando aun cuando el tiempo haya mellado su filo.
-¿Sabes lo que has hecho?- le dijo el padre, ni bien entró a la oficina, con tono desafiante, pero sin levantar la voz.
Él no entendió a qué se refería. Miró a su hermana. Ella bajó la vista por un instante, luego de auscultar con mirada de lince a su presa, como si lo evaluara desde un lugar que él nunca podría entender.
-Saliste anoche -continuó -. Dejaste el auto abandonado y volviste a las seis de la mañana, borracho. ¿Crees que no lo noté? Recibí una llamada de la policía esta mañana. ¿Te olvidas que el auto está a mi nombre?.
Él quiso excusarse, pero el silencio del despacho lo tragó. Su hermana hizo un gesto sutil con los labios, como una risa sarcástica.
-No sirve de nada preguntarle, Papá -dijo ella, finalmente-. No sabe explicar lo que hace.
Él sintió un temblor en las piernas. Siempre había temido a su padre, pero temer a los dos a la vez, juntos en esa habitación, era distinto. Su padre lo miró con dureza.
-Eres un problema -dijo-. Y un problema que no sabe hablar es un estorbo.-
El viejo se levantó y salió de la oficina. La habitación quedó en silencio.
Su hermana giró la cabeza hacia él, y lo miró de frente. Sus ojos parecían dos témpanos de hielo.
-Al final, terminamos siendo lo que más odiamos – le dijo. Y se fue.
Aquella frase le atravesó el pecho como un puñal frío. No supo por qué, pero sintió que algo dentro de él dejaba de resistirse. Algo se rendía, como la cuerda que finalmente se rompe, pero que al romperse, libera otra fuerza, aún más devastadora.
Esa noche no pudo dormir. Como tantas otras noches, se levantó de la cama, se puso la ropa y salió con el auto. Manejó durante una hora, tal vez más. Perdido en la autopista vacía, se dejó llevar por la velocidad, por el deseo de liberarse, de algún modo, de su torpeza y letargo. En un camino alternativo se detuvo, y reclinando el asiento, se quedó profundamente dormido.
De pronto, se vio en medio de una oscuridad tenue, y logró ver, entre la bruma, una suerte de bosque o arboleda cercana. Camino hacia allí. Sus pasos parecían alargarse, como si no avanzara, atrapado en esa densidad onírica de la espesura. Se vio imbuido en un lugar indeterminado, un espacio abierto, casi infinito. En esa inmensidad, percibió que algo lo acechaba. Miro hacia todos lados, pero la entidad se movía más rápido que su vista. Despertó con el ruido del tráfico al amanecer. Entonces regresó.
Los días se sucedieron con una calma exasperante. No pasaba nada, y poco a poco esa aparente quietud comenzó a desafiarlo. Tuvo el mismo sueño varias veces, la sensación de acecho, de espacio infinito, y luego nada, y luego despertar, a una realidad insulsa, que había perdido todo propósito.
Una mañana, con el eco de esos sueños en el cuerpo, su padre lo llamó nuevamente al despacho. Lo hizo esperar afuera, en el hall. Desde allí, vio a su hermana y a su padre, hablando acaloradamente. No podía escuchar la conversación, pero esta vez sí la estaba imaginando. En medio de risas y gestos de aprobación, la hermana le dio un beso en la frente al padre y salió de la oficina, de nuevo sin mirarlo. Él estaba rígido, como escarchado por dentro. Su padre lo hizo sentarse, como si fuera un empleado que va a ser reprendido pero que no sabe bien porqué.
-He revisado tus informes -dijo sin preámbulo-. Son un desastre.
Pasó una página sin mirarlo.
-Eres débil. Un inútil. No sé cómo esperas manejar este negocio.
Él sintió como se le cerraba la garganta al intentar hablar.
-Yo… hago lo posible -balbuceó.
Su padre levantó la vista, incrédulo.
-Tu “posible” no alcanza. ¿Qué clase de hombre eres?
La vergüenza lo asfixiaba. Su padre continuó:
-No quiero verte más por la oficina. Ya hablé con tu hermana. Ella tomará la gerencia. -Se inclinó hacia adelante-. Y deberías agradecer que todavía no te he echado de la casa.
Él quiso decir algo, defenderse, hablar por una vez en su vida. Pero no le salió nada.
-Puedes irte -dijo su padre.
Salió con las piernas temblando. Y en esa corriente que ascendía desde el fondo de su cuerpo, apareció algo más. Un animal que respiraba.
A partir de entonces, comenzó a frecuentar bares y clubes nocturnos. Una energía imparable se había apoderado de ese cuerpo insatisfecho, quizás en desuso, y ahora sentía que la sangre le corría con furia por las venas. El corazón palpitaba a un ritmo frenético. Comenzó a consumir pastillas. Nunca había probado las drogas, pero era como si toda su vida hubiese sido adicto a todo. Casi sentía que las drogas y el alcohol no le hacían efecto, porque, al fin, se sentía él mismo. Él, y no el otro: el niño acobardado tras las faldas de su madre, temeroso del castigo de su padre. Ahora era dueño del mundo y de su destino.
