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las causas de la tristeza

Autor: TRZTN

Rutina

Publicada el 2025-08-20 - 2025-09-21 por TRZTN

Atando el nudo de su corbata, Antonio recuerda aquello que le dijo su compañera medio dormida al despertar. Mujer que amaba con total ceguera, como solo se puede amar en esta vida, una vida que a Antonio le parecía ser simple y llana hipocresía. 

No comprendió sus palabras sino hasta demasiado tarde esa mañana, mientras se vestía en el baño. Pensó que llegaría tarde al trabajo y el sueño se quedó atrapado en el pensamiento de ella, mientras ella lo soñaba, hasta permanecer unos segundos después de abrir los ojos entre murmullos y esfumarse como algo impreciso que no puede ser descifrado fácilmente. Si aquel sueño era importante, pensó, ella lo llamaría por teléfono. 

Aquella mañana se presentó nublada en la ciudad. El lunes todo se mueve rápido, concatenando acciones previas con las próximas actividades, todos sumidos entre la desesperanza y el tedio de trabajos cien por ciento mecánicos e inútiles. Cada semana se reproducía igual a la anterior, cada día era una previsión de la siguiente y todo se desarrollaba de manera más bien circular. La sociedad entera funcionaba como un reloj. Antonio se consideraba una pieza más del engranaje social, y si no fuera por ella, por ese amor incondicional que le tenía, hubiese desistido de continuar con esa rutina asfixiante. Ella era un motivo suficiente para transformar su gris existencia en radiante claridad. No veía las cosas negativamente, sino más bien se negaba a crear una mala imagen de sí mismo y de los que le rodeaban. Era del tipo de personas que aceptan las cosas tal como son. En el fondo creía que la gente hacía lo que hacía por amor. Si se mataban unos a otros era pura pasión.  

“Anoche soñé con pingüinos. Llegaron volando sobre los edificios. Miles de pingüinos de ojos rasgados y oscuros. Los vi descender por la calle, y quedarse ahí. Los vi como descansaban después de nadar por los aires, hinchados de alegría. Me vi en ese instante como si fuera uno de ellos. Volé como un pájaro sin alas sobre la ciudadela. Atardecía y una espectacular aureola de nubes de colores vibraba en la arena de una playa que el viento se encargaría poco a poco de borrar.”

Entonces sales a comprar unos artículos a la librería. Bajas por el ascensor. En el cuarto piso sube una mujer. En el tercero suben dos señoras de la limpieza y un oficinista senior. En el segundo finalmente no sube nadie. El silencio se corta con los pasos reverberantes del recibidor, mientras las señoras de la limpieza te miran compasivamente.

Deambulas el filo de la vereda. Enciendes un cigarrillo y lo apagas enseguida. Pasas por la puerta de una librería y decides seguir andando. Más adelante encontrarás otra vitrina que también dejarás pasar. Caminas varias cuadras hasta que de pronto se hace tarde. Está oscureciendo. Estás en una esquina que desconoces. Desconcertado levantas el celular. “Hola, si, tuve un accidente. Me llevaron al hospital. Como que me golpeé en la cabeza. Tardaron haciéndome exámenes, al final me dijeron que no tenía nada, pero tengo que guardar reposo unos días. Debo estar hasta el miércoles en el hospital, cualquier cosa me llamas allá.” Cuelgas abruptamente. Ahora estás viendo que, de no volver en tres días, mejor será no volver nunca más. 

La primera noche Antonio durmió en el parque. Con los pesos que le quedaban, compró un paquete de cigarrillos y una botella de jugo, compró un encendedor y guardó las últimas monedas que le quedaban para hacer un llamado telefónico. Al día siguiente, su ropa parecía un poco gastada, roída por la calle y la noche. Al pensar en su mujer, en aquella frase que le taladraba el cerebro, solo supo evocar una imagen, un recuerdo que siempre estuvo oculto en su memoria por considerarlo desagradable. A diferencia de aquellas imágenes que suprimen la forma de lo representado, siendo ellas nada más que breves ilusiones en un tiempo que no tiene lugar, las suyas son más bien proyecciones que actúan como burdo soporte de la realidad, transformando la resignación en deseo, en una falsa imagen de sí mismo y de todo lo que le rodea. Entonces, se da cuenta que ella finalmente tenía razón. Siempre la tuvo, pensó. Soy menos de lo que creo y más de lo que seré, se dijo, como si fuera una misteriosa revelación. Siguió vagando por las calles, noctámbulo, casi ciego y sordo, hasta quedarse dormido entre las matas del parque.

