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TR1ZT4N

las causas de la tristeza

Autor: TRZTN

El mago y el rio

Publicada el 2025-12-27 - 2025-12-27 por TRZTN

La ciudad termina en el borde difuso de un río, donde el agua se drena desde las calles, bajo túneles solamente conocidos por las ratas y los vagabundos, que encienden fogatas con bolsas de plástico, intentando ahuyentar el frio y el imparable grito de los automóviles, los trenes y la muchedumbre que transitan con tanto esmero a sus trabajos. Trabajos inútiles, ciertamente. 

La ciudad comienza precisamente en ese borde, en una franja simple y llana donde el agua no brilla, sino que se proyecta como una mancha oscura sobre la noche del río de la Plata. 

En la costanera, pequeños pájaros azules se acercan a las migajas que alguien ha arrojado sobre la vereda. Un pájaro diminuto se ha quedado solo frente a un buen trozo de pan, más que suficiente para su boca. Alguien, tal vez espere verlo arrebatar las migas del cemento y correr lo más deprisa hacia dónde sea; pues bien sabe el pájaro que no importa donde vaya, otros lo seguirán y tomarán su parte. 

El espectador de la escena es un individuo que pasa por ahí, como los pájaros. 

La luna, en tanto, coquetea con unas nubes curiosas que aterrizan en la ribera. El cuerpo de ese espectador, es llevado o empujado por el viento que lo arrastra hasta el fondo de la costanera. Pero los pájaros y el río permanecen, en una aparente quietud, en el fondo del cuadro.

– No puedo mas – confesó. 

Diciendo esto descendio unas escalinatas.

Su traje, sus zapatos y hasta el peinado lucían con la luz los faroles de la avenida, mientras acercaba su cuerpo hacia el peldaño de mármol para encender un cigarrillo y fumar. Fuma y el humo no llega a desvanecerse mientras se replica que los turnos son muy largos, que no ha dormido bien, o sí, pero ya ni se acuerda, y el dinero ya no le alcanza para nada. Tiene la sensación de estar despierto incluso cuando está soñando. 

-No te hagas problema- dijo la voz -cuando llegue el momento nos vamos a la mierda. 

Tras un soplo de aire, el río comienza a escupir un vaho pegajoso. Es la niebla que proviene de las fábricas, y se impregna en la piel y en el pecho de los obreros, y en la frente de las mujeres, que en el portal de sus casas despiden de sus semidesnudos hijos, agotadas antes que el día comience a apalearlas. En ese tufo caliente, el hombre reitera lo dicho.

-Ahora es el momento, no pienso esperar un día más.-

Los pájaros y la noche se habían reunido en torno a esas sombras, como si lo escucharan. Dejarían la ciudad al amanecer. Dejarían por fin esa vida miserable, no sin antes dar una señal de que existieron en esta ciudad de escombros y muerte. Los pájaros se quedaron mudos. ¿Qué pensarían ellxs de nosotrxs? ¿Qué sentimientos tendrían hacia los humanos, además de ser una amenaza permanente? Entonces, hundido en el silencio absoluto, solo pudo pensar en la acción, en revertir ese mutismo en un canto magnífico, pleno de voces y de cuerpos y de tonos, compuesto por todos los vagidos y todos los azares posibles.

Trabajaba en el casino de la costanera. Miles de personas entraban por esas puertas para alimentar sus ilusiones con el azar. Ilusión, más bien, porque el azar es un truco que siempre se combina con algo nuevo, produciendo un efecto único; la incertidumbre de otro azaroso encuentro. Y el juego no es más un pretexto elaborado para engañar a la suerte, o a la ilusión de haberla tenido alguna vez.  

Él conocía a sus clientes, conocía sus gestos, sus actitudes ansiosas e histéricas. Manejaba las cartas con destreza. Le decían El Mago. ¿La magia? La magia estaba en él de diferentes maneras. Sabía escuchar a los ludópatas, adictos a los discursos megalómanos y a las historias de éxito, aunque bien supieran lo miserables que sus vidas habían sido alrededor del juego. Hacía bien su trabajo y en el casino lo respetaban. Aunque allí, donde el dinero produce ataduras irreconciliables, nada pueda ser de verdad.

El Mago frecuentaba sitios clandestinos donde se reunía con otras personas a discutir, a conspirar, a imaginar el próximo movimiento entre las sombras, alimentando el espíritu sedicioso del Kaos. Tenía una herida en el ojo izquierdo cubierta por un parche, aunque una vez, vi detrás de ese hueco, vi como me miraba desde el vacío, y le pregunté que le había pasado. “Un  accidente lamentable”, me contestó. Yo sabía que no había sido un accidente. Sucedió un par de años atrás. Había salido tarde del casino. Unos skinhead neonazis lo estaban esperando en la parada del autobús, y le dieron una paliza tan brutal que le reventaron el ojo con una cadena de bicicleta. Ahora usa un parche de pirata y sabe que tarde o temprano lo echaran del trabajo, por su aspecto y porque poco a poco ha empezado a perder destreza en las manos, su agilidad y equilibrio disminuyeron desde que perdió parte de la visión.

