Ojalá esté lloviendo y tú hayas salido sin paraguas, y yo, parado en la misma esquina, siempre a la misma hora, esperándote, o tal vez fruto de una maravillosa casualidad, -que nada tiene de azarosa, pues yo sé a qué hora sales del trabajo y por cual puerta trasera- yo te diría, alargando el brazo hacia las nubes para callar los truenos un segundo; “si quieres te acompaño, no te vayas a mojar.”
Caminamos y no decimos nada. Ni siquiera te conozco, pero el silencio perdura, y no incomoda. Pasamos por un quiosco y te detienes para comprar algo, y luego retomamos la marcha y me miras con una sonrisa. “Yo sé quién eres”, me dices, y aunque es obvio, porque casi todos los días que voy al supermercado, te elijo a ti o tú me eliges a mí, atrayéndome hacia tus ojos que apenas levantan la vista, tus ojos fijos en el triángulo que forma la pantalla, mientras la franja de goma arrastra los productos hacia tu mano fina y entonces, cuando finalmente te entrego el dinero, ese asqueroso billete, siento tu piel y por eso sé que me conoces y yo a ti, y te digo gracias, sin querer parecer ansioso, mientras tú sostienes la mirada para sonreír.
Si me dices adiós en la esquina, significa que nunca volveremos a hablarnos, aun cuando todo haya ocurrido en este mágico encuentro; cubrirte con mi paraguas hasta la esquina, esta noche lluviosa, sin decirnos casi nada. Pero si, por el contrario, prefieres que sigamos caminando juntos, te acompañaré hasta tu casa, en algún suburbio alejado de los edificios, un barrio de casas bajas, calles de barro y niños jugando en las acequias. Y entonces te abrazaré en la puerta y te diré que te quise, aún sin conocerte, y entonces tú vendrás, acercando tu cuerpo mojado y tibio, y yo, te pediré un beso para que me dejes entrar.