Saltar al contenido

TR1ZT4N

las causas de la tristeza

La caravana

Publicada el 2026-05-11 - 2026-05-11 por TRZTN

-Como no cerremos las ventanas, se nos llenará la casa de polvo-  le dijo a Lucero su esposa, que aún no acababa de cerrar la maleta. 

-Dale mujer, ya no hay tiempo, vestíte y vámonos.-

Detrás de un gran portón amarillo, los rayos del sol penetraban en el viejo garage,  iluminando el fondo del patio. Lucero había cerrado las persianas del comedor, y ya no se veían sino delgados filones de luz, dibujando las trayectorias de polvo suspendido en la penumbra. La bodega de herramientas, al fondo de la casa, permanecía indiferente a ese oscuro mediodía. Cuando los hijos aún vivían con ellos, se lo pasaban corriendo entre los estantes colmados de tuercas y alicates forrados en mangos plásticos de colores transparentes, de cuchillas carniceras y candados y llaves de todas las medidas. Ahora, aquellos objetos no tenían importancia, ya nadie compraría ese tipo de cosas. Con la última caravana al oeste, apenas si quedaban comercios en la ciudad. Lucero hubiera podido mantener su clientela aún cuándo no tuviera ya proveedores por un buen tiempo; tenía un arsenal de artículos para vender por años, y calculando el poco tiempo que les quedaba, hubieran sobrevivido dignamente. Pero era tarde también para ellos. De hecho, eran casi los últimos en marchar. 

-No hace falta más nada ¿Hasta dónde crees que llegaremos con el coche?- le preguntó Elena, su esposa, mientras llenaba una caja con varias botellas con agua.

-No lo sé, hasta San Luis, espero. Tenemos que salir de la provincia. Después, buscaremos la caravana. Estoy seguro que los vamos a encontrar, no te preocupes.-

Elena inclinó la cabeza. Sabía tan bien como él que no llegarían más allá del conurbano. Sin un guía resultaba muy peligroso evadir las avenidas bloqueadas, y lo más probable era que, por su edad, les confinaran a la zona más cercana al río, llevándolos a una muerte segura.

Ella quiso consolarlo, pero una nube cobriza comenzó a soplar desde el sudeste y era necesario alejarse de la ribera. 

A esa hora, Elena acostumbraba dormir la siesta junto a Lucero. Era el único momento que podían disfrutar juntos, cuando el barrio se quedaba en silencio hasta las cuatro o cinco de la tarde, dependiendo del calor. Una extraña sensación de humedad confundía las imágenes, desvanecidas en esa maldita nube de humo que los obligaba a dejar atrás la memoria de un pasado a punto de borrarse para siempre.

-¿Te acordás de los chicos? ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos todos?- 

El automóvil no quería arrancar. Lucero intentó cambiar una bujía mientras su mujer le daba al contacto con un destornillador. Una vez que el motor se encendió, la pareja subió al coche; algunas cosas que no cabían en el maletero quedaron abandonadas en el portón, como últimos testigos de su partida. Atrás quedó el barrio, las casas y esas calles vacías que ya no existirían más.

La ciudad parece un enjambre de ruinas y escombros. 

-Tengo miedo- dijo Elena, aferrándose al hombro de su compañero.

-Al menos estamos juntos, ¿no?.- replicó.

Elena sonrió aliviada. Su marido le brindaba contención. Pocas veces se sintió sola o desamparada, aún cuando Lucero hasta hace unos años trabajaba como viajante de comercio. Viajaba todas las semanas, por los pueblos de la provincia, siempre lejos, trabajando. La relación se basaba en el reencuentro, y era esa distancia la que los mantenía unidos. 

Cuando atravesaron el puente de Avellaneda, vieron la columna de humo que acechaba desde el río; una bocanada negra que entraba por el riachuelo cubriendo todo el bajo de Buenos Aires; La Boca, Barracas sur, y hasta algunos edificios de San Telmo. Apenas se veían las torres del nuevo puerto. La costa se había sumergido en una masa de lodo, asomando aún algunos bloques mutilados por la avalancha. Para sorpresa de ambos, los primeros bloqueos habían sido levantados. En algunos tramos, la ciudad parecía intacta. Lucero apretó el acelerador. Supo desconfiar del silencio. 

Una columna de humo y fuego a unos doscientos metros los obligó a detenerse. Elena quiso bajarse del auto, pero Lucero la detuvo; “no perdamos tiempo, si queremos salir, tenemos que pasar”… El automóvil, viejo y casi desahuciado, emitió un rugido como animal. Lucero aceleró y, como si fueran a estrellarse, atravesaron la cortina de humo. Más allá, la carretera. Más allá, la incertidumbre de lo que vendrá.

Lucero y su esposa viajaron durante toda la noche y todo el día siguiente. El agua escaseaba pero tenían bidones de combustible como para llegar hasta la cordillera de los Andes. Unos mil kilómetros de llana y absoluta soledad. Les dolía la cabeza por la pesadez del aire, y el calor era sofocante en la ruta. La carretera estaba vacía, y al atardecer, la única luz visible en el horizonte, era la luz del vehículo atravesando la carretera.