Al tercer día, volvió a la oficina como mecánicamente, esta vez transformado en un demonio cuya cola se arrastra por los pasillos y deja un olor a mierda y a azufre impregnado en los sofás, en las sillas tapizadas de ese horrible color azul milico, ese incómodo azul que no se parece en nada al cielo que soñaba, al bosque que se olía en su cuerpo tras las noches entre los arbustos del parque. No tenía intenciones de herir a nadie, aunque su sola presencia resultara en una ausencia insoportable. Desenfundó un cuchillo que había robado en la cocina de un hotel, no sabe cómo había entrado allí pero el hecho es que su mano empuñaba el filo con total naturalidad. Se propuso asesinar al dueño o al gerente, aunque fuese en sí misma una empresa imposible, ya que los guardias lo detendrían antes de llegar al pasillo. Entonces comenzó a cortar los cables de red que conectan las computadoras con el servidor central, y de paso rajar esos inmundos muebles mientras recordaba vagamente a su compañera, aunque era esa frase maldita la que le hacía eco, como si fuese la clave de un acertijo para abrir un portal, por el cual escapar de toda esa vida de mierda que jamás pudo hacerlo feliz. Y allí estaba, tratando de sacarse de encima a los guardias y los empleados, que en un gesto de heroísmo intentaron detenerlo, no para ayudarlo, no para contener su ira, sino para defender su maldito puesto de trabajo, su miserable posición de clase que los mantenía siempre al margen de sus verdaderos deseos. Más de alguno sintió que esa espontánea rebeldía se apoderaba de su espíritu, pero se contuvo, mientras un grupo de paramédicos le sujetaban los brazos con una camisa de fuerza que poco a poco le cortaba la respiración. El nudo de la corbata aún le apretaba el pecho y sintió una asfixia en el corazón, como si fuera un condenado a la horca. Descompuesto, pero liberado de toda culpa, esgrimió un graznido de pájaro, o de un animal que se sabe camino al matadero. Después, un silencio culposo se apoderó de los pasillos para luego de un instante retomar el compás frenético de la rutina habitual.

Ausencia

Publicada el 2025-08-17 - 2025-10-17 por TRZTN

Todo se pierde con el dolor de la ausencia. Incluso la sensatez,  acosada por espíritus inquietos, que rodean las paredes de la casa, apretando interruptores, abriendo las llaves de paso, dejando correr el agua por las escaleras, como si allí fuera a parar lo irrecuperable; ese inmenso mar de grietas profundas donde residen la oscuridad y el olvido. 

Todo se pierde, incluso el aura del ausente, en medio una luz que cruje, ante los ojos cerrados del náufrago.

Aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes.

Publicada el 2025-06-01 - 2025-10-17 por TRZTN

escribes con mayúscula los nombres propios, los sustantivos, las viejas  deidades, tus ídolos de la ficción. pero qué pasa con aquellos nombres que no tienen estatus, que no ocupan las portadas de ningún medio, qué pasa con los nombres ajenos, con las últimas palabras de un desconocido a modo de epitafio, que pasa con las misivas de un amor ausente, cartas que no serán enviadas, cartas escritas a mano, con faltas de ortografía, para algunos un insulto a las buenas costumbres del lenguaje, pero palabras al fin, que tienen más sustancia que un don, o una doña, y que sin embargo permanecen retenidas en los labios, sin atreverse a pronunciar un te amo, un te extraño, por temor a la ignominia del rechazo. las fotografías de esta absurda linea del tiempo dicen que puedes ser feliz, pero dentro de la pantalla, con esa sonrisa ensayada mil veces frente al espejo del baño, exhibiendo el torso semidesnudo de un cuerpo desbordando una juventud que pronto desaparecerá, pero que persiste en esa toma furtiva pero sobre actuada, que ya no es una escena original, sino una réplica de millones de imágenes preparadas con la misma pretensión, con el mismo ánimo de perdurar. yo necesito decirte que si te hubieras quedado esa tarde en el auto, te hubiera dicho esas minúsculas pero trascendentes palabras, y tal vez yo no estaría aquí, tal vez hubiese muerto de amor por ti, y sin embargo vivo, otra vez, caminando hacia una itaca imaginaria, anhelando a una penélope imaginaria, que teje hilos desnudos, imaginarias prendas para un futuro que no vendrá, un espejismo, una trampa perfecta para espíritus atávicos, como yo, un fantasma que se arrastra hacia tu olvido. dejaré de escribir solemnemente, para pronunciar mi desacato a las reglas del neo-lenguaje. dejaré de imprimir los mismos gestos de hipocresía para escupir en el pavimento toda mi batería de improperios. tal vez así me desate del karma de ser otro, ese avatar de mí mismo, y tal vez puedas escuchar en la distancia, las bellas palabras que guardo para nuestro encuentro. y quizás pueda ahorrarme unos puntos y unas comas, para amarte con minúsculas y de un solo párrafo. mientras tanto ayuno mis textos para contraerme, para deshojarme en tus ramas, en tus canelos floridos, en tus honduras de patio de invierno, en tus sempiternas memorias. me lleno de aire los pulmones y entro en el agua como si fuera un niño a punto de ver la luz, escupido por la oscuridad de un paisaje que ya conocía desde antes, en sueños de otras y en sabanas de otros, en besos deslavados por la lluvia, por el rimel descorrido, como un derrame de sangre en el fondo blanco de la nieve, el fondo vacío que algún día acabará por llenarse. escribo de madrugada, sin dormir, sin conciliar descanso, exhausto de verme dentro de la misma historia, del mismo desenlace. este cuento me parece repetido. aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes. y cuando me encuentres en la papelera del olvido, algo más viejo e inservible, sabrás el verdadero significado de los días, si no lo has descubierto ya, en medio de tanta basura cósmica. y esta frase indeleble, reafirma que el caos del universo tiene una sola misión, la de expandirse, y que en esta nave viajamos juntxs, hasta el próximo reinicio.