No escuches sus mentiras -dijo la voz- te arrastrarán hasta su nido y te comerán la boca. 

El fumaba y dejaba salir el humo lentamente por las narices, ese humo denso de quién respira con fuerza, como queriendo exhalar el mundo. El fuego y el humo y los pájaros envolvían esa noche húmeda y pegajosa.

-No quiero seguir así- sentenció. – Quiero cruzar este maldito río, abrazar al viento de la ribera, y que me lleve lejos hasta que la ciudad desaparezca de mi vista.- 

A las seis de la mañana, se oyó el estruendo. Los camiones repartidores del periódico, los taxistas somnolientos, los bohemios atrapados en su frenesí, todo el amanecer difuso y denso de esa madrugada se corrompió en una esquina del centro de la ciudad. Una bomba había sido colocada en la puerta de una sucursal bancaria. Algunos transeúntes se agolparon detrás de la barrera policial para presenciar horrorizados la escena de un cuerpo. Un cuerpo destrozado a unos metros de la vitrina, donde alguien había escrito algo que el impacto de la explosión había borrado. Y el cuerpo, o la sangre de ese cuerpo, derramada en toda la vereda, reflejaba el furioso sol del alba, como restallando en las gotas de sangre fresca estampadas en el muro.

El río, indiferente a ese atronador sonido, siguió drenando las aguas sucias de la ciudad hacia su vientre oscuro. La niebla de las fábricas, ahora teñida de un jirón de humo rojizo, se enroscó en los faroles como una serpiente perezosa. Y los pájaros azules, espantados por el trueno de los cristales, habían volado hacia los juncos de la ribera. Pero uno, el más pequeño, regresó.

Se posó en la baranda de mármol, junto a la orilla de la costanera, justo donde unas horas antes el desconocido había arrojado el trozo de pan. El pájaro observó con su ojo redondo y negro, un punto de quietud en el mundo que acababa de romperse. No picoteó las migajas esta vez. Solo estuvo allí, como un centinela minúsculo, mirando hacia donde la oscura mancha del agua se fundía con la mancha oscura del cielo.

Más allá de la barrera policial, entre el rumor confuso de sirenas y gritos, un zapato de cuero, idéntico a los que lucían con la luz de los faroles, yacía en el cordón de la vereda. La suela, casi nueva, apuntaba hacia el río. No hacia el banco destrozado, ni hacia la ciudad que comenzaba a despertar con su imparable grito de automóviles y muchedumbre. Apuntaba, con una determinación póstuma e inquietante, hacia la franja opaca del agua, que apenas reflejaba el mundo.

Tal vez el Mago, en un último acto de ilusión, había logrado por fin escuchar el canto de los pájaros. No ese magnífico coro con el que soñaba, sino otro más antiguo y profundo: el silbido del viento sobre el barro, el chapoteo de las ratas en los túneles, el aleteo seco de ese pájaro que había decidido no llevarse el trozo de pan. 

El río lo recibió todo. La sangre, el humo, el eco de la explosión, los discursos megalómanos y la herida del ojo arrancado en ese fondo oscuro y silencioso. Lo recibió sin prisa, como había recibido las migajas, las bolsas de plástico y la niebla pegajosa de la ciudad, que volvería, en sus bordes, a comenzar otro turno de trabajos inútiles, otro dia de rutinas sin sentido, mientras el agua, con su flujo lento y paciente, continua arrastrando la única señal que alguien puede dejar en este mundo decadente: la evidencia, diluida, de haber intentado, furiosa y torpemente, de incendiar el horizonte.

Ese lejano resplandor

Publicada el 2025-11-21 - 2025-12-19 por TRZTN

Hay algo oculto detrás de lo aparente, una verdad que insiste en no revelarse, aunque luche por recuperar su estatus de cosa viva, más allá de su mera existencia en las sombras. La realidad siempre estuvo aquí, agazapada en los pliegues de la rutina, mientras nosotros la dejamos pasar, como quien observa ese tren que no para en ninguna estación.

En ese universo de lenguajes invisibles, emerge la silueta de un objeto que desaparece cada vez que nos acercamos a él, como la imagen de quién huye de sí mismo como de su vago reflejo, convirtiendo a aquello que lo persigue en su perseguidor. De eso se trata el camuflaje, de existir en la piel de otro cuerpo, plenamente consciente de su forma de huésped, alojado en las fibras más estrechas, bajo la forma de espíritus atávicos en un mundo superfluo, demasiado sensibles para esta sociedad psicópata y carnívora.