Una noche, salió de madrugada, con los ojos enrojecidos por la flama oscura del insomnio. Condujo sin saber muy bien adónde se dirigía, hasta que, antes del amanecer, en medio de un camino boscoso, sacó una pistola que tenía guardada en la guantera. Salió del auto como endemoniado y caminó unos metros entre la espesa hierba. Entonces comenzó a disparar.
Disparó al vacío, a la oscuridad del bosque. Disparos a la nada, o hacia su sombra, quién sabe. Pero eso le gustó: le pareció divertido. Al volver a casa cayó en un sueño profundo. En el sueño era de nuevo un niño, el mismo niño torpe y desangelado. Pero, a diferencia de sus borrosos recuerdos, estaba rodeado de otros niños, con los que jugaba a algo que lo hacía sentir feliz. Al despertar, sintió calma, como si hubiera enterrado algo que no sabía dónde esconder. Comprendió que siempre había actuado de acuerdo con lo que le dictaban las reglas y que ahora eso ya no tenía sentido. Entonces comprendió que el monstruo que llevaba dentro de sí no solo existía, sino que estaba despertando.
Una tarde, el silencio en la casa parecía aún más espeso que de costumbre. El aire pesaba, acaso por el humo de los habanos de su padre o algo más, que se arrastraba desde la oscuridad, disparando hacia el vacío, como si el bosque hubiera entrado en él y lo hubiera descascarado como un árbol viejo. Su padre estaba en el despacho, como de costumbre, de pie junto al ventanal. Su hermana también estaba allí. Recordó que su madre, poco antes del accidente, le había confesado con voz trémula la existencia de su hermana. Era la misma voz quebrada que usaba cuando hablaba de su marido. “Es hija de alguien que no existe”, le había dicho. Ahora estaban ahí, todos. Ella, alta, con los mismos ojos felinos que él, pero más oscuros, como dos piedras de obsidiana.
-El negocio se cae -dijo ella, sin saludar siquiera.
El no se movió.
-No. Solo está cambiando. Respondió él, con una seguridad que los tomó a ambos desprevenidos.
-Cambiar no es lo mismo que perder -contestó ella, con una sonrisa apenas dibujada.
Él soltó una risa seca, de esas que suenan como una puerta oxidada.
-Vienes a decirme cómo manejar lo que nunca fue tuyo.
Ella apoyó las manos sobre el escritorio.
-Yo no vine a pedir nada. Esto también es mío.
-Tu sabes como son las leyes en este país. Cuando el viejo se muera – dijo sin mirar a su padre, aterido ante la inesperada arremetida de su hijo- A mí me corresponde todo, y tú no vas a obtener un céntimo.
Hubo un silencio largo, insoportable. Él padre, extrañamente se encogió ante el silencio. Quiso hablar, decir algo, pero no pudo pronunciar palabra. Veía el rostro de su hijo -la mandíbula tensa, el gesto de desprecio- y no supo cómo responder. Entonces, se dio la vuelta, y salió del despacho, derrotado, sin levantar la mirada.
La hermana se quedó quieta, mirando el humo del cigarro en el cenicero. Luego giró hacia él.
-Me asustas -le dijo.
– No te preocupes. A todos nos pasa.- respondió secamente. – Tú lo dijiste; terminamos siendo lo que más odiamos.
Ella lo vio casi con el mismo pavor que el padre, y sin decir una palabra, se marchó.
Se quedó solo. El despacho olía a tabaco, a perfume y a algo que no podía nombrar, quizás el miedo disipado en el aire. Se quedó ahí, inmóvil, mirando el cenicero. Por un momento pensó que el humo se movía solo, que formaba un rostro que lo observaba. Entonces lo supo, sin saber por qué: el monstruo había abierto los ojos.
Dos semanas más tarde, su padre moriría repentinamente, de un infarto cardiovascular. Ni él mismo lo había previsto. No tuvo tiempo de arreglar el testamento, y el legítimo heredero, según las leyes, dejaba a su hermana fuera de la sucesión. Por supuesto que él nunca fue una persona vengativa, y mucho menos rencorosa. Pero no iba a retroceder, en su afán de librarse de las cadenas del pasado.
La casa había quedado en silencio después del funeral. Los empleados se habían retirado, como si la muerte del padre hubiera disuelto también la disciplina que sostenía el espacio. Las lámparas del pasillo estaban encendidas, pero la luz parecía inútil, como si no lograra empujar las penumbras fuera del despacho. Él estaba de pie, junto al ventanal, en la misma posición de su padre, mirando el jardín ennegrecido por el invierno.
La puerta se abrió sin que él se diera vuelta.
-Sabía que estabas aquí- dijo ella.
Entró con paso lento. Vestía aún el abrigo negro del funeral.