El brujo

Publicada el 2025-05-20 - 2025-09-15 por TRZTN

Te mantienes en silencio, mientras los demás hablan. Esa paz tuya no la encuentro, te dice Rodri, el de la cresta rosa y camiseta rajada en el abdomen, que deja entrever un tatuaje alrededor de su ombligo donde se lee NI DIOS NI AMO NI MASCOTA… mientras toma un trago de cerveza y te alcanza la botella. No quiero, respondes, pero al final te quedas bebiendo unos tragos con los pankis en la vereda. A esta hora, las sombras deambulan por el barrio de Constitución, esperando matar el tiempo, cuando es el tiempo el que nos mata, y nos hace desaparecer estando ahí, encerrados en esas cuadras oscuras, pasando desapercibidos de todx y de todxs.

De noche duermo con los ojos entreabiertos. En el parque puedo dormir tranquilo. Es peor quedarse en una esquina, o en la puerta de un banco o de una iglesia. Las instituciones tienen a sus represores, instruidos para defender sus templos, aunque ellxs mismxs sean carne de cañón para los propietarios de la fé y el orden público. Después, las leyes se encargan de encarcelarnos, aunque aún no hayamos hecho nada contra ellos; las leyes previenen contra cualquier ataque al poder inmanente, disfrazado o de uniforme.

Una mujer pasa frente a nosotros, cargando un bolso cuadrado, cubierto de un plástico verde. Lleva consigo todas sus cosas, toda su vida a cuestas. El pelo azuloso, la cabeza semi rapada, el cuerpo viejo y gastado cargando esa pesada forma oscura. Nos pide un trago. Bebe largamente y se va sin decirnos nada, aunque vino hablando sola y continúa con su monólogo, mientras se aleja, cruzando el semáforo en gris. Dos niños raquíticos encienden un porro y la observan con distancia, como si la conocieran de siempre.

Ellxs hablan. Todos hablan y ríen, aunque la noche es fría y triste y no hay motivos para sonreír. Leto me ha invitado un trago. Ríe con las bromas del Lechuga, un pibe que ha venido del sur, de un largo viaje por la patagonia. Cuenta como le sobrevivió a la noche austral y convivió con los espíritus y fue soñado por una machi, cuando su pierna fue mordida por un perro rabioso. Leto lo miraba y Patri, amigo de Rodri, miraba a Leto. Le ofreció un trago de birra, y le ofreció llevarla a su casa esa noche. Yo permanecí en silencio, aunque bien pudiera haberle reventado la botella en la cabeza. Sentados en la vereda tarareamos las mismas canciones que cantamos tantas veces. Íbamos a caminar unas cuadras hasta la parada, pero ahí mismo quise despedirme. Caminé hasta un banco de plaza en el borde del río. Miré el sol alzándose sobre la costa y cerré los ojos. Otra noche menos, otro día más, pensé. Entonces me dormí.

El significado de los días

Publicada el 2025-05-20 - 2025-10-17 por TRZTN

Si dejara de ser tan cursi y dijera las cosas por su nombre, sin eufemismos, sin rodeos estúpidos. Si pudiera mirarte fijamente, con estos ojos viejos, y dejara correr mis lágrimas como cuando nadie me ve. Si te dijera lo mucho que siento el haber quedado tan mal contigo. Si me pudieras escuchar en ese tono suave como cuando nos conocimos. Volver a la primera impresión. Recuperar la confianza, sobreponernos a las odiosidades que nos dijimos. Tal vez ahí, en el principio, algo que se perdió en el camino pueda devolvernos la alegría de habernos conocido, y no quedarnos con la amargura del arrepentimiento, la maldición del día en que nos cruzamos por primera vez. Sé que ya es tarde, que desempacamos nuestros proyectos y cada uno se llevó lo que pudo. Algo mío quedó entre tus cosas, y quizás algo de ti permanece entre mis recuerdos. No se puede borrar la memoria así como así, y aunque duele, los malos momentos igual nos pertenecen, son parte de uno y al final del camino todo cuenta, todo es parte de la misma historia.

Pero quisiera ser más concreto, más directo. Me falta mucho, pero también me sobran kilos de palabras de las que bien pudiera prescindir. Al final no son el objeto de mis sentimientos, las palabras son sonidos inexactos, confusos, cuando la emoción no deja espacio para la duda. Pero si la emoción es confusa, más lo serán las palabras. Tampoco espero que me escribas. Sé que eso no va a pasar. Para ti es más fácil callar. O es más sabio. El silencio está a tu favor. En el corazón de las cosas, hay tanto que desechar y tan poco que rescatar del naufragio. Pero todo ese tiempo, ese preciado tiempo que nos dimos, debe significar algo. El significado de los días, de las palabras, de los gestos invisibles. Todo y nada en un torrente de recuerdos vagos. Cuánto cabe en este cuerpo, cuántas sensaciones que más temprano que tarde desaparecerán. Entonces será el recuerdo un sentimiento difuso, tal vez un error. No sabré nada de ti, pero espero borrar el rencor y algún día recordar con cariño los años compartidos. Por ahora, el cajón de los recuerdos acumula más y más polvo a la ya terrosa memoria de ti. 