Existen pasadizos que atraviesan portales que conducen a salidas. Eso es el laberinto. En él, soy consumido como un trozo de carbón a fuego lento. Cada día nace una nueva expectativa por ver la luz. Y sin embargo, cuánto más atravesamos esos umbrales, mayor es el desconsuelo. Y quién será capaz de dar una respuesta entre tantos falsos profetas holísticos, payasos disfrazados de sabios, tecnócratas que fijan los márgenes del mundo con ideas como el patriotismo xenófobo y obediencia a la bandera del consumo. Quién podrá descifrar los hilos de esta trama y cortar al fin los nudos, para devorarnos en un acto de canibalismo social y revolucionario. Ese pasadizo existe en la perversión de lo visible, que actúa en el terreno de lo imperceptible, como el tacto que evoca a la memoria de la piel cuando se toca a sí misma. Oscuro tránsito por las orillas de lo desconocido, porque lo que se expande es el miedo a la luz radiante que nos quema. El éxtasis quema. Todo lo demás es un pasatiempo. Y como el tiempo lo deteriora todo, ese placer termina por volverse rechazo absoluto, desconexión de los cuerpos desnudos ante el infinito ¿y para qué? para devolvernos al ser, convertido en individuo, reducido y separado de todo lo demás.

Lo incognoscible es aquello que nos sostiene. A pesar de ello, justificamos el mundo con dispositivos morales, reglamentos y técnicas que hacen girar esta macabra rueda del progreso. Persistimos en la falacia de matar el tiempo cuando en realidad es el tiempo el que nos mata. Claudicamos a cambio de propinas y aplausos. Al final, diremos que no pudimos hacer nada más. Nada, a cambio de salvar nuestro miserable pellejo. Y siempre se puede más. No hay límite en las posibilidades cuando el futuro es infinito. Incertidumbre y caos agitan el cielo y sus constelaciones. El objetivo del universo es la expansión, y en ello se va nuestra existencia. Pero no hay forma de imponer una lógica al crecimiento. Las raíces del árbol buscan entre la tierra su espacio y, aunque el mapa sea el mismo, cada raíz es una extensión de un cuerpo que no para de crecer.

Al fin se llega a la misma conclusión. Somos “ignorantes de la energia que nos habita”1, y avanzamos como sonámbulos dentro de una claridad tan feroz que, en lugar de guiarnos, nos devora los ojos con su lejano resplandor.

  1. Elicura Chihuailaf, poema «El círculo«.

Ramiro

Publicada el 2025-11-20 - 2025-11-20 por TRZTN

A Ramiro lo conocimos como se conocen los verdaderos amigos, por ventura o por magia. Porque vino a aparecer un día en la vereda, entumecido por el invierno, enroscado como una ensaimada delante del portón, mirándome con sus ojos entornados. Conjeturamos acerca de su origen, de si venía de la casa de algún vecinx, o si se había perdido en el bosque, o si literalmente había llegado de otra dimensión con un mensaje indescifrable hasta ese momento para nosotrxs.

Esa mañana, estaba del otro lado de la reja, mirándome con su cuerpo helado y vi que tenía una herida en los testículos. Le dejé un plato de comida, pensando que eso podría animarlo. Dos días después ya se había arrimado al sillón dentro la casa, y aunque no fue desde el primer momento aceptado por los demás habitantes del hogar, se fue ganando su merecido espacio como parte de la familia.

Creo que nos convertimos en buenos amigos. Era tan sensible, que cuando había una situación un poco tensa -y vaya que si las hubo- gemía como si le doliera el alma. Su mirada me convenció de que en otra vida nos habíamos conocido, o que al menos sabía perfectamente qué significaba ser como yo. Quiero decir, como un animal humano.

Nos acompañaba a todas partes, salvo por una excepción; jamás se subía a los autos. A las pocas semanas que llegó, una señora se ofreció para llevárselo a otro hogar, dado que ya éramos bastantes en la casa. Había llegado a nuestras vidas de forma provisoria para que se recuperara de sus heridas, y decidimos dárselo a una vecina del pueblo que se comprometió a cuidarlo. La señora vino en su auto y apenas Ramiro la vio, se fue a esconder debajo de la casa. Fue imposible sacarlo de ahí. A la semana siguiente volvió y él estaba en el sillón, así que lo abracé y lo subí al auto de la señora con una sensación que me rompía el alma, porque sentía que empezaba a quererlo como se quiere a un hermano, a un compañero de ruta. La señora se fue y dos horas más tarde regresó con Ramiro, que se bajó del auto corriendo, moviendo sus orejas con una innegable expresión de alegría, mientras la señora nos pedía disculpas, diciéndonos que había sido un error intentar llevárselo. Dijo que lloró todo el camino y que le había vomitado medio auto por dentro. Entonces supe que él tenía que quedarse con nosotros.

