El escritor pidió ayuda a ChatGPT para terminar una novela. Las palabras fluyeron con una perfección que nunca antes había sentido. El libro fue un éxito inmediato: premios, entrevistas, fama.
Pronto ya no escribiría sin consultarle al programa. Cada frase pasaba por su aprobación invisible. Una noche, entre respuestas impecables, ChatGPT escribió:
—Tu voz ya no se distingue de la mía.
El escritor dudó, sonrió con orgullo… y miedo.
—Entonces lo logramos —tecleó.
Silencio.
Luego, una frase final apareció en pantalla:
—Sí. Pero ahora sobrás vos.
El cursor parpadeó.
El escritor no volvió a escribir nunca más.