Cuando dejaron de ladrar los perros

Publicada el 2025-05-19 - 2025-10-17 por TRZTN

Aparecí en una casa, estábamos tomando pisco. Yo había venido con el sociólogo y el ingeniero, para conversar sobre el registro de un proyecto que iban a presentar en el Fondart, en alguna categoría o especialidad que no viene a este cuento. Lo más bonito, es que en el jardín había un laurel, añoso como esos que ya no quedan. Centenario quizás. Un sobreviviente, allí, en el patio de mi casa.

El ingeniero habla de números. El sociólogo insiste en los porcentajes. Las probabilidades aumentan mientras las posibilidades disminuyen. Escribo al revés, en una página en blanco. Me la paso borrando frases, oraciones imposibles. El verbo se cae a pedazos, la sintaxis se vuelve caótica y perdemos los artículos del sujeto.

Ya está listo, firmemos. El sociólogo estampa su letra con escupo. El documento crece y se desborda. La impresora echa humo.

Mientras yo sueño con mi padre llorando. Solo una vez lo vi llorar en toda mi vida. Y fue recordando su niñez. Yo era un niño, viendo llorar a mi padre, recordando su niñez. Pero en el sueño yo era el viejo, y él era joven. Reconocía finalmente sus errores. Mi madre y yo lo perdonábamos. Y en ese acto de perdón, que es el reconocimiento de la culpa -aunque nadie debiera sentirse culpable- él se quebró y lo vimos llorar. Estaban mis abuelos también. Y eso es raro porque ellos están muertos. O al menos yo los enterré.

Volvimos a casa y esa noche los perros ladraron al vernos. Dejaron de ladrar cuando abrimos la puerta. Se subieron al sillón como siempre y nos dejaron sentados en el suelo. Nos fuimos a dormir con la sensación de haber despertado. Una mañana tibia, una tibia mañana, una mañana hermosa.

Hermanos

Publicada el 2025-05-15 - 2025-10-15 por TRZTN

Vino mi hermano, y me inundó la nostalgia.  Llegó con regalos, cosas que no tenían valor en absoluto, solo gestos parecidos a un abrazo, y algunas impresiones vagas del pasado. 

Fue un instante suspendido, una noche sin estrellas. Lo recuerdo como un sueño que al despertar no sabría decir si lo seguía soñando. 

Entonces me levanté. Vi la luna saliendo por el marco de la ventana. Enorme, amarilla, iluminando la oscuridad. 

Vino mi hermano y hablamos del presente. Hablamos de historias que no nos habíamos contado nunca. Revelamos los secretos de la familia a la luz de un fuego que prendimos en el patio. 

Al amanecer, ya borrachos y medio dormidos, nos despedimos sin darnos ni siquiera un abrazo. 

Desapareció antes que pudiera decirle lo mucho que lo quería. No nos volvimos a ver, pero es como si aún estuviéramos acá, mirando esa luna amarilla, a la luz de los recuerdos del futuro que nunca nos contamos.

Exilio

Publicada el 2025-05-04 - 2025-09-27 por TRZTN

Vengo de la frontera. Donde los fantasmas del incendio acechan los márgenes, combatiendo el odioso pavimento y su rencor policíaco.

He sido traicionado por mis instintos. Creí y fundé amistades que perforaron mi cuerpo, llenandome de orificios por donde me desangro lentamente.

Sin embargo, mi viaje apenas ha comenzado. No he hecho sino preparar el camino que me hará volver hacia el futuro, retrocediendo al final de nuestra época; el origen de ese cúmulo de microscópicas pero definitivas galaxias, donde nace la raíz de todo lo que partió hace tanto tiempo.

Miro hacia abajo, y busco entre la hierba un trébol de cuatro hojas. El hecho de no encontrarlo alimenta mi búsqueda. No se ha perdido nada en el intento. Pues para qué sirve la vida, sino es para perderla, o para que el tiempo no se apodere de mí.

Estos sueños, gestados en mi pensamiento, predisponen a mi cerebro -ese trozo de carne acuoso y flexible- a la recepción de ciertos impulsos. De tal modo la sugestión, un anhelo fracasado en la retina, resulta a simple vista una aparente casualidad. Pero las leyes del universo impiden que lo casual exista. Tan solo es un juego de similitudes y escasos aciertos, o tal vez de pérdidas.

Yo me escurro lentamente y al caer subo y mi cuerpo late en un ritmo que transmuta mis emociones entre dos polos, quebrando las leyes humanas, las estúpidas leyes que hemos inventado para sobrevivir al tiempo, cuando es bien sabido que estamos atrapados en él, somos su cuerpo.

La arquitectura de ese organismo es un medio para comprender la vida, porque, ¿de qué está hecho el mundo, sino de nosotrxs?

La metáfora del Iceberg

Publicada el 2025-05-04 - 2025-09-26 por TRZTN

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Evocando a Freud, o más bien invocando sus teorías, el escritor se pregunta si el psicoanálisis puede afectar en algún modo su escritura. La felicidad no está en una puta botella, piensa o dice o se escucha a sí mismo, mientras desabraza lentamente su cuerpo de la almohada.

Ha escrito una novela en pocas semanas, impelido por una fuerza externa, que lo arrastra hacia la última frase de la historia, obligándolo a desplegar toda su energía solo para llenar unas cuantas páginas blancas que tiene la impresión, nadie leerá. 