-Supongo que ahora todo esto es tuyo.
Él no respondió. Apenas parpadeaba. Los ojos fijos en la profundidad del jardín.
La hermana caminó hasta el escritorio y apoyó los dedos en la madera, con una delicadeza casi irónica.
-Padre habría odiado esto -dijo.
-¿Qué cosa?
– No tener el control hasta el final.
El hombre soltó una risa baja.
-Padre odiaba muchas cosas.
Ella lo miró con atención. No era una mirada hostil. Era algo distinto. Más concentrado.
-Has cambiado -dijo finalmente.
Él giró la cabeza.
-Todos cambiamos.
-No así- respondió ella.- Antes parecías… apagado. Como si algo dentro de ti estuviera dormido.
Él sostuvo la mirada, sin emoción.
-¿Y ahora?
Ella tardó unos segundos en responder.
– Ahora pareces despierto.
El aire en la habitación se volvió más denso.
– No te preocupes -dijo él-. A todos nos pasa.
La hermana negó lentamente con la cabeza.
-No. A todos no.
Sus ojos descendieron hacia las manos de él. Había algo extraño en su quietud. Una calma que parecía acecharla.
-Padre creía que yo era como él -dijo ella-. Pero estaba equivocado. Yo solo aprendí a parecerme.
Él la observó con una sonrisa apenas visible.
-¿Y yo?
Ella lo miró durante un largo instante.
-Tú no aprendiste nada. Tú siempre fuiste el mismo.
La frase quedó suspendida en el silencio. Ella dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.
-Ten cuidado con ese bosque-
Él se tensó apenas.
-¿Cómo sabes…?
La hermana no respondió. Solo dijo; “algunas cosas solo se saben.” Y se marchó.
Afuera, el jardín se había quedado oscuro. Por un momento, creyó ver algo moviéndose entre los árboles, pero cuando entrecerró los ojos ya no había nada.
Continuó saliendo por las noches, o de madrugada, a veces sin haber dormido, a la profundidad del bosque, a disparar a los árboles. Los disparos al principio le producían una especie de euforia infantil. El eco rebotaba entre los troncos como si algo respondiera desde la profundidad del bosque. Después del tercer o cuarto disparo el silencio volvía a cerrarse sobre el lugar, espeso, casi orgánico. Al principio, llegaba al mismo lugar solo por instinto, pero con el tiempo comenzó a reconocer al bosque como algo más familiar. Era extraño. Reconocía ciertos detalles que al principio eran irrelevantes: una curva del sendero donde el viento parecía detenerse, un grupo de pinos inclinados hacia el este, un claro donde la nieve permanecía intacta, incluso después de las tormentas. Cada vez que regresaba allí, tenía la sensación de que el lugar le recordaba sus sueños. La misma extensión abierta. La misma sensación de ser observado. Con el tiempo, comprendió algo que antes no había visto con claridad: en el sueño no lo perseguían. Lo esperaban.
Una noche, la luna iluminaba la nieve con un resplandor azulado y profundo; podía verse entre las ramas con claridad hasta el fondo del paisaje. Caminó hacia un claro y disparó a los troncos, cuando de pronto, una sombra emergió desde el fondo azulado y blanquecino. Parecía un gato, pero un gato enorme. Cuando lo tuvo a cierta distancia, pudo contemplar el cuerpo majestuoso de la bestia: era un tigre albino, casi un fantasma, con la mirada fija en su cuerpo. La mirada de un cazador que ha encontrado a su presa.
En lugar de empuñar el arma en señal de intimidación, se quedó perplejo ante el imponente animal.
El animal avanzó desde la penumbra del bosque como si hubiera estado allí desde siempre. No hizo ruido. Solo cuando salió al claro, la luz de la luna reveló el cuerpo enorme, la musculatura silenciosa bajo ese pelaje blanco veteado de rayas negras. Entonces avanzó unos pasos, lento, sereno, como si cada movimiento respondiera a una coreografía secreta. El hombre, inmóvil, sintió que el aire se congelaba en su garganta. El brillo lunar se reflejaba en el pelaje blanco, y por un instante creyó ver en esos ojos su propio reflejo, multiplicado y deformado, como si el animal fuera el espejo de sí mismo, pero en otro plano de la realidad.
El tigre se detuvo frente a él. Bajó el arma. No sabía si era por miedo o por una súbita certeza: aquel ser no venía a matarlo, sino a reclamar lo que le pertenecía.
Entonces, el animal se abalanzó. No hubo gritos ni disparos. Solo el sonido de la nieve cediendo bajo el peso de ambos cuerpos, y luego un silencio espeso, casi dulce.
Cuando amaneció, el coche seguía en la orilla del camino, con la puerta abierta y las huellas borradas por la escarcha. Algunos leñadores, al pasar por el bosque, juraron haber visto, entre la niebla, la silueta de un tigre blanco que caminaba erguido, con ojos humanos y una sonrisa apenas visible, bajo la delgada luz del invierno.