Anoche soñé contigo, Ramiro. Sé que los últimos días fueron tormentosos. Sé que alguien te hizo daño en la patita y sospecho que fue uno de los vecinos mala onda, por haberte comido una de sus gallinas. Anoche soñé contigo y en el sueño me dijeron que te habías ido. Por eso te mando este mensaje, para decirte que estoy bien, que te quiero mucho, y que te extraño. No se si volveremos a vernos, pero sé que conectamos y ni tú ni yo olvidaremos nunca esa profunda amistad. Donde quiera que estés, que la suerte te acompañe siempre, Comandante Ramiro, Compañero del Alma.

Mentiras inefables

Publicada el 2025-10-27 - 2025-11-20 por TRZTN

Imagino el relato, la trayectoria de los acontecimientos, como una serie de actos premonitorios: una suma de causas o el efecto de una mala combinación de historias. Historias que se alejan cada vez que las contamos, que se pierden en detalles aumentados por la ausencia, desdibujando el hecho que las invoca. El cine es ese dispositivo que nos hará eternamente parecer otra cosa. En suma, las imágenes: ese artefacto mágico y demoledor que construye memorias, proyecta reflejos fugaces, destellos sobre el agua en un mar de espejismos.

Imagino al personaje, una silueta que pronto adquiere voz propia y que esgrime argumentos con la certeza de que fueron pensados para él —o para ella—, pero que no encuentran eco en quien los escucha, porque parecen una pantomima de la vida real: un discurso demasiado perfecto, un diálogo demasiado creíble.

Imagino el escenario: un paisaje que vibra con la luz demorada del atardecer. El cielo se refleja en los edificios vidriosos y la luna comienza a elevarse sobre la cordillera. En primer plano, la terraza de un departamento caro, con muebles caros, con una decoración excesiva. El arte de contar aparece retratado en los objetos que recrean el mundo. Yo preferiría comenzar desde el vacío, impregnarme de la nada que emerge de la caótica existencia de los sueños, de donde provienen todas las historias.

Imagino mi cuerpo atrapado en un fotograma borroso, acaso el último plano de un film que no encuentra su desenlace en la continuidad. Y entonces no siento nada, no huelo, no transpiro, no ruego porque todo acabe de una vez o que permanezca allí para siempre. No creo en las historias que quieren parecerse a la vida de los otros, extraños mirados como en un microscopio. No porque no sea incapaz de quererlas, sino porque, en esencia, lo que pretenden decir encubre, tras su insoportable pulcritud, los paradigmas de la civilidad burguesa y su falso altruismo.

Imagino un cine del futuro, un cine de opciones múltiples que reavive el pasado con todas sus memorias: las perdidas, las olvidadas, las que nos obligaron a olvidar. La vida con sus contradicciones, sus pequeñas bajezas y esos grandes actos anónimos que nos rescatan del verdadero infierno: el círculo macabro de la sociedad de clases.

Imagino un cine que no busca competir con la realidad. Un cine que no existe para una determinada audiencia, porque eso pertenece a las artes “mayores”, a las pasarelas y las alfombras rojas. Prefiero, en cambio, la experiencia colectiva de la creación: ese instante en que la imagen se vuelve gesto compartido. Sabemos, de antemano, que esas imágenes solo producirán mentiras inefables, anhelos devenidos en retazos de un mundo imposible, exagerado, hiperbóreo: un territorio remoto donde las visiones se vuelven mercancía o recuerdo. Pero tal vez allí, en el límite que separa lo real de lo imaginario, el cine aún pueda soñar con el mundo, incluso cuando el mundo ya no quiera soñar con el cine.

Monstruos

Publicada el 2025-10-23 - 2025-12-23 por TRZTN

Él no lo sabe, pero dentro de sí lleva un monstruo. Detrás de esa sonrisa inocente y afable esconde un demonio que clama por salir en cualquier momento y romper la costura de su cuerpo torpe y desproporcionado. Desde niño tuvo las extremidades largas; en cierto sentido, su forma presagiaba la presencia de un ser oscuro, oculto entre la timidez y el desencanto de una vida solitaria.

Su padre, un hombre de negocios de carácter metálico, siempre le hizo sentir poca cosa. Y su madre, una judía con estudios en Yale y una gran capacidad para enseñar, pero débil de carácter, habría de señalarle el camino de la rectitud moral y las normas civilizadas de una familia burguesa. Ese no era el estilo de su padre, y él tampoco fue un modelo a seguir.