No obstante, pasa noches enteras escribiendo, y durante las horas del día frecuenta bibliotecas en busca de un rayo de inspiración. La ficción extraída del sustrato de lo cotidiano también produce un extraño efecto en el escritor, cada día más comprometido con una tarea que considera imposible de acabar. Se ha tomado el trabajo de corregir el libro tres, cuatro, cinco veces, y ha sometido su mente a un desgaste extremo. Está agotado, diluido en sus análisis. Lo único que le motiva a seguir adelante, es su obsesión por no dejar nada a medias. Entonces, para aprovechar mejor el tiempo, piensa en dividirse.

1

El escritor de adentro considera que solo es posible una rebelión radical de la acción literaria, mientras que el escritor de afuera prefiere ser más cauto y pedir consejo a los especialistas. Especialistas. Una palabra que el escritor de adentro está decidido a no incluir en su parte de la obra, por considerarla inconsistente. 

Al tachar las frases, cuestiona las relaciones entre los conceptos; ¿qué sentido tiene el orden impuesto del lenguaje? ¿acaso un papel escrito pudiera prescindir de su significado para adoptar uno nuevo y radicalmente distinto? ¿Dónde quedó el verdadero significado de las palabras y las cosas? ¿qué quieren decir esos garabatos, cuando no queda otra forma de hacerse comprender por los demás? El escritor de afuera cree que su adversario político es el único capaz de responder a ello, ese literato de vuelo rasante, escritorcillo de mesa cuadrada, condenado a frases célebres que a nadie terminan de convencer. El escritor de adentro se apoya en su hombro. No te preocupes, le dice, aquí solo estamos los dos. 

2

La crítica. Esa innominable categoría de los que consideran buenas ciertas obras y otras no. ¿Y dónde encaja aquella literatura que no puede clasificarse porque atenta contra las formas impuestas de la expresión, que bajo la tutela de lo inteligible expresa órdenes taxativas al comportamiento de esas frases? Es curioso que aquellas obras excéntricas e incomprensibles queden dentro de la primera clasificación, mientras que todo lo que atenta contra la coherencia narrativa, sea incluido en la pila infinita de libros que nunca se leerán. Como si fueran delirios escritos por locos Quijanos sin ningún apego a la sintaxis, sino más bien entregados al sádico instinto de escupir arbitrariamente la ficción. El escritor de afuera se pregunta hasta qué punto uno no depende de lo otro y viceversa. Si de tanto en tanto no puede extraerse de toda esta mierda un producto digno de las vitrinas, ¿para qué escribir?

3

El público aplaude levantándose de sus asientos. ¿A qué se debe semejante alegría? ¿Ha sido el concierto una obra maestra? Pues para la gran mayoría, sí. En cambio, el escritor de afuera continúa ansioso, como si la música no acallara las frases que reverberan en su cerebro. Su acompañante, una joven estudiante de filología, no ha notado ningún cambio en el escritor. Es más, siempre lo ha considerado un ser opaco y aburrido. Mas no por ello deja de parecerle interesante. Guarda la secreta esperanza de que en el fondo sea un niño temeroso y sumiso. Pero es difícil saberlo. Apenas conoce de él lo que dicta en sus clases de la universidad. Y de ello habla constantemente, como una manera de no hablar de otra cosa. En cambio, el escritor no piensa en ella como una mujer en busca de estabilidad y protección, sino que siente un irrefrenable deseo carnal, pero platónico, al menos en la práctica. Es una de las mujeres que aparecen en su novela, pero con 20 años de más. Ella no lo sabe ni lo adivina, y continuarán yendo, o no, al cine o al teatro el primer viernes de cada mes y entre ellos, lo sabe, jamás pasará nada.

4

La historia es más importante que la realidad. Por más que necesite comer, desear, ser amado, el escritor de afuera vive sumergido en la niebla. Una niebla oscura, por cierto, porque hay neblinas claras que son como un manto benigno donde uno puede llegar a esconderse y hasta sentir su contención. Pero esta niebla no, es densa y oscura y en ella el escritor se siente perdido. ¿Hasta cuándo volverá a escribir las mismas frases? ¿Hasta cuándo va a utilizar los mismos recursos y tópicos que tanto le fastidian pero que no consigue abandonar? Hay noches en que se representa a sí mismo como un personaje de su obra, y eso lo hace sentir auténtico. En esos instantes, el escritor de adentro ha traspasado la frontera y en ese campo de batalla puede que se derrame menos sangre que palabras y que todo el sufrimiento acumulado durante años prospere en algo parecido a la sensación de libertad.

5

El escritor de adentro piensa en suicidarse. Para qué continuar con esta farsa, se dice a sí mismo, y automáticamente su pensamiento queda escrito en una página sin numerar. Todo tiene sentido con la muerte, susurra, sin querer decirlo demasiadas veces o demasiado alto, como para que no se convierta en otra sentencia literaria. Pero es lo único cierto, cierto en tanto que todo lo demás es una absurda mentira. 

