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TR1ZT4N

las causas de la tristeza

Mahuizantu

Publicada el 2025-05-04 - 2026-06-21 por TRZTN

1 Yo no cuento historias, escribo conjuros. Voces que descienden de mi cabeza hasta la punta de mis pies. Por donde piso surgen nuevas palabras, expresiones del bosque enredadas como hiedras, susurrándome la dirección que debo seguir, o si debo detenerme.

Soy parte de este relato. En todas sus líneas fluye mi sangre, la raíz de todo aquello que crece hacia el fondo del agua, obedeciendo a esa gravedad que busca en la orilla, un espacio para colmarse.

Aunque nada me pertenece, yo tampoco pertenezco a ningún sitio.

Y me pregunto, ¿de dónde vienen mis imaginarios? Si han sido impuestos, a fuerza de doctrinas, o si los he imaginado yo realmente. Y de cuáles podría desprenderme para responder a tu pregunta; si soy lo que soy, ¿se lo debo al mundo o el mundo me lo debe a mí?.

He nacido producto del amor, pero he vivido rodeada de odio. Se apagaron todas las luces, viajo sola en esta nave oscura.

Las máquinas ejecutan la acción mecánica de un orden abstracto; seleccionar, deshacer, copiar, pegar. Los humanos somos cada vez más dependientes de estas acciones. Creo entender el sentido de las redes sociales; son un medio para anular al individuo y convertirlo en su espejo, atrapándolo en el círculo de su alimentar propia introspección, donde todo pasa por el filtro de una identidad aislada de su cuerpo real, conectada con otros islotes, igualmente anexados al vacío. Enmascarados en la proyección, el acto de verse es más bien el de la mirada autorreferencial, que exige cada vez más imágenes y cada vez menos imaginarios, reduciendo lo colectivo a una suma de likes, a una interfaz diseñada para perderse en un distorsionado reflejo.

Mucho tiempo estuve convencido de no pertenecer a ningún lugar. Pertenecer es, en cierto modo, subordinarse a ser parte del paisaje. Y yo quería ser el paisaje. Quise. Pero solo soy un nombre inscrito en una placa de identificación. Y yo no quiero ser “ese” número, no quiero ser “esa” cifra. En gran parte, mi vida ha sido una fuga permanente de lo que soy hacia lo que quiero ser, o por lo que quiero ser reconocido. Pero la verdadera fuga implica romper con las cargas que son ese lenguaje común, los tópicos de la vida cotidiana. Pero, mientras una partícula de mí siga atada a esas convenciones absurdas, será siempre el retorno la única y verdadera huida, el único escape, la gran desilusión. La verdadera historia está allá afuera.

Pero, ¿hacia dónde debo ir, si acabo de llegar? Y ¿cómo he de volver, si jamás me fui?

Viajo en dos partes. Una siempre se queda, la otra, por el contrario, está permanentemente huyendo, atrapada en esa interminable carrera para encontrar el último sendero, la última experiencia. Viajo con dos mochilas, la que dejé en algún lugar, y la que recoge todo en el camino. Un palo, una piedra, un perro amigo, una conversación. Como la última y la primera, cada una de esas experiencias ha llenado mi existencia. Lo pasajero no es desechable, menos cuando se convierte en un instante bello, un rito que enciende mi espíritu cada vez que la invoco, y ninguna fotografía podrá retratar ese momento. Es más, lo destroza cada vez que veo en él, ese reflejo egocéntrico, esa sonrisa esbozada mil veces para la cámara, un momento que no difiere de otros, porque todos son el mismo ensayo de la felicidad. El goce viene y desaparece tras ser recorrido, tras ser visto por enésima vez. Luego, pasas a la siguiente imagen, y otro tiempo irrumpe, otro recuerdo violento ya pasó. Entonces, nada puede detener al tiempo, porque todo se diluye en melancolía. Convertimos al presente en una simple y llana extrañeza. Como algo que nunca pasó.

Miro hacia atrás para comprender cómo he llegado hasta aquí. En medio del bosque cerrado, a plena luz de luna, la rabia y la tristeza se pierden como sombras chinescas, que chocan contra los troncos arrasados por algún viento cetrino, y siento mi cuerpo más liviano. La sangre corre aceleradamente y mis latidos se confunden con el croar de las ranas nocturnas. Camino sin zapatos. El suelo está húmedo y frío, y siento ese temblor que viene del volcán y que recorre las raíces hasta mi cuerpo, para susurrarme los secretos de esta noche, con la voz bajita, para no despertar a los pillanes y su sagrado fuego. 

2 Amanece. La bruma descorre el velo de la noche entre escarpadas rocas y árboles ancianos, que parecen colgar de las nubes. A lo lejos, se acerca una lluvia fina que va reverdeciendo los cerros. Las hojas brillan cuando el sol aparece entre los nubarrones, y no sabemos si es el momento de sacar una foto y posar ante el paisaje, o de simplemente ser parte del paisaje.

Entonces entramos en el bosque, o el bosque entra en nosotras.

Caminamos en medio de troncos enormes, blancos como los huesos de algún animal prehistórico, troncos removidos del silencio, aún erguidos, para contarnos relatos de aciagas tormentas, donde aquellos que deambulan por esos senderos, no deben ni siquiera ser nombrados. La oscuridad devuelve a la tierra sus misterios, y en ese andar por el bosque, percibí nuestra pequeñez ante la edad de ese tiempo. Si quisiera devolver mis pasos hacia atrás, debería cuidarme de no cubrir las mismas huellas, de no tapar el rastro que otros dejaron, aún a sabiendas que el tiempo y la lluvia las borrarán por nosotros.

No supe decir que no. Me amaron pero también colapsé, como el luchador que cae abatido en el último round. Tengo la certeza de haber perdido el tiempo, pero es absurdo cuestionarlo. No se recupera lo perdido, pero la nostalgia transmuta esas imágenes en nuevos artefactos de la memoria, inútiles en tanto recuerdos inconexos, pero que funcionan como un remedio para curar mi tristeza. Aún quedan rezagos de esos latidos, a pesar de todo.

Esta página podría estar de más, si no fuera porque la escribo en una noche de insomnio, perdida toda la esperanza de conciliar un buen sueño, temiendo caer en otra de esas pesadillas espesas, donde suelo ser testigo de cosas horribles, aunque nunca pierda la sensatez. Pienso que en algún lugar fui feliz, aunque la felicidad sea eso que no sabemos que existe hasta que se ha ido. La felicidad, ese dulce sueño antes de la próxima agonía.

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