Unos días antes de que se cortara la señal de internet, habían escuchado que una gran caravana se dirigía a la costa del pacifico, en el lado chileno. Allí, habrían recalado algunos barcos de carga que supuestamente sobrevivieron al «evento». Decía el comunicado, que desde allí podrían llevarlos a una orilla segura, quizás en la descongelada Antártica.  Ese era el objetivo, llegar a la cordillera y unirse a la caravana. A pesar del verano y las altas temperaturas en Buenos Aires, en la cordillera habían metros de nieve producida por un efecto invernadero en las alturas, que la convertían en un murallón infranqueable. Por eso, se había organizado una gran caravana, en un masivo intento por atravesarla. Y hacia allá se dirigían, desde toda la pampa húmeda hasta las faldas de Los Andes, intentando acoplarse al convoy. Sin embargo, desde que salieron de la capital solo habían visto muerte y desolación.

Durante días estuvieron recorriendo tramos intermitentes, por la ruta nacional y otras rutas alternativas. Los bloqueos habían sido levantados, o sencillamente estaban desiertos. Lucero miraba los mismos paisajes que había recorrido tantas veces. Recordaba los pueblos que visitaba regularmente, los rostros de sus clientes; gente como él, laburantes, dueños de pequeños negocios, gente que había desaparecido, o que había huido, quien sabe. En una plaza de esos pueblos, en un atardecer polvoriento, se detuvieron a almorzar. Rescataron unas latas de comida y botellas de agua en un almacén cercano y Elena improvisó una suerte de ensalada con verduras en lata.

-Es lo más fresco que hemos comido en tres días- dijo con resignación.

-Gracias- respondió Lucero, aunque hubiese preferido decir algo más, pedirle algo de vino, o tal vez un poco más de pan. Ambos llevaban días comiendo chatarras en bolsa, o lo que fuera que iban rescatando en el camino. 

De pronto, en medio de la plaza vacía, apareció un venado o un pudú, o una capibara, o algo parecido a una animal de cuatro patas. Lucero tenía un revólver del 48 que había recibido en parte de pago de un cliente y estaba por ir a buscarlo a la guantera cuando Elena le dijo:

-Dejalo, tiene derecho a vivir, igual que nosotros. – Lucero la miró, tratando de contener la voz, porque quería decirle, mujer, es nuestra única oportunidad, ese animal nos puede dar comida para una semana, no te pongas así ahora… pero no dijo nada. Ella tenía razón.

Durante los siguientes tres días apenas bebieron agua y comieron unas latas de frijoles con salsa de tomate. El frío comenzaba a sentirse a los pies de las montañas, que se asomaban en el horizonte como gigantes blancos a punto de tragárselos. 

-La caravana- dijo Elena.

Muy a lo lejos, vieron un grupo considerable de coches y el humo de algunas fogatas. No podían reconocer a esa distancia si se trataba o no de la caravana. Serían unos quince o veinte kilómetros, entrando al valle precordillerano. Antes, deberían repostar agua y provisionarse lo más posible de víveres, antes de encarar el cruce de la cordillera.

Cuando llegaron, la caravana era una colosal fila de automóviles, casas rodantes, camiones y hasta algunos buses, que se extendían por la carretera en ambos lados por unos cinco o seis kilómetros. Como el convoy era muy extenso, al parecer se había convenido en dejar distancia de  unos 10 metros entre un vehículo y otro en caso que hubiera que bajar de la montaña, evitando un fatal atasco. Pero la caravana no se movía. Desde lejos veían la enorme columna de vehículos congelados, y a medida que se acercaban, descubrieron con horror que los vehículos estaban vacíos. No había nadie, tan solo los autos abandonados a su suerte. Elena se estremeció, pensando que tal vez debían abandonar la idea de cruzar. Arriba, en la montaña, una tormenta de nieve les impedía ver el camino. 

-Vamos a tener que seguir hasta donde podamos. Tené fe, lo vamos a lograr.- Lucero, con la voz que le temblaba de frío y de miedo, pensaba en su interior, que no sabía lo que les esperaba. Elena recordó unas vacaciones en Mar del Plata. El hijo mayor, que en esa época era el único,  estaba jugando en la orilla de la playa. En un momento de descuido, el niño se acercó peligrosamente al agua. Y de un momento a otro, estaba tratando de zafarse de las olas. Casi se ahoga, y tuvieron que llevarlo al hospital. En el trayecto, que para Elena duró siglos, pensaba que lo perdería. Gracias a los primeros auxilios, el niño se recuperó sin problemas. La misma angustia sentía ahora, al ver, a lo lejos, la desolada caravana. 