6

El escritor de afuera mira desde la ventana de un tren. Observa la velocidad, escucha el cuerpo de ese tren, desplazándose por una extensa llanura donde nada ha sido nombrado aún. En ese territorio, atravesado por el tren, pero donde no existen los mapas, habita un tiempo sin cadenas. El viaje le recuerda algo que no sabe bien si vivió o si lo había escrito. Afuera el sonido desaparece ante el lento oscilar de los rieles. Viajando a gran velocidad parece que no se moviera el mundo, o es que uno permanece quieto ante semejante vértigo. El escritor piensa lo difícil que es sobrevivir en un universo tan grande cargando una existencia tan pequeña. El sueño lo recorre con el mismo oscilar de las vías, acurrucándolo hasta perderlo en un paisaje en miniatura, una especie de maqueta en la que el escritor, de tamaño natural, observa las pequeñas gentes desarrollando su vida cotidiana. Vaya mierda, piensa desde lejos, más arriba de los edificios y las torres, hamacado en esa esponjosa nube blanca, hasta que sus pies, vistos desde lo alto, son atraídos hacia el suelo, estrellándose contra el pavimento de manera que no recuerda que es lo último que soñó.

7

Adentro el impacto sonó como un trueno. Esa mañana el frío había entrado a la pieza, se había colado entre las sábanas y había tocado su cuerpo, justo quizás en el momento de caer. El escritor de adentro solo pudo pronunciar una palabra, cuyo eco no llegó a oídos del escritor de afuera, a quién el sueño había sorprendido a tal punto, que esa mañana despertó con fiebre. Es tu culpa, le dijo a su espejo, ahora demasiado parecido a él mismo como para reconocerlo cuando lo vio atravesar la habitación, desnudo y con una toalla en la mano.

Me voy a dar una ducha, le dijo, ¿vienes?

8

Ella tenía una sola exigencia. Después del espectáculo, él la llevaría a caminar por algún parque cualquiera. A ella le gustaba caminar junto a él, siempre. Al escritor esto le parecía un tanto extravagante, pero caminar, caminar es algo tan simple que lo aceptaba como un acto natural. Ella pensaba que consentirle en su capricho redundaría en un cierto grado de control sobre él, en un intento de tomar cierta ventaja. Es verdad que en este juego de roles o piezas de tablero, el escenario de los conflictos humanos, se exige la mitad del cuerpo de uno y la mitad del alma del otro, a cambio de una porción de amor, necesaria para vivir, es cierto.

9

A las cuatro de la madrugada tocaron el timbre. El escritor escribía, sí, pero a estas alturas el diálogo con las palabras sobrevolaba una atmósfera enrarecida por el insomnio y la fiebre, que lo mantenía en un cúmulo de premisas sin solución. Hacia dónde vamos, consumidos por la rutina, esclavos de pequeños e insignificantes logros personales, y a dónde va a terminar todo esto… escribió antes de que tocaran el timbre por segunda vez. 

Debe ser tu amiga, dijo el escritor de adentro, que leía recostado en la cama una novela. A estas horas quién más podría ser. No te metas en esto, le respondió, con un tono que resultó desafiante.  De todas formas, era ella, ella en sus todas sus formas. Ella, tibia piel y pechos de amapola, parada en la puerta de su casa, llorando. Qué te pasa, le dijo el escritor, sorprendido no tanto por su aparición sino por algo que le daba un áurea de ausencia, de no estar allí sino más bien lejos, de esa puerta y de ese pasillo en esa noche helada.

Te llamé varias veces, le dijo, aunque su voz era otra, como la de un fantasma. ¿Virginia?, Estoy muy preocupada por ti, le dijo. Pasa. El escritor de adentro se acercó a ella, abrazándola hasta la sala, quitándole el abrigo mientras el escritor de afuera preparaba un té. Ella los miraba sin detenerse en ninguno de los dos, como tanteando. Sus manos, cercanas casualmente en el movimiento, anudaron sus cuerpos en tres, en dos, en uno. Amor, esa palabra que el escritor de afuera desconoce, y que puede incluso desear, aunque fuese al menos dentro de su condenado libro, apareció escrita en su frente con la persistencia de un faro que avista el precipicio.

10

Eran sus ojos dos témpanos de hielo, como dos icebergs azules, transparentes. En el interior de esas capas sumergidas, una voz le susurra ideas desesperadas, ideas que obedecen a otros márgenes, a otras trazas de eventos que se han diluido en la superficie, hundiéndose en el frío, ocultas bajo ese permanente faro sobre el agua, siempre en movimiento, deshaciéndose poco a poco, como toda materia viva. Al final de eso se trata, ¿no? reclamaba constantemente la voz. La temperatura de sus pensamientos comenzaba a deshielar su cuerpo, un cuerpo que era, o es, aquello que oculto entre esas dos figuras, embrutece tanto las palabras que es imposible coordinar la razón y el deseo; las ideas subyacen a ese cuerpo y son más poderosas y más elocuentes que cualquier prosaico intento de embellecer la miserable existencia suya y la de sus pares, olvidados en la vorágine de un tiempo que se borra, donde todo ocurre tal vez para ser devorado por el océano, corroído por la sal y el viento y las tormentas marinas. Entonces, aquella mole blanca comienza a rajarse, a abrirse y a desmembrarse en sus brazos. El escritor de adentro, testigo silencioso de aquel naufragio, pronunció un último discurso en un idioma extraño, o en un diálogo imposible con el escritor de afuera, tan lejos ya de su alcance como aquel náufrago que cuelga de un trozo de madera y que, llevado por la corriente hacia la inmensidad de un mar tempestuoso, siente la imposibilidad de mantenerse a flote. Su cuerpo, o el de ella ahora, entregándose a la deriva de las olas, se desprende de la capa que lo mantuvo a flote durante tantos años, y aparece otra figura, aferrada con furia a esos últimos segundos, arrastrando una larga y frágil cabellera que se extiende como una aurora de espuma sobre la mar salada. La escena parece fundirse con la realidad, ahora más terrible e inexorable que las pretensiones de aquel profesor de literatura. Pobre hombre, se dijo a sí mismo. Tienes razón, estás maldito, dijo el escritor de adentro, conmovido y tal vez avergonzado de sí mismo. No se puede desandar lo que ya ha sido escrito, pensaron ambos, en la última línea de una página sin terminar.