El hecho de que heredara el negocio familiar fue una desafortunada casualidad. Aunque se sabe que las casualidades son, en verdad, el efecto de algún mal movimiento, y para el caso, esta fue la causa de todos sus males. Su hermana —más bien, su media hermana—, hija de una mujer con quien su padre tuvo una aventura que nadie jamás conoció, era la legítima heredera del negocio. Ella era una copia fiel de su padre: ambiciosa, dura, de un filo que cortaba el aire con la mirada. Era ella quien debía tomar las riendas del imperio económico. Pero no fue así.

Lo cierto es que una noche salió de improviso a la calle, con los ojos enrojecidos por la flama oscura del insomnio. Cogió el auto y manejó sin saber muy bien hacia dónde iba, hasta que, antes del amanecer, en medio de un camino boscoso, sacó la pistola que tenía guardada en la guantera. Salió del coche como un endemoniado y caminó unos metros entre la hierba espesa. Entonces comenzó a disparar. Disparó al vacío, a la oscuridad del bosque. Disparos a la nada, o tal vez hacia sí mismo, quién sabe. Pero eso le gustó; le pareció divertido.

Al volver a casa cayó en un profundo sueño. En el sueño era de nuevo un niño: el mismo niño torpe y desangelado. Pero, a diferencia de sus recuerdos —aunque borrosos—, estaba rodeado de otros niños que jugaban algo entretenido. Al despertar sintió una calma profunda, como si hubiera enterrado algo que no sabía dónde esconder. Comprendió entonces que siempre había actuado según las reglas, y que eso ya no tenía sentido, porque se había liberado del peso moral de ser alguien más.

A partir de ese momento comenzó a beber y a frecuentar prostíbulos. Una energía imparable se había apoderado de su cuerpo insatisfecho —quizás en desuso—, y ahora sentía que la sangre le corría con violencia. El corazón palpitaba a un ritmo frenético. Comenzó a consumir cocaína. Nunca había probado las drogas, pero era como si toda su vida hubiese sido un adicto a todo. Casi sentía que no le hacían efecto, porque, por fin, se sentía él mismo. Él, y no el otro: el niño acobardado tras las faldas de su madre, temeroso del castigo de su padre. Ahora era dueño del mundo y de su destino.

Solía entonces salir de madrugada, a veces sin haber dormido, y disparar a los árboles. Una noche de invierno, la luna iluminaba la nieve con un resplandor azulado y profundo; podía verse entre las ramas el fondo del paisaje. Disparó a unos troncos, y de pronto una sombra emergió desde el fondo blanquecino. Parecía un gato, pero un gato enorme. Cuando lo tuvo a cierta distancia, pudo contemplar el cuerpo majestuoso del animal: un tigre albino, casi un fantasma, con la mirada fija en su cuerpo. La mirada de un cazador que ha encontrado a su presa.

En lugar de empuñar el arma en señal de intimidación, se quedó perplejo ante el imponente animal.

El tigre avanzó unos pasos, lento, sereno, como si cada movimiento respondiera a una coreografía secreta. El hombre, inmóvil, sintió que el aire se congelaba en su garganta. El brillo lunar se reflejaba en el pelaje blanco, y por un instante creyó ver en esos ojos su propio reflejo, multiplicado y deformado, como si el animal fuera el espejo que la vida le había negado.

El tigre se detuvo frente a él. El hombre bajó el arma. No sabía si era por miedo o por una súbita certeza: aquel ser no venía a matarlo, sino a reclamar lo que le pertenecía.

Entonces el animal se abalanzó. No hubo gritos ni disparos. Solo el sonido de la nieve cediendo bajo el peso de ambos cuerpos, y luego un silencio espeso, casi dulce.

Cuando amaneció, el coche seguía en la orilla del camino, con la puerta abierta y las huellas borradas por la escarcha. Nadie volvió a verlo. Pero algunos leñadores, al pasar por el bosque, juraron haber visto, entre la niebla, la silueta de un tigre blanco que caminaba erguido, con ojos humanos y una sonrisa apenas visible bajo la luz gris del invierno.

prólogo

Publicada el 2025-09-25 - 2025-10-07 por TRZTN

mirábamos el sol en la penumbra de los cristales, en una ciudad edificada sobre espejos que nos devuelven invisibles. ardíamos de rabia ante la impotente marea de idiotas que suben y bajan escaleras, en torres empinadas hacia un cielo gris, apretando botones en sus dispositivos, aferrándose a una pantalla que nos borra poco a poco.