El valle se abría al pie de la cordillera como una herida blanca. La nieve, endurecida por el viento, brillaba bajo una luz inmóvil, y el aire era espeso, envuelto en un silencio mineral, donde los sonidos parecían extinguirse más allá de su permanente quietud. Lucero y Elena detuvieron el coche, a un costado de lo que alguna vez fue la ruta: una cinta gris que se perdía entre montículos de hielo y rocas.

Las huellas de la caravana -ruedas, pasos, rastros de animales- se borraban y reaparecían entre la escarcha. Cuando finalmente llegaron a la cabecera de aquellos restos, no supieron si alegrarse o temer. Había tiendas de lona desplomadas, carros volcados, ropas endurecidas por el hielo. Ningún movimiento, ningún fuego, ni una sola voz humana.

Lucero bajó del coche. Lo que vio al borde de la huella lo estremeció. Trató de decirle a Elena que no se bajara, pero ella lo siguió, abrazada a una manta. Había allí varios cuerpos esparcidos, cubiertos por la escarcha, algunos abrazados, otros medio ocultos bajo la nieve. No había llanto, ni tampoco dolor. Todo parecía suspendido en una eternidad muda. Caminaron unos pasos en silencio, sin saber qué decir, preguntándose, tal vez, cómo seguir adelante.

Entonces lo oyeron. Un sonido breve, casi imperceptible. Un gemido que se confundía con el viento. Elena giró sobre sí misma, buscando de dónde provenía. Detrás de un carro destrozado, cubierto por un trozo de lona azul, algo se movía. Lucero levantó el plástico con cuidado: allí, entre mantas húmedas y una caja de madera rota, un bebé, con la piel enrojecida por el frío, los labios morados y los ojos entreabiertos, que aún respiraba.

Elena lo tomó en brazos con una mezcla de miedo y ternura. El niño abrió la boca y dejó escapar un sonido ronco, salvaje, que más parecía un gruñido. Lucero lo miró con asombro.

-Parece un lobito del monte…-murmuró.

Lo envolvieron en la manta, y Elena lo acercó a su pecho, que temblaba.

-Está vivo, Lucero. Todavía respira.-

Lucero asintió. No tenía ya palabras. Solo una sensación extraña, entre alivio y condena.

Volvieron al coche. Afuera, la luz comenzaba a desvanecerse detrás de las montañas. Subieron el cuerpo diminuto al asiento trasero, lo acomodaron sobre un abrigo viejo y encendieron el motor. El sonido del vehículo rompió por un instante el silencio del valle.

-¿Y ahora?- preguntó Elena, mirando el horizonte, blanco e interminable.
Lucero miró hacia adelante. La cordillera se alzaba como un muro sin salida.
-Seguimos -dijo simplemente-. Hasta donde podamos.

La nieve comenzaba a cubrir el parabrisas, el motor se esforzaba, y el viento soplaba con una violencia seca, sin dirección. Al cabo de unos kilómetros, el coche se detuvo. El combustible se había acabado.

Lucero apagó el motor. Afuera, el viento ululaba como un animal lejano. Se miraron sin hablar. 

Entonces, casi al unísono, abrieron las puertas. Elena cubrió al bebé con todas las mantas, lo dejó dentro del coche, bien envuelto, junto a la botella de agua medio llena. Se inclinó y lo besó en la frente.

Lucero le tocó el hombro.
-Vamos dijo, sin mirar atrás.

Salieron del auto y comenzaron a caminar hacia la ladera nevada. Sus figuras se fueron volviendo pequeñas, desdibujadas entre la ventisca, hasta desaparecer.

Dentro del vehículo, el bebé siguió respirando, con un ritmo pausado, casi animal. Su aliento empañaba el vidrio frío, dibujando formas que el viento borraba enseguida.
La nieve empezó a cubrir el coche por completo, iba reduciéndolo poco a poco a un montículo blanco en medio del valle.

El silencio regresó.
Lucero se detuvo. La tormenta se había vuelto una pared de luz blanca, tan intensa que no se distinguía el cielo del suelo. Elena se acercó y le tomó la mano.

-Mirá -dijo ella-. No hay arriba ni abajo. Solo blanco.

Él asintió.
-Tal vez así es morir -respondió-. No hay fin, ni principio. Solo esto.

Cerraron los ojos. El viento los cubrió.
El coche, allá atrás, parecía reflejar esa misma quietud, como si el mundo entero hubiera quedado suspendido dentro de un espejo de nieve.Lucero miró una última vez hacia atrás, y por un momento creyó ver luz dentro del coche.
Después, siguieron caminando.

Navegación de entradas

El jardín de los errantes

Deja una respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Acceder
  • La caravana
  • El jardín de los errantes
  • Una palabra, cuatro letras
  • Mu Sei
  • El mago, los pájaros, el río
  • mayo 2026
  • marzo 2026
  • diciembre 2025
  • noviembre 2025
  • octubre 2025
  • septiembre 2025
  • agosto 2025
  • junio 2025
  • mayo 2025
  • agosto 2024
Funciona gracias a WordPress | Tema: micro, desarrollado por DevriX.