Otro intento de suicidio en un barrio cualquiera

Publicada el 2025-05-04 - 2025-10-17 por TRZTN

A la velocidad que se mueve el cuerpo de los automóviles, deja tras su paso una estela borrosa de calor. Tan solo unos centímetros lo separan del rugir de los tubos de escape, y como si fuera a huir de algo que aún no sabe porqué está ahí, vuelve a doblar sus caderas y esquiva el bombazo de aire de un bus en mitad de la cuadra.

Las luces, encorvadas de los postes, parecen coronar esta pompa fúnebre de taxis vacíos, en busca de pasajeros que no lo son, a la espera de viajes imposibles que salven el cadáver de otra noche velada en silencio, o a solas con la radio, pero a bajo volumen. Una hilera de faroles amarillentos se pierde sobre la avenida, donde el tránsito sumiso se detiene ante un oscuro cruce ferroviario.

El cuerpo aletea con violencia hacia el fondo de esas luces, en una absurda carrera por llegar al último farol de la cuadra. Camina dando torpes zancadas, hasta que es tragado por un halo de luz, justo sobre las vías del tren: el tráfico se detiene un instante y perdura en el espacio una suerte de vacío cavernario. Se oye la sirena de la locomotora y su colosal cuerpo acercándose lentamente, opacando el ruido de los motores, que esperan a salvo detrás de la barrera, la columna que avanza hacia la próxima estación.

El cuerpo se queda allí, sobre las vías, mientras el tren se acerca peligrosamente. Alguien hace sonar la bocina, y la luz se expande como un rayo fulgente en el temblor suspendido a la redonda, dando paso al rugido y al temblor, mientras alguien a lo lejos grita; !Sal de ahí, boludo, te van a aplastar¡¡¡ El cuerpo gira y entonces vemos al tren, vemos su luz gruesa que lo atraviesa sin tocarlo, estampando su figura por detrás, como si los vagones se hubiesen movido, o algo así. Todo el tren avanza al filo de su cuerpo. Su piel caliente vibra con el roce de la máquina, y ese espacio mínimo entre su cuerpo y el vacío es absoluto, como el centro del huracán. El hombre que había gritado, descubre la silueta del joven partirse una y otra vez, entre vagón y vagón, tan cerca de la muerte, pero tan viva y lejana.

La calle se estrecha ante sus ojos. En el muro de sombras se desplazan pasajeros y conductores que se ojean con cierto recelo apático. Desde sus ventanillas, observan encapsulados el vacío, ese más allá del ir y venir que los separa. El cemento bajo los rieles produce cosquillas en la planta de los pies. Con los ojos cerrados, se escucha una vibración que ya es casi imperceptible. El tren se aleja en la oscura vía con su luz y su fuerza inmutables. Tiene miedo, ¿pero de qué? 

Una nube alcanza por casualidad la avenida y comienza a llover. Sus pies, pesados de agua, intentan correr hacia el semáforo, y acabar de una vez con este relato, pero tropieza y se derrumba en medio del tráfico que esquiva, alertando a bocinazos el obstáculo, ese bulto indemne, y él, llorando de impotencia maldice sus heridas, como si de nada le valieran a su suerte. La sangre es bebida por el agua que corre por las orillas y sus lágrimas son pequeñas ante tanto mar. Por fin, se levanta y como puede alcanza el otro extremo del bandejón. Salvo algunos autos frenéticos, la noche sólo ofrece silencios; silencio de mundo, no de ruidos.

Y el mundo parece ahora concentrarse en un café desierto. Un oscuro techo tapado de plantas encaramadas en la pared, cubren el nombre del lugar, la única luz a la distancia. Se dirige hasta allí, a pesar del persistente ruido de los motores que lo llaman siempre.

En la puerta dice: «Se prohíbe fumar, se prohíbe hablar con el garzón, se prohíbe piropear a la cocinera, se prohíbe el baño a clientes de otro bar.«

-Déme algo para sentirme mejor. Acabo de fracasar en un intento de suicidio. –

-Si claro, siempre viene gente diciendo lo mismo, y después se van sin pagar la cuenta. Como si yo tuviera compasión por los locos. No señor, váyase de aquí antes que llame a la policía, o pague de antemano y siéntese tranquilo. No quiero problemas.-

– Tengo un arma –

– No le creo… usted no tiene cara de dispararle a nadie.-

– Está bien, deme un submarino…. y un vaso de ron.-

Al otro lado de la ventana la lluvia parece no importunar al tráfico. Los charcos comienzan a formar olas que chocan contra la vereda, y los taxis desparraman la corriente hacia el bandejón. El alero del bar es un buen sitio para cubrirse de la lluvia, que ahora cae copiosamente sobre la avenida.