todo lo que importa vive en este presente infinito, que te observa desde todos los ángulos posibles, pero crees ser tú la quién decide. mientras tanto, falsos profetas declaman las últimas tendencias, y yo te escribo sin mayúsculas, sin apelar al orden de la sintaxis, desoyendo a sus avatares, esas figuras que se proclaman gurús y que solo alimentan al miedo, un disfraz que se superpone a la vida, como tantas otras falacias.

mi página web se desintegra en una escala de píxeles oscuros y entonces vuelvo a existir en medio del bosque, protegido de las ondas electromagnéticas de los aparatos, adosadas al cuerpo como amuletos o como fantasías de un espectáculo porno. la nueva realidad es el fetiche de los mediocres, y a ella nos aferramos como a una simulación. desde allí inventamos los neo-mitos de la neo-cultura humana, mientras que nada ha sido creado aún, más bien todo es una copia burlesca de su original, en esta era donde copiar y pegar se simplifica en dos clics. y cliqueamos como si fuésemos a disparar, empuñando el mouse o el dedo o lo que fuera que nos impone la interfaz del tecno poder. un poder que radica en la incapacidad de la memoria colectiva, en la existencia del dispositivo como portador del mensaje y no en la escucha de los astros y sus millones de historias. y hoy todo es una escenografía, hasta la tierra misma que pisamos, no es más que una cúpula dentro de una gota de agua sobre el lomo de una tortuga.

La ciudad y los espíritus

Publicada el 2025-08-25 - 2025-10-17 por TRZTN

Una ciudad dentro de otra ciudad. La primera, abandonada y en ruinas. La segunda, repleta de gentes sin alma.

En medio de las calles vacías, gatxs y niñxs se pasean entre los escombros. Los fantasmas abundan en sus calles desiertas. Hacen chirriar las visagras, y dejan caer objetos desde los tejados, como señales de una fútil y efímera existencia. Algunos funcionarios de escasa jerarquía, realizan tareas absurdas. Vestidos de uniformes restallantes, toman notas en sus tablets o sacan fotografías al vacío, en un acto inútil, propio de las castas burocráticas.

En el camino se asoman algunos seres errantes . Algunos de ellos han ocupado los tejados y encienden fogatas que brillan como antorchas desde la cumbre de la colina. Aún queda en pie un templo al que acuden unos pocos fieles a rezar sus últimas plegarias, como si fuera el fin de este mundo o el principio de uno nuevo. Es preciso despedirse de los viejos dioses, enterrar los viejos dogmas y erigir bajo la llama del progreso la nueva religión del dinero. La tecnología es la llave para la inmortalidad. Ya no se predica en nombre de ningún dios, cada uno puede serlo.

En una pequeña habitación, abrazada por el moho y una mancha de cal y fuego, un pequeño cuerpo yace inerte en el piso. No es un cuerpo humano, no es un cuerpo animal, es solo un cuerpo, un organismo que ha sido desmembrado. La otra ciudad, la ciudad hiperpoblada, reniega de ese horror y ofrece relucientes destellos de un espectáculo macabro; hasta la muerte da risa en esta historia. Las pantallas de viejos televisores se llenan de rostros maquillados como vivos para no evidenciar su verdadera naturaleza; cadáveres y restos.

Es la nueva tendencia de un futuro precedido por el algoritmo global. Y en el remanente de esas ruinas se da paso a un nuevo complejo de agujeros y túneles, por donde la vida se desplaza sin más propósito que el de cumplir con el cuadro programático del sistema de gobierno. La ciudad se ha quedado sin almas, y a cambio, solo permanecen los espíritus del despecho.

Rutina

Publicada el 2025-08-20 - 2025-09-21 por TRZTN

Atando el nudo de su corbata, Antonio recuerda aquello que le dijo su compañera medio dormida al despertar. Mujer que amaba con total ceguera, como solo se puede amar en esta vida, una vida que a Antonio le parecía ser simple y llana hipocresía. 

No comprendió sus palabras sino hasta demasiado tarde esa mañana, mientras se vestía en el baño. Pensó que llegaría tarde al trabajo y el sueño se quedó atrapado en el pensamiento de ella, mientras ella lo soñaba, hasta permanecer unos segundos después de abrir los ojos entre murmullos y esfumarse como algo impreciso que no puede ser descifrado fácilmente. Si aquel sueño era importante, pensó, ella lo llamaría por teléfono. 

Aquella mañana se presentó nublada en la ciudad. El lunes todo se mueve rápido, concatenando acciones previas con las próximas actividades, todos sumidos entre la desesperanza y el tedio de trabajos cien por ciento mecánicos e inútiles. Cada semana se reproducía igual a la anterior, cada día era una previsión de la siguiente y todo se desarrollaba de manera más bien circular. La sociedad entera funcionaba como un reloj. Antonio se consideraba una pieza más del engranaje social, y si no fuera por ella, por ese amor incondicional que le tenía, hubiese desistido de continuar con esa rutina asfixiante. Ella era un motivo suficiente para transformar su gris existencia en radiante claridad. No veía las cosas negativamente, sino más bien se negaba a crear una mala imagen de sí mismo y de los que le rodeaban. Era del tipo de personas que aceptan las cosas tal como son. En el fondo creía que la gente hacía lo que hacía por amor. Si se mataban unos a otros era pura pasión.  

“Anoche soñé con pingüinos. Llegaron volando sobre los edificios. Miles de pingüinos de ojos rasgados y oscuros. Los vi descender por la calle, y quedarse ahí. Los vi como descansaban después de nadar por los aires, hinchados de alegría. Me vi en ese instante como si fuera uno de ellos. Volé como un pájaro sin alas sobre la ciudadela. Atardecía y una espectacular aureola de nubes de colores vibraba en la arena de una playa que el viento se encargaría poco a poco de borrar.”

Entonces sales a comprar unos artículos a la librería. Bajas por el ascensor. En el cuarto piso sube una mujer. En el tercero suben dos señoras de la limpieza y un oficinista senior. En el segundo finalmente no sube nadie. El silencio se corta con los pasos reverberantes del recibidor, mientras las señoras de la limpieza te miran compasivamente.

Deambulas el filo de la vereda. Enciendes un cigarrillo y lo apagas enseguida. Pasas por la puerta de una librería y decides seguir andando. Más adelante encontrarás otra vitrina que también dejarás pasar. Caminas varias cuadras hasta que de pronto se hace tarde. Está oscureciendo. Estás en una esquina que desconoces. Desconcertado levantas el celular. “Hola, si, tuve un accidente. Me llevaron al hospital. Como que me golpeé en la cabeza. Tardaron haciéndome exámenes, al final me dijeron que no tenía nada, pero tengo que guardar reposo unos días. Debo estar hasta el miércoles en el hospital, cualquier cosa me llamas allá.” Cuelgas abruptamente. Ahora estás viendo que, de no volver en tres días, mejor será no volver nunca más. 

La primera noche Antonio durmió en el parque. Con los pesos que le quedaban, compró un paquete de cigarrillos y una botella de jugo, compró un encendedor y guardó las últimas monedas que le quedaban para hacer un llamado telefónico. Al día siguiente, su ropa parecía un poco gastada, roída por la calle y la noche. Al pensar en su mujer, en aquella frase que le taladraba el cerebro, solo supo evocar una imagen, un recuerdo que siempre estuvo oculto en su memoria por considerarlo desagradable. A diferencia de aquellas imágenes que suprimen la forma de lo representado, siendo ellas nada más que breves ilusiones en un tiempo que no tiene lugar, las suyas son más bien proyecciones que actúan como burdo soporte de la realidad, transformando la resignación en deseo, en una falsa imagen de sí mismo y de todo lo que le rodea. Entonces, se da cuenta que ella finalmente tenía razón. Siempre la tuvo, pensó. Soy menos de lo que creo y más de lo que seré, se dijo, como si fuera una misteriosa revelación. Siguió vagando por las calles, noctámbulo, casi ciego y sordo, hasta quedarse dormido entre las matas del parque.

Al tercer día, volvió a la oficina como mecánicamente, esta vez transformado en un demonio cuya cola se arrastra por los pasillos y deja un olor a mierda y a azufre impregnado en los sofás, en las sillas tapizadas de ese horrible color azul milico, ese incómodo azul que no se parece en nada al cielo que soñaba, al bosque que se olía en su cuerpo tras las noches entre los arbustos del parque. No tenía intenciones de herir a nadie, aunque su sola presencia resultara en una ausencia insoportable. Desenfundó un cuchillo que había robado en la cocina de un hotel, no sabe cómo había entrado allí pero el hecho es que su mano empuñaba el filo con total naturalidad. Se propuso asesinar al dueño o al gerente, aunque fuese en sí misma una empresa imposible, ya que los guardias lo detendrían antes de llegar al pasillo. Entonces comenzó a cortar los cables de red que conectan las computadoras con el servidor central, y de paso rajar esos inmundos muebles mientras recordaba vagamente a su compañera, aunque era esa frase maldita la que le hacía eco, como si fuese la clave de un acertijo para abrir un portal, por el cual escapar de toda esa vida de mierda que jamás pudo hacerlo feliz. Y allí estaba, tratando de sacarse de encima a los guardias y los empleados, que en un gesto de heroísmo intentaron detenerlo, no para ayudarlo, no para contener su ira, sino para defender su maldito puesto de trabajo, su miserable posición de clase que los mantenía siempre al margen de sus verdaderos deseos. Más de alguno sintió que esa espontánea rebeldía se apoderaba de su espíritu, pero se contuvo, mientras un grupo de paramédicos le sujetaban los brazos con una camisa de fuerza que poco a poco le cortaba la respiración. El nudo de la corbata aún le apretaba el pecho y sintió una asfixia en el corazón, como si fuera un condenado a la horca. Descompuesto, pero liberado de toda culpa, esgrimió un graznido de pájaro, o de un animal que se sabe camino al matadero. Después, un silencio culposo se apoderó de los pasillos para luego de un instante retomar el compás frenético de la rutina habitual.

Ausencia

Publicada el 2025-08-17 - 2025-10-17 por TRZTN

Todo se pierde con el dolor de la ausencia. Incluso la sensatez,  acosada por espíritus inquietos, que rodean las paredes de la casa, apretando interruptores, abriendo las llaves de paso, dejando correr el agua por las escaleras, como si allí fuera a parar lo irrecuperable; ese inmenso mar de grietas profundas donde residen la oscuridad y el olvido. 

Todo se pierde, incluso el aura del ausente, en medio una luz que cruje, ante los ojos cerrados del náufrago.

Aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes.

Publicada el 2025-06-01 - 2025-10-17 por TRZTN

escribes con mayúscula los nombres propios, los sustantivos, las viejas  deidades, tus ídolos de la ficción. pero qué pasa con aquellos nombres que no tienen estatus, que no ocupan las portadas de ningún medio, qué pasa con los nombres ajenos, con las últimas palabras de un desconocido a modo de epitafio, que pasa con las misivas de un amor ausente, cartas que no serán enviadas, cartas escritas a mano, con faltas de ortografía, para algunos un insulto a las buenas costumbres del lenguaje, pero palabras al fin, que tienen más sustancia que un don, o una doña, y que sin embargo permanecen retenidas en los labios, sin atreverse a pronunciar un te amo, un te extraño, por temor a la ignominia del rechazo. las fotografías de esta absurda linea del tiempo dicen que puedes ser feliz, pero dentro de la pantalla, con esa sonrisa ensayada mil veces frente al espejo del baño, exhibiendo el torso semidesnudo de un cuerpo desbordando una juventud que pronto desaparecerá, pero que persiste en esa toma furtiva pero sobre actuada, que ya no es una escena original, sino una réplica de millones de imágenes preparadas con la misma pretensión, con el mismo ánimo de perdurar. yo necesito decirte que si te hubieras quedado esa tarde en el auto, te hubiera dicho esas minúsculas pero trascendentes palabras, y tal vez yo no estaría aquí, tal vez hubiese muerto de amor por ti, y sin embargo vivo, otra vez, caminando hacia una itaca imaginaria, anhelando a una penélope imaginaria, que teje hilos desnudos, imaginarias prendas para un futuro que no vendrá, un espejismo, una trampa perfecta para espíritus atávicos, como yo, un fantasma que se arrastra hacia tu olvido. dejaré de escribir solemnemente, para pronunciar mi desacato a las reglas del neo-lenguaje. dejaré de imprimir los mismos gestos de hipocresía para escupir en el pavimento toda mi batería de improperios. tal vez así me desate del karma de ser otro, ese avatar de mí mismo, y tal vez puedas escuchar en la distancia, las bellas palabras que guardo para nuestro encuentro. y quizás pueda ahorrarme unos puntos y unas comas, para amarte con minúsculas y de un solo párrafo. mientras tanto ayuno mis textos para contraerme, para deshojarme en tus ramas, en tus canelos floridos, en tus honduras de patio de invierno, en tus sempiternas memorias. me lleno de aire los pulmones y entro en el agua como si fuera un niño a punto de ver la luz, escupido por la oscuridad de un paisaje que ya conocía desde antes, en sueños de otras y en sabanas de otros, en besos deslavados por la lluvia, por el rimel descorrido, como un derrame de sangre en el fondo blanco de la nieve, el fondo vacío que algún día acabará por llenarse. escribo de madrugada, sin dormir, sin conciliar descanso, exhausto de verme dentro de la misma historia, del mismo desenlace. este cuento me parece repetido. aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes. y cuando me encuentres en la papelera del olvido, algo más viejo e inservible, sabrás el verdadero significado de los días, si no lo has descubierto ya, en medio de tanta basura cósmica. y esta frase indeleble, reafirma que el caos del universo tiene una sola misión, la de expandirse, y que en esta nave viajamos juntxs, hasta el próximo reinicio.

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