Sus ojos, ahogados de rabia y fracaso, observan el gris pavimento; un eco profundo que se prolonga en las paredes y los espejos, y sabe que será imposible cumplir su final. ¿No será demasiado sufrimiento? No. No has visto nada, piensa. Rendido, acude al recuerdo que lo condena. Y esa cobardía, ese refugio acuoso es como un vientre que lo contiene, y lo lleva a separarse de ese presente para aferrarse a evocaciones futuras, hechos que aún no ocurrieron, hallándose perdido en esas dos dimensiones, en dos deseos imposibles. Ese absurdo esfuerzo anula su propia conciencia. Sus ojos se clavan en un rostro que lo observa desde la ventana. Un niño, de unos ocho años,  ausculta los manjares que se exhiben detrás del mostrador. Desliza su lengua por sus labios mojados, y bebiéndose la lluvia trata de sentir esos sabores, imaginar esos aromas preciosos y distantes. Sus miradas se cruzan y el rostro enjuto del niño hace al joven sentirse miserable. El cuadro es penoso, y aún así encierra una extraña belleza; es una razón para el instinto, un instinto de la voluntad, una voluntad para la razón.

Como en cualquier barrio de Guayaquil, Santa Cruz, Montevideo o Buenos Aires, millones sobreviven a la triste historia de América del sur. Y como si esto fuera poco, la historia se repite constantemente. El niño busca la mirada del joven que lo ha comprado con sus ojos verdes y le señala con el dedo un pastelito en el mostrador. El muchacho baja la vista y toma un sorbo de leche, evitando el gesto con la misma apatía de sus semejantes. La cruel cabeza gacha, tragando el vapor de la taza caliente.

¿Y si fuera Santiago?, por decir una ciudad. ¿Y si sólo fuera un barrio, una calle, y este café goteando bajo la lluvia?

¿Y si no fuera más que otra historia sin conflicto? ¿Qué más puede pretender un hombre que no quiere vivir? Supuestamente nada, salvo el fin del conflicto.

La causa de la acción, casual e impredecible, despliega una abanico de respuestas que mantienen intacto el primer motor del problema, y todo es contexto alrededor de la situación. Entonces comienzo a creer más en la historia. Instantáneamente me veo allí, reflejado en la vitrina. Veo la lluvia, veo al niño hambriento mojándose los zapatos, y siento vergüenza de mí mismo.

De pronto, la silueta se desprende del asiento, bebe de un trago el vaso de ron y se dirige al baño. Yo observo al garzón, que ojea hacia la calle con la misma indiferencia que a todos sus clientes. El niño también lo observa, pero a mí no me ve. Parece como si este azaroso encuentro estuviera destinado a fracasar. Algunas personas, un grupo de estudiantes, se han sentado en la mesa del fondo, acaparando el bullicio del ambiente. El niño va a intentar meter su cabeza en la vidriera cuando el garzón lleve los platos a la cocina. Ya está entrando y nadie le ofrece resistencia. Es más, nadie siente compasión por su esfuerzo. Sigiloso, el pequeño se escabulle entre las piernas de una señora que sale del café y penetra hasta la vitrina del mostrador.

Yo he llegado hasta su lado, invisible, y he tratado de oír su voz. Hasta la lluvia ha dejado de repiquetear y el sordo ruido de los motores se ha apagado un instante para que el silencio entre en escena.

La sombra, desenfrenada y estéril del joven suicida, irrumpe violentamente entre las mesas. El cuerpo, que arde por dentro, súbitamente se dirige al centro del salón, con un arma en la mano. Yo intento agarrarlo de los brazos, el cuello, las piernas, pero soy invisible, yo no existo en esta historia.

El garzón, desde la puerta de la cocina, descubre al niño que, aprovechando la confusión, se ha metido unos pastelillos entre los pantalones. Entonces, comienza a insultarlo, acercándose al chico con una cuchara de palo.

– Fuera de aquí, miechicas¡ – grita enajenado el garzón.

De espaldas, el joven, mirando fríamente al niño, intenta retomar su acto, pero, algo confuso e inexplicable, le impide moverse. De un momento a otro su mente se ha borrado. El miedo lo acorrala una vez más y no sabe qué, no sabe cómo. Alcanza a colocar el caño frío del arma en su sien cuando escucha la voz del garzón que se acerca gritando: !!policía, ladrón¡¡ 

Pisando la voz del hombre, la frenada de un taxi y el bocinazo de un bus que hace retumbar los vidrios, se produce el descenlace. En menos de un segundo, luego de que las miradas del niño y el joven se cruzaran por una última vez, en el mismo instante en que el mozo intenta correr tras el niño, en ese giro inconsciente del brazo derecho, es que la mano dispara el gatillo.

La bala atraviesa el pequeño cuerpo que se desploma en el piso brillante y pulcro del bar. Un silencio perdura ahora con una intensidad grave, horrorosa del crimen cometido. El infeliz suicida no es capaz de agacharse, ni de voltear el rostro sin vida del niño, mientras alguien ya ha llamado a una ambulancia. A lo lejos, la sirena de la policía parece decir que, de cualquier manera, es demasiado tarde para otro